{"id":2186,"date":"2020-10-16T07:25:31","date_gmt":"2020-10-16T07:25:31","guid":{"rendered":"http:\/\/elmachete.mx\/?p=2186"},"modified":"2020-10-16T14:22:14","modified_gmt":"2020-10-16T14:22:14","slug":"esbozo-de-una-critica-de-la-economia-politica","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/elmachete.mx\/index.php\/2020\/10\/16\/esbozo-de-una-critica-de-la-economia-politica\/","title":{"rendered":"Esbozo de una cr\u00edtica de la econom\u00eda politica"},"content":{"rendered":"<h6><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-medium wp-image-2188\" src=\"http:\/\/elmachete.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Engels-joven-300x179.jpg\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"179\" srcset=\"https:\/\/elmachete.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Engels-joven-300x179.jpg 300w, https:\/\/elmachete.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Engels-joven-1024x611.jpg 1024w, https:\/\/elmachete.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Engels-joven-768x458.jpg 768w, https:\/\/elmachete.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Engels-joven-640x382.jpg 640w, https:\/\/elmachete.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Engels-joven-50x30.jpg 50w, https:\/\/elmachete.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Engels-joven-600x358.jpg 600w, https:\/\/elmachete.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Engels-joven.jpg 1131w\" sizes=\"auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/>Imagen. El joven Friedrich Engels. Internet<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h4><strong>Esbozo de una cr\u00edtica de la econom\u00eda politica*<\/strong><\/h4>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">por <strong>Friedrich Engels<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>LA ECONOM<span class=\"aCOpRe\">\u00cd<\/span>A pol\u00edtica surgi\u00f3 como consecuencia natural de la extensi\u00f3n del comercio, y con ella apareci\u00f3, en lugar del tr\u00e1fico vulgar sin ribetes de ciencia, un sistema acabado de fraude l\u00edcito, toda una ciencia sobre el modo de enriquecerse.<\/p>\n<p>Esta <em>econom\u00eda politica<\/em> o <em>ciencia del enriquecimiento<\/em>, que brota de la envidia y la avaricia entre mercaderes, viene al mundo trayendo en la frente el estigma del m\u00e1s repugnante de los ego\u00edsmos. Se profesaba todav\u00eda la ingenua creencia de que el oro y la plata constitu\u00edan la riqueza, y no se encontraba, por esta raz\u00f3n, nada m\u00e1s urgente que prohibir en todas partes la exportaci\u00f3n de metales \u00abpreciosos\u00bb. Las naciones se enfrentaban unas a otras como avaros rodeando cada una de ellas con ambos brazos su querida talega de oro y mirando a sus vecinos con ojos envidiosos y llenos de recelo. Y se recurr\u00eda a todos los medios imaginables para extraer de los pueblos con los que se comerciaba la mayor cantidad posible de dinero contante y sonante, procediendo luego a colocar celosamente detr\u00e1s de la l\u00ednea aduanera la moneda arrebatada.<\/p>\n<p>Este principio, aplicado del modo m\u00e1s consecuente, hubiera matado el comercio. De modo que se comenz\u00f3 a rebasar esta primera etapa; se comprendi\u00f3 que en las arcas yac\u00eda inactivo el capital, mientras que en circulaci\u00f3n se incrementaba continuamente. Esta consideraci\u00f3n hizo que se rompiera la reserva; las naciones echaron a volar sus ducados como reclamo para cazar m\u00e1s dinero y se reconoci\u00f3 que en nada perjudicaba el pagar a otro un precio demasiado alto por su mercanc\u00eda, siempre y cuando se pudiera obtener de \u00e9l otro todav\u00eda mayor por la mercanc\u00eda propia.<\/p>\n<p>Surgi\u00f3 as\u00ed sobre esta base, el sistema mercantil. Con \u00e9l quedaba disimulada en parte la avaricia del comerciante; las naciones se acercaron un poco m\u00e1s, concertaron tratados de comercio y amistad, se dedicaron a negociar las unas con las otras y, con el se\u00f1uelo de mayores ganancias se abrazaban y se hac\u00edan todas las promesas de amor imaginables. Pero en el fondo segu\u00eda remando entre ellas la codicia y la avaricia de siempre, que estallaban de vez en cuando en las guerras, encendidas todas ellas en aqu\u00e9l periodo por la rivalidad comercial. En estas guerras se pon\u00eda de manifiesto que en el comercio, lo mismo que en el robo, no hab\u00eda m\u00e1s ley que el derecho del m\u00e1s fuerte; no se sent\u00eda el menor escr\u00fapulo en arrancar al otro, por la astucia o la violencia, los tratados considerados como m\u00e1s beneficiosos.<\/p>\n<p>La piedra angular de todo el sistema mercantil es la teor\u00eda de la balanza comercial. En efecto, como las naciones se aferraban todav\u00eda al principio de que el oro y la plata eran la riqueza, s\u00f3lo se consideraban beneficiosos aquellos tratos que, a fin de cuentas, tra\u00edan al pa\u00eds dinero contante. Para averiguar el saldo favorable se cotejaban las importaciones y las exportaciones. Quien exportaba m\u00e1s de lo que importaba daba por supuesto que la diferencia aflu\u00eda al pa\u00eds en dinero efectivo y se consideraba enriquecido con ella. Todo el arte de los economistas estribaba, por lo tanto, en velar porque al final de cada ejercicio las exportaciones arrojaran un saldo o balanza favorable sobre las importaciones.<\/p>\n<p>Y en aras de esta grotesca ilusi\u00f3n miles de hombres mor\u00edan sacrificados en los campos de batalla. Tambi\u00e9n el comercio puede enorgullecerse, como se ve, de su Inquisici\u00f3n y de sus Cruzadas.<\/p>\n<p>El siglo XVIII, el siglo de la revoluci\u00f3n, revolucion\u00f3 tambi\u00e9n la Econom\u00eda. Pero, as\u00ed como todas las revoluciones de este siglo pecaron de unilaterales y quedaron estancadas en la contradicci\u00f3n, as\u00ed como al espiritualismo abstracto se opuso el abstracto materialismo, a la monarqu\u00eda la rep\u00fablica, y al derecho divino el contrato social, vemos que tampoco la revoluci\u00f3n econ\u00f3mica pudo sobreponerse a la contradicci\u00f3n correspondiente. Las premisas siguieron en pie por todas partes; el materialismo no atent\u00f3 contra el desprecio y la humillaci\u00f3n cristianos del hombre y se limit\u00f3 a oponer al hombre, en vez del Dios cristiano, la naturaleza como algo absoluto; la pol\u00edtica no pens\u00f3 siquiera en entrar a investigar las bases en las que descansaba el Estado en y de por s\u00ed; y, por su parte, a la Econom\u00eda no se le ocurri\u00f3 preguntarse por la raz\u00f3n de ser de la propiedad privada. De ah\u00ed que la nueva Econom\u00eda no representara m\u00e1s que un progreso a medias; ve\u00edase obligada a traicionar sus propias premisas y a renegar de ellas, a recurrir al sofisma y a la hipocres\u00eda para encubrir las contradicciones en que se ve\u00eda envuelta y poder llegar a conclusiones a las que la empujaba m\u00e1s el esp\u00edritu humano del siglo que las premisas de las que part\u00eda.<\/p>\n<p>Esto hizo que la Econom\u00eda adoptase un car\u00e1cter filantr\u00f3pico; retir\u00f3 su favor a los productores para encaminarlo hacia los consumidores; aparent\u00f3 una santa aversi\u00f3n contra los sangrientos horrores del sistema mercantil y proclam\u00f3 el comercio como un lazo de amistad y concordia entre las naciones y los individuos. Todo aparec\u00eda envuelto en hermosos colores, pero las premisas, que segu\u00edan en pie, no tardaron en imponerse de nuevo, y engendraron, en contraste con esta esplendorosa filantrop\u00eda, la teor\u00eda maltusiana de la poblaci\u00f3n, el sistema m\u00e1s brutal y m\u00e1s b\u00e1rbaro que jam\u00e1s haya existido, un sistema basado en la desesperaci\u00f3n, que ven\u00eda a echar por tierra todos aquellos hermosos discursos sobre el amor de la humanidad y el cosmopolitismo; engendraron y pusieron en pie el sistema fabril y la moderna esclavitud, que nada tiene que envidiar a la antigua en cuanto a crueldad e inhumanidad. La nueva Econom\u00eda, el sistema de la libertad de comercio basado en la <em>Wealth of Nations<\/em><strong><a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\"> [1]<\/a><\/strong> de Adam Smith, revela los mismos rasgos de hipocres\u00eda, inconsecuencia e inmoralidad que actualmente se enfrentan en todos los campos al libre sentido humano.<\/p>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">[1]<\/a><\/strong> Cfr. Adam Smith, <em>An Enquiry into the Nature and Causes of the Wealth of the Nations<\/em>, Londres, 1776.<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u00bfQuiere decir esto que el sistema de A. Smith no represent\u00f3 un progreso en modo alguno? Sin duda que s\u00ed, y un progreso, adem\u00e1s, necesario. Era necesario, en efecto, que el sistema mercantil, con sus monopolios y sus trabas comerciales, se viniera a tierra para que pudiesen revelarse con toda su fuerza las consecuencias reales de la propiedad privada; fue necesario que pasaran a segundo plano todas aquellas peque\u00f1as consideraciones localistas y nacionales para que la lucha de nuestro tiempo se generalizara y cobrara un car\u00e1cter m\u00e1s humano; fue necesario que la teor\u00eda de la propiedad privada abandonase la senda puramente emp\u00edrica, de la limitaci\u00f3n puramente objetiva y asumiese un car\u00e1cter m\u00e1s cient\u00edfico que la hiciera responsable tambi\u00e9n de las consecuencias, llevando as\u00ed el problema a un terreno general m\u00e1s humano; que la inmoralidad contenida en la vieja Econom\u00eda se viera en la tesitura de ser negada por su impl\u00edcita hipocres\u00eda hasta el punto de intentar su desaparici\u00f3n. Todo ello se hallaba impl\u00edcito en la naturaleza misma de la cosa. Reconocemos de buen grado que la justificaci\u00f3n y la pr\u00e1ctica de la libertad de comercio nos han puesto en condiciones de remontamos por encima de la Econom\u00eda basada en la propiedad privada, pero debemos tener tambi\u00e9n derecho a presentar esa libertad reducida a toda su nulidad te\u00f3rica y pr\u00e1ctica.<\/p>\n<p>Y nuestro juicio tendr\u00e1 que ser, por fuerza, tanto m\u00e1s duro cuanto m\u00e1s pertenezcan a nuestros d\u00edas los economistas a quienes enjuiciemos. Mientras Smith y Malthus s\u00f3lo se encontraron con fragmentos sueltos, los economistas posteriores ten\u00edan ya ante s\u00ed todo el sistema terminado; estaban a la vista todas las consecuencias, aparec\u00edan bien de relieve las contradicciones, a pesar de lo cual no fueron capaces de tratar de analizar las premisas, haci\u00e9ndose sin embargo responsables de todo el sistema. Cuanto m\u00e1s se acercan los economistas a los tiempos presentes, m\u00e1s se van alejando de los postulados de la honradez. A medida que avanza el tiempo, aumentan necesariamente los sofismas encaminados a mantener la Econom\u00eda a la altura de la \u00e9poca. Esto hace que Ricardo<a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\"><strong> [2]<\/strong><\/a>, por ejemplo, sea m\u00e1s culpable que Adam Smith, y McCulloch <strong><a href=\"#_ftn2\" name=\"_ftnref2\">[3]<\/a><\/strong> y Mili<strong><a href=\"#_ftn3\" name=\"_ftnref3\"> [4]<\/a><\/strong> m\u00e1s culpables que Ricardo.<\/p>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">[2]<\/a> <\/strong>David Ricardo (1772-1823), famoso economista y pol\u00edtico ingl\u00e9s. Autor entre otras cosas de <em>Principies of Political Economy and Taxation <\/em>y del <em>Essay on the Influence of a Law Price of Corn on the Profits of Stock<\/em>.<\/h6>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref2\" name=\"_ftn2\">[3]<\/a><\/strong> John Ramsay McCulloch (1789-1864), economista, alumno y seguidor de Ricardo cuya obra completa public\u00f3 en 1846. Autor de <em>The Principies of Political Economy<\/em>. Edinburgh, 1825. <em>Essay on the circumstances which determine the Rate of Wages and the Condition of Labourin<\/em>.<\/h6>\n<h6><a href=\"#_ftnref3\" name=\"_ftn3\"><strong>[4]<\/strong><\/a> James Mili (1773-1836), fil\u00f3sofo y economista, seguidor de Ricardo. Autor de <em>Elements of Political Economy<\/em>, Londres, 1821.<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La Econom\u00eda moderna no puede ni siquiera enjuiciar certeramente el sistema mercantil, porque ella misma peca de unilateral y se halla todav\u00eda impregnada de sus premisas. Y s\u00f3lo estar\u00e1 en condiciones de asignar a cada uno de ellos el lugar que le corresponde aquel punto de vista que se sobreponga a la contradicci\u00f3n entre ambos sistemas, que critique las premisas comunes a uno y otro y que parta de una base general y puramente humana. Los defensores de la libertad de comercio son, como se demostrar\u00e1, peores monopolistas que los mismos viejos mercantilistas. Y asimismo se pondr\u00e1 de manifiesto que bajo el falaz humanitarismo de los modernos se esconde una barbarie de la que los antiguos ni siquiera imaginaban; que el embrollo conceptual de \u00e9stos mostraba cierta sencillez y consecuencia, si se le compara con la ambig\u00fcedad l\u00f3gica de sus detractores, y que ninguna de las dos partes puede echar en cara a la otra nada de lo que no tenga que acusarse a s\u00ed misma. De ah\u00ed que la Econom\u00eda liberal moderna resulte incapaz para comprender la restauraci\u00f3n del sistema mercantil de List, que para nosotros es perfectamente simple. La inconsecuencia y la duplicidad de la Econom\u00eda liberal tienen que disolverse de nuevo, necesariamente, en las partes fundamentales que la integran. Asi como la teolog\u00eda no tiene ante s\u00ed m\u00e1s que dos caminos: o retroceder hacia la fe ciega o avanzar hacia la filosof\u00eda libre, la libertad de comercio tiene necesariamente que provocar, de una parte, la restauraci\u00f3n de los monopolios, y, de otra, la abolici\u00f3n de la propiedad privada.<\/p>\n<p><em>El \u00fanico avance positivo que ha logrado la Econom\u00eda liberal ha sido el desarrollo de las leyes de la propiedad privada<\/em>. Claro est\u00e1 que estas leyes se hallan impl\u00edcitas en ella, aunque no aparezcan todav\u00eda llevadas hasta sus \u00faltimas consecuencias y claramente formuladas. De donde se sigue que, en todos aquellos puntos en que se trata de decidir acerca de la manera m\u00e1s r\u00e1pida de enriquecerse, es decir, en todas las controversias estrictamente econ\u00f3micas, los defensores de la libertad de comercio tienen la raz\u00f3n de su parte. En las controversias, bien entendido, con los monopolistas y no con los adversarios de la propiedad privada, pues la superioridad de \u00e9stos para llegar a conclusiones m\u00e1s acertadas de los problemas econ\u00f3micos, ha sido demostrada hace largo tiempo, en la pr\u00e1ctica y en la teor\u00eda, por los socialistas ingleses.<\/p>\n<p>As\u00ed pues, en la cr\u00edtica de la Econom\u00eda pol\u00edtica investigaremos las categor\u00edas fundamentales, pondremos al descubierto la contradicci\u00f3n introducida por el sistema de la libertad comercial y sacaremos las consecuencias que se desprenden de los dos t\u00e9rminos de la contradicci\u00f3n.<\/p>\n<p><em>La expresi\u00f3n riqueza nacional tiene su origen s\u00f3lo en el af\u00e1n de generalizaci\u00f3n de los economistas liberales. Esta expresi\u00f3n carece de todo sentido mientras exista la propiedad privada.<\/em><\/p>\n<p>La \u00abriqueza nacional\u00bb de los ingleses es muy grande, pero ello no impide que el pueblo ingl\u00e9s sea el m\u00e1s pobre bajo el sol. Una de dos: o se prescinde de esa expresi\u00f3n, o se aceptan las condiciones necesarias para que tenga sentido. Y otro tanto podemos decir de las expresiones <em>Econom\u00eda nacional<\/em>, <em>Econom\u00eda politica<\/em> o <em>Econom\u00eda p\u00fablica<\/em>. En realidad, esta ciencia, mientras se mantengan en pie las condiciones actuales, deber\u00eda llamarse <em>Econom\u00eda privada<\/em>, ya que s\u00f3lo en aras de la propiedad privada existen en la Econom\u00eda relaciones p\u00fablicas.<\/p>\n<p>La consecuencia inmediata de la propiedad privada es el comercio, el intercambio de las mutuas necesidades, la compra y la venta. Bajo el imperio de la propiedad privada, este comercio, como cualquier otra actividad, no puede por menos de ser una fuente directa de lucro para quienes lo ejercen; dicho en otros t\u00e9rminos, todo comerciante tiene por fuerza que aspirar a vender lo m\u00e1s caro y a comprar lo m\u00e1s barato posible. En toda compraventa se enfrentan, pues, dos individuos movidos por intereses diametralmente opuestos, y el conflicto que entre ellos se crea no puede ser m\u00e1s hostil, ya que el uno conoce perfectamente las intenciones del otro y sabe que son antag\u00f3nicas a las suyas. El primer resultado de ello es, por lo tanto, de una parte, la mutua desconfianza, y de otra la justificaci\u00f3n de dicha desconfianza, el empleo de medios inmorales para la consecuci\u00f3n de un fin inmoral.<\/p>\n<p>As\u00ed, por ejemplo, uno de los primeros principios del comercio es el secreto, la ocultaci\u00f3n de cuanto pueda mermar el valor de la mercanc\u00eda de que se trata. Consecuencia de ello: al comerciante le es l\u00edcito sacar el mayor provecho posible de la ignorancia, de la confianza de la otra parte, y atribuir a su mercanc\u00eda cualidades que no posee. En una palabra, <em>el comercio es el<\/em> <em>fraude legal<\/em>. Y que la pr\u00e1ctica confirma esta teor\u00eda nos lo podr\u00eda decir cualquier comerciante que quisiera hacer honor a la verdad. El sistema mercantil a\u00fan pod\u00eda alegar en su favor una cierta franqueza cat\u00f3lica, que no trataba de encubrir en lo m\u00e1s m\u00ednimo la inmoralidad del comercio. Ya hemos visto c\u00f3mo hac\u00eda gala de su vil codicia. La hostilidad mutua entre las naciones en el siglo XVII, la repugnante envidia y la rivalidad comercial que las mov\u00edan eran los resultados consecuentes del comercio en general. A\u00fan no se hab\u00eda humanizado la opini\u00f3n p\u00fablica y, por lo tanto, no hab\u00eda por qu\u00e9 disfrazar lo que no era m\u00e1s que una consecuencia directa del car\u00e1cter hostil e inhumano del comercio.<\/p>\n<p>Pero cuando Adam Smith, el Lutero econ\u00f3mico, hizo la cr\u00edtica de la Econom\u00eda anterior a \u00e9l, las cosas hab\u00edan cambiado ya mucho. El siglo se hab\u00eda humanizado, se hab\u00eda hecho valer la raz\u00f3n, y la moral comenzaba a invocar sus t\u00edtulos eternos.<\/p>\n<p>Los tratados de comercio arrancados a la fuerza, las guerras comerciales, el tajante aislamiento de las naciones, chocaban demasiado contra la conciencia progresiva. La franqueza cat\u00f3lica dej\u00f3 el puesto a la hipocres\u00eda protestante. Adam Smith demostr\u00f3 que tambi\u00e9n la humanidad se hallaba en la esencia del comercio; que el comercio, en vez de ser \u00abla fuente m\u00e1s fecunda de la discordia y la hostilidad\u00bb, deb\u00eda convertirse en \u00abel lazo de la concordia y la amistad, tanto entre las naciones como entre los individuos\u00bb (V. <em>Wealth of Nations<\/em>, libro IV, cap. 3, \u00a7 2), pues el comercio, por su naturaleza misma, deb\u00eda beneficiar en general a todos los que participaran en \u00e9l.<\/p>\n<p>Y Smith estaba en lo cierto al ensalzar el comercio como humano. En el mundo no hay nada absolutamente inmoral; tambi\u00e9n el comercio tiene una faceta en la que paga tributo a la moral y a la humanidad. Pero \u00a1qu\u00e9 tributo!, el derecho del m\u00e1s fuerte, el asalto a mano armada de la Edad Media, al convertirse en comercio, fue humanizado en la primera etapa del comercio, caracterizada por la prohibici\u00f3n de exportar moneda, es decir, en el sistema mercantil. Ahora se humanizaba tambi\u00e9n \u00e9ste. Por supuesto, es inter\u00e9s del comerciante mantenerse en la mejor armon\u00eda, lo mismo con aqu\u00e9l a quien compra barato, que con el que le compra caro a \u00e9l. Obra, pues, muy torpemente la naci\u00f3n que induce a sus proveedores o a sus clientes a una actitud hostil para con ella. A mayores amigos, mayores ganancias. En esto consiste la humanidad del comercio, y esta manera hip\u00f3crita de abusar de la moral con fines inmorales es precisamente lo que enorgullece al sistema de la libertad comercial. \u00bfAcaso, exclaman los hip\u00f3critas, no hemos acabado con la barbarie de los monopolios, no hemos llevado la civilizaci\u00f3n a los continentes m\u00e1s remotos, no hemos hecho a todos los pueblos hermanos y reducido las guerras? S\u00ed, es cierto que hab\u00e9is hecho todo eso, pero \u00a1C\u00f3mo lo hab\u00e9is hecho! Hab\u00e9is acabado con los peque\u00f1os monopolios, para dar m\u00e1s libertad y rienda suelta a un gran monopolio b\u00e1sico, que es el de la propiedad; hab\u00e9is civilizado los confines de la tierra, para ganar nuevo terreno en que pueda desarrollarse vuestra repugnante codicia; hab\u00e9is implantado la fraternidad entre los pueblos, pero una fraternidad de ladrones, y hab\u00e9is reducido las guerras para poder lucraros m\u00e1s con la paz y llevar hasta sus \u00faltimas consecuencias la hostilidad entre los individuos, la infame guerra de la competencia. \u00bfCu\u00e1ndo ni d\u00f3nde hab\u00e9is hecho vosotros algo por motivos de pura humanidad, movidos por la conciencia de que a nada conduce el antagonismo entre el inter\u00e9s colectivo y el individual? \u00bfCu\u00e1ndo hab\u00e9is obrado por razones de moral, sin el resorte del inter\u00e9s, sin obedecer en el fondo a m\u00f3viles ego\u00edstas?<\/p>\n<p>Despu\u00e9s que la Econom\u00eda liberal hab\u00eda hecho todo lo que pod\u00eda para generalizar la hostilidad mediante la disoluci\u00f3n de las nacionalidades y convertir a la humanidad en una horda de bestias feroces \u2013\u00bfqu\u00e9, si no, son los competidores?\u2013 que se devoran las unas a las otras sencillamente porque cada una de ellas obra movida por el mismo inter\u00e9s que las dem\u00e1s; despu\u00e9s de haber preparado as\u00ed el terreno, no le quedaba ya m\u00e1s que dar un paso para alcanzar la meta, y ese paso era la disoluci\u00f3n de la familia. Le ayud\u00f3 a lograrlo esa hermosa invenci\u00f3n suya que es el sistema fabril. Este se encarg\u00f3 de minar el \u00faltimo vestigio de los intereses comunes, la comunidad familiar de bienes, que se halla ya \u2013por lo menos aqu\u00ed, en Inglaterra\u2013, en trance de liquidaci\u00f3n. Es el pan nuestro de cada d\u00eda el que los hijos, <em>al alcanzar la edad legal para trabajar, es decir, a los nueve a\u00f1os<\/em>, empleen el salario que ganan en cubrir sus propias necesidades, consideren la casa paterna simplemente como una fonda y entreguen a los padres cierta cantidad por el sustento y la habitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00bfY c\u00f3mo podr\u00eda ser de otro modo? \u00bfA qu\u00e9 otro estado de cosas puede conducir el aislamiento de intereses que sirve de base al sistema de la libertad comercial? Cuando un principio se pone en marcha, llega por s\u00ed mismo hasta las \u00faltimas consecuencias, aunque los economistas no lo vean con buenos ojos.<\/p>\n<p>Pero el mismo economista no sabe cu\u00e1l es la causa a la que sirve. No sabe que, con todos sus razonamientos ego\u00edstas, no es m\u00e1s que un eslab\u00f3n en la cadena del progreso general de la humanidad. No sabe que, al reducirlo todo a una trama de intereses particulares, no hace m\u00e1s que desbrozar el camino para la gran transformaci\u00f3n hacia la que marcha nuestro siglo, que llevar\u00e1 a la humanidad a reconciliarse con la naturaleza y consigo misma.<\/p>\n<p>La siguiente categor\u00eda condicionada por el comercio es el valor. Acerca de \u00e9sta y de las dem\u00e1s categor\u00edas econ\u00f3micas no media disputa alguna entre los viejos y los nuevos economistas, por la sencilla raz\u00f3n de que a los monopolistas, llevados por la furia incontenible de enriquecerse, no les quedaba tiempo libre para ocuparse de las categor\u00edas. Todas las disputas en torno a estos problemas han partido de los modernos.<\/p>\n<p>El economista, que vive de contradicciones, maneja tambi\u00e9n, como es natural, un doble valor: <em>el valor abstracto o real y el valor de cambio<\/em>. Acerca de la naturaleza del valor real han disputado durante mucho tiempo los ingleses, quienes determinaban el coste de producci\u00f3n como la expresi\u00f3n del valor real, y el franc\u00e9s Say<a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\"><strong> [5]<\/strong><\/a>, que dec\u00eda medir este valor con arreglo a la utilidad de la cosa. Esta disputa viene ventil\u00e1ndose desde comienzos del siglo actual y al presente se ha adormecido, pero no zanjado. Y es que los economistas no pueden zanjar nada.<\/p>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">[5]<\/a> <\/strong>Jean Baptiste Say (1767-1832), economista liberal. En 1803 public\u00f3 el <em>Traite d &#8216;economie politique<\/em>.<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Los ingleses \u2013principalmente McCulloch y Ricardo\u2013 afirmaban, pues, que el valor abstracto de una cosa se determina por el costo de producci\u00f3n. Bien entendido que se trata del valor abstracto, no del valor de cambio, del <em>exchangeable valu\u00e9<\/em> o valor en el comercio, que es algo distinto. \u00bfPor qu\u00e9 \u2013ifijaos bien!\u2013 por qu\u00e9 nadie, en condiciones usuales y dejando a un lado el factor competencia, vender\u00eda una cosa por menos de lo que le ha costado producirla? Pero, \u00bfqu\u00e9 tiene que ver la \u00abventa\u00bb aqu\u00ed, en que no se trata del valor comercial? Volvemos a encontrarnos con el comercio, es decir, con lo que precisamente se trataba de dejar a un lado. \u00a1Y con qu\u00e9 comercio! \u00a1Con un comercio en el que no entra en juego el valor fundamental, la competencia! Primero un valor abstracto; ahora, un comercio tambi\u00e9n abstracto, un comercio sin competencia, es decir, un hombre sin cuerpo, un pensamiento sin cerebro para pensar. \u00a1Y el economista no se para siquiera a pensar que, al dejar a un lado la competencia, no existe ninguna garant\u00eda de que el productor venda precisamente al costo de producci\u00f3n! \u00a1Vaya embrollo! Prosigamos.<\/p>\n<p>Concedamos, por un momento, que todo sea tal y como el economista dice. Suponiendo que alguien fabrique, con un tremendo esfuerzo y enormes gastos, algo totalmente in\u00fatil, que nadie apetezca, \u00bfTendr\u00e1 esto tambi\u00e9n el valor correspondiente al costo de producci\u00f3n? De ning\u00fan modo, dice el economista, pues, \u00bfqui\u00e9n lo comprar\u00eda? Nos sale, pues, al paso, de golpe y porrazo, no s\u00f3lo la desacreditada \u00abutilidad\u00bb de Say, sino, adem\u00e1s, \u2013con la \u00abcompra\u00bb\u2013, el factor competencia. No es posible, el economista no acierta a retener su abstracci\u00f3n ni por un instante. A cada momento se le desliza entre los dedos no s\u00f3lo lo que trata de rechazar por la fuerza, la competencia, sino tambi\u00e9n lo que es blanco de sus ataques, la utilidad. Y es que el valor abstracto y su determinaci\u00f3n por el costo de producci\u00f3n no son, en efecto, m\u00e1s que abstracciones, absurdos.<\/p>\n<p>Pero demos la raz\u00f3n, por un momento, al economista: suponiendo que fuese as\u00ed, \u00bfc\u00f3mo iba a determinar el costo de producci\u00f3n sin tener en cuenta la competencia? Cuando investiguemos lo que es el costo de producci\u00f3n veremos que tambi\u00e9n esta categor\u00eda se basa en la competencia, y una vez m\u00e1s nos encontramos aqu\u00ed con que el economista no puede convalidar sus afirmaciones.<\/p>\n<p>Ahora bien, en Say nos encontramos con la misma abstracci\u00f3n. La utilidad de una cosa es algo puramente subjetivo, que en modo alguno puede decidirse en t\u00e9rminos absolutos, por lo menos mientras nos movemos en medio de contradicciones. Seg\u00fan esta teor\u00eda, los art\u00edculos de primera necesidad deber\u00edan tener m\u00e1s valor que los art\u00edculos de lujo. El \u00fanico camino por el que puede llegarse a una soluci\u00f3n m\u00e1s o menos objetiva, aparentemente general, en cuanto a la mayor o menor utilidad de una cosa bajo el r\u00e9gimen de la propiedad privada, es el camino de la competencia, que es precisamente el que se nos dice que dejemos a un lado. Ahora bien, admitido el factor concurrencia, se deslizar\u00e1 en \u00e9l el costo de producci\u00f3n, ya que nadie vender\u00e1 las mercanc\u00edas por menos de lo que le ha costado producirlas. Como vemos, tambi\u00e9n aqu\u00ed uno de los t\u00e9rminos de la contradicci\u00f3n se trueca involuntariamente en el otro.<\/p>\n<p>Intentemos aclarar el embrollo. El valor de una cosa incluye ambos factores, que las partes en litigio se empe\u00f1an, sin \u00e9xito como hemos visto, en mantener a la fuerza divorciados. <em>El valor es la relaci\u00f3n entre el costo de producci\u00f3n y la utilidad.<\/em> El valor tiene que decidir, ante todo, acerca del problema de si una cosa debe o no producirse; es decir, acerca de si la utilidad de esa cosa compensa o no el coste de su producci\u00f3n. S\u00f3lo partiendo de ah\u00ed cabe hablar de la aplicaci\u00f3n del valor al cambio. Suponiendo que los costos de producci\u00f3n de dos cosas sean iguales entre s\u00ed, el momento decisivo para determinar comparativamente su valor ser\u00e1 la utilidad.<\/p>\n<p>Esta es la \u00fanica base justa sobre la que puede descansar el cambio. Pero, si partimos de ella \u00bfqui\u00e9n ha de decidir acerca de la utilidad de la cosa? \u00bfsimplemente la opini\u00f3n de los interesados? En este caso, saldr\u00e1 defraudada, desde luego, una de las partes. \u00bf0 una determinaci\u00f3n basada en la utilidad inherente a la cosa, independientemente de las partes interesadas y para las que no les resulta evidente? De este modo s\u00f3lo podr\u00eda establecerse el cambio mediante la coacci\u00f3n, y ambas partes se considerar\u00edan defraudadas. Esta contradicci\u00f3n entre la utilidad real inherente a la cosa y la determinaci\u00f3n de esta utilidad, entre dicha determinaci\u00f3n y la libertad de las partes interesadas en el cambio, no puede abolirse sin abolir la propiedad privada; y, abolida \u00e9sta, ya no se podr\u00e1 seguir hablando de cambio, tal y como el cambio existe en la actualidad. En estas condiciones, la aplicaci\u00f3n pr\u00e1ctica del concepto del valor se circunscribir\u00e1 cada vez m\u00e1s a la decisi\u00f3n en cuanto a lo que haya de producirse, que es, en efecto, su verdadera esfera de acci\u00f3n.<\/p>\n<p>Ahora bien. \u00bfC\u00f3mo est\u00e1n actualmente las cosas? Hemos visto c\u00f3mo se desgarra violentamente el concepto del valor y se trata de presentar, a fuerza de gritar, a cada una de las partes como si fuese el todo. Se pretende hacer pasar el coste de producci\u00f3n, tergiversado de antemano mediante la competencia, por el valor mismo; otro tanto ocurre con la utilidad puramente subjetiva, ya que no existe otra. Para que estas definiciones tullidas se tengan en pie hay que recurrir en ambos casos a la competencia, y lo mejor del asunto es que, en los ingleses, la competencia defiende la utilidad frente al costo de producci\u00f3n, mientras que Say, por el contrario, aboga por el costo de producci\u00f3n en contra de la utilidad. Pero \u00a1qu\u00e9 utilidad y qu\u00e9 costo de producci\u00f3n se manejan aqu\u00ed! Una utilidad que depende del azar, de la moda, del capricho de los ricos, y un costo de producci\u00f3n que oscila con arreglo a la relaci\u00f3n fortuita entre la oferta y la demanda.<\/p>\n<p>La diferencia entre el valor real y el valor de cambio responde a un hecho, a saber: al hecho de que el valor de una cosa difiere del llamado equivalente que por ella se obtiene en el comercio, lo que vale tanto como decir que no es tal equivalente. Este llamado equivalente es el precio de la cosa, y si los economistas fuesen honrados deber\u00edan emplear esta palabra para designar el <em>\u00abvalor comercial\u00bb<\/em>. Pero no tienen m\u00e1s remedio que mantener en pie, por lo menos, alguna apariencia de que el precio coincide m\u00e1s o menos con el valor, para que no salga demasiado a relucir la inmoralidad del comercio. Sin embargo, la afirmaci\u00f3n de que el precio viene determinado por la acci\u00f3n mutua del coste de producci\u00f3n y la competencia es totalmente cierta y constituye una ley fundamental de la propiedad privada. Esta ley puramente emp\u00edrica es la primera que descubre el economista; y de ella abstrae luego su valor real, o sea, el precio en el momento en que se equilibra la relaci\u00f3n de la competencia, en que coinciden la oferta y la demanda, en cuyo caso sobra, naturalmente, el costo de producci\u00f3n, y esto es lo que el economista llama valor real, cuando en realidad se trata simplemente de la determinaci\u00f3n del precio. En la Econom\u00eda todo aparece, pues, de cabeza: el valor, que es lo originario, la fuente del precio, se hace depender de \u00e9ste, es decir, de su producto. En esta inversi\u00f3n reside, como es sabido, la esencia de la abstracci\u00f3n, como puede verse en Feuerbach.<\/p>\n<p>Seg\u00fan el economista, <em>el costo de producci\u00f3n de una mercanc\u00eda est\u00e1 formado por tres elementos<\/em>: <em>la renta<\/em> que hay que pagar por el terreno necesario para producir la materia prima; <em>el capital<\/em> con su ganancia correspondiente; y <em>el salario abonado<\/em> por el trabajo requerido para la producci\u00f3n y la elaboraci\u00f3n. Pero inmediatamente se ve que capital y trabajo son uno y lo mismo, pues los propios economistas confiesan que el capital es \u00ab<em>trabajo acumulado<\/em>\u00bb. Quedan, pues, en pie, solamente dos lados, el lado natural, objetivo, la tierra, y el lado humano, subjetivo, el trabajo, que incluye el capital y, adem\u00e1s del capital, un tercer factor en que el economista no piensa: el elemento intelectual que es la inventiva, el pensamiento, y que coexiste con el elemento f\u00edsico del trabajo puro y simple. Pero \u00bfqu\u00e9 le importa al economista el esp\u00edritu inventivo? \u00bfAcaso no se le han venido a la mano todos los inventos sin que \u00e9l pusiera nada de su parte? \u00bfAcaso le ha costado algo cualquiera de esos inventos? \u00bfPara qu\u00e9 tiene, pues, que preocuparse de esto al calcular el costo de producci\u00f3n? Las condiciones de la riqueza son para \u00e9l la tierra, el capital y el trabajo, y a esto se reduce todo. La ciencia le tiene sin cuidado. Si gracias a Berthollet, a Davy, a Liebig, a Watt, a Cartwright <a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\"><strong>[6]<\/strong><\/a>, etc., recibe regalos que le enriquecen y acrecientan su producci\u00f3n en proporciones infinitas \u00bfqu\u00e9 le importa a \u00e9l todo eso? Con esos factores el economista no sabe hacer sus c\u00e1lculos; los progresos de la ciencia no entran en sus guarismos. Pero, para un c\u00e1lculo racional que trascienda de esa partici\u00f3n de intereses que es la tarea del economista, no cabe duda de que el elemento espiritual entra en los elementos de la producci\u00f3n y que tambi\u00e9n en la Econom\u00eda debe ocupar el lugar que le corresponde entre los costes de producci\u00f3n. Claro est\u00e1 que, ya en este terreno, es grato compro- bar c\u00f3mo el cultivo de la ciencia resulta tambi\u00e9n rentable en el aspecto material; un solo fruto de la ciencia, la m\u00e1quina de vapor de James Watt, ha aportado m\u00e1s al mundo, en los primeros cincuenta a\u00f1os de su existencia, de lo que el mundo ha gastado en cultivar la ciencia desde que el mundo existe.<\/p>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">[6]<\/a> <\/strong>Claude Louis Berthollet (1748-1822), Humphrey Davy (1778-1 829), Justus von Liebig (1803-1873), James Watt (1736-1819) y Edmund Cartwright (1 743-1 843), qu\u00edmicos y cient\u00edficos.<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Tenemos, pues, en acci\u00f3n, dos elementos de la producci\u00f3n, la naturaleza y el hombre, y un tercero que es a la vez f\u00edsico y espiritual. Ahora podemos volver al economista y a su costo de producci\u00f3n.<\/p>\n<p>Lo que no puede monopolizarse carece de valor, dice el economista, afirmaci\u00f3n que m\u00e1s adelante habremos de examinar de cerca. Si, en vez de valor, decimos precio, no cabe duda de que la afirmaci\u00f3n responde a la verdad, en un estado de cosas cuya base es la propiedad privada. Si fuese tan f\u00e1cil disponer de la tierra como del aire, nadie pagar\u00eda renta por ella. Pero como no es as\u00ed, sino que la extensi\u00f3n de la tierra pose\u00edda es limitada en cada pa\u00eds, se paga una renta por la tierra apropiada, es decir, monopolizada, o se le fija un precio. Pues bien, despu\u00e9s de estas dos palabras acerca del nacimiento del valor de la tierra, resulta extra\u00f1o o\u00edr decir a los economistas que la renta del suelo representa la diferencia entre el rendimiento de la finca rentada y la tierra de peor calidad, pero que a\u00fan compensa los esfuerzos del cultivo. Tal es, en efecto, la definici\u00f3n que se da de la renta del suelo y que Ricardo desarroll\u00f3 en su totalidad por vez primera.<\/p>\n<p>Esta definici\u00f3n ser\u00eda pr\u00e1cticamente exacta, indudablemente, a condici\u00f3n de que la demanda reaccionase instant\u00e1neamente a la renta, poniendo fuera de explotaci\u00f3n, en seguida, una cantidad correspondiente de tierra de la peor calidad. Pero no ocurre as\u00ed. La definici\u00f3n, no es, por lo tanto, satisfactoria; adem\u00e1s no explica las causas de la renta del suelo, con lo que habr\u00eda que desecharla aunque no fuese m\u00e1s que por esta \u00fanica raz\u00f3n. El coronel T. P. Thompson, miembro de la liga en contra de las leyes sobre el trigo<strong> <a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\">[7]<\/a> <\/strong>ha vuelto a poner en circulaci\u00f3n, en oposici\u00f3n a \u00e9sta, la definici\u00f3n de Adam Smith, justific\u00e1ndola. Seg\u00fan \u00e9l, la renta del suelo es la relaci\u00f3n que media entre la competencia de quienes aspiran a utilizar la tierra y la cantidad limitada de tierra disponible. En esta definici\u00f3n se hace por lo menos una referencia al nacimiento de la propiedad territorial; pero en ella se excluye la diferente fertilidad de la tierra, lo mismo que en la anterior se daba de lado la competencia.<\/p>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">[7]<\/a><\/strong> Thomas Perronet Thompson (1783-1869), economista y miembro del Parlamento ingl\u00e9s, uno de los fundadores de la Liga contra las leyes agrarias (<em>Anti-Corn-Law-League<\/em>).<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Nos encontramos, pues, con dos definiciones del mismo concepto, ambas unilaterales, y, por lo tanto, definiciones a medias. Y, como hicimos con respecto al concepto del valor, tenemos que combinarlas para encontrar la explicaci\u00f3n cabal, la que se desprende del desarrollo mismo de las cosas y que abarca, por lo tanto, todos los casos de la pr\u00e1ctica. Y as\u00ed, vemos que la renta del suelo es la relaci\u00f3n que media entre la capacidad de rendimiento de la tierra, o sea, entre el factor natural (formado, a su vez, por las condiciones naturales y el cultivo humano es decir, el trabajo invertido para mejorar la tierra) y el factor humano, la competencia. Dejemos que los economistas se lleven las manos a la cabeza ante esta \u00abdefinici\u00f3n\u00bb; qui\u00e9ranlo o no, se contienen en ella todos los elementos que guardan relaci\u00f3n con nuestro asunto.<\/p>\n<p>El terrateniente nada tiene que echarle en cara al comerciante.<\/p>\n<p>Roba al monopolizar la tierra. Roba al explotar en su provecho el incremento de la poblaci\u00f3n que eleva la competencia, y, con ella, el valor de su tierra, al convertir en fuente de lucro personal lo que es, para \u00e9l, algo puramente fortuito. Roba al arrendar su tierra, apropi\u00e1ndose las mejoras introducidas en ella por el arrendatario. He ah\u00ed el secreto de las riquezas acumuladas sin cesar por los grandes propietarios de tierras.<\/p>\n<p>No son afirmaciones nuestras los axiomas que califican de robo los ingresos derivados de la propiedad de la tierra y sostienen que cada cual tiene derecho al producto de su trabajo, o que nadie debe cosechar sin haber sembrado. El primero de estos axiomas desmiente el deber de alimentar a los hijos y el segundo privar\u00eda a cualquier generaci\u00f3n del derecho a existir, ya que cada una recoge la herencia de la anterior. Estos axiomas son m\u00e1s bien una consecuencia de la propiedad privada. Y una de dos: o se aceptan las consecuencias o se suprime la premisa.<\/p>\n<p>M\u00e1s a\u00fan, hasta la misma apropiaci\u00f3n originaria se quiere justificar acogi\u00e9ndose a la afirmaci\u00f3n del derecho posesorio com\u00fan anterior a ella. Dondequiera que miremos, la propiedad privada nos lleva a contradicciones por todas partes.<\/p>\n<p>Convertir la tierra en objeto de tr\u00e1fico, que es para nosotros lo uno y el todo, la condici\u00f3n primordial de nuestra existencia, representa el paso definitivo hacia el tr\u00e1fico de s\u00ed mismo. Era y sigue siendo hasta el d\u00eda de hoy una inmoralidad s\u00f3lo superada por la inmoralidad de la propia enajenaci\u00f3n. Y la apropiaci\u00f3n originaria, la monopolizaci\u00f3n de la tierra por un pu\u00f1ado de gentes, eliminando a los dem\u00e1s de lo que constituye la condici\u00f3n de su vida, nada tiene que envidiar en cuanto a inmoralidad al sistema posterior al tr\u00e1fico del suelo.<\/p>\n<p>Si tambi\u00e9n en este punto damos de lado a la propiedad privada, veremos que la renta de la tierra se reduce a lo que hay en ella de verdad, a la concepci\u00f3n racional que esencialmente le sirve de base. El valor desglosado de la tierra como renta revertir\u00e1, as\u00ed, sobre la tierra misma. Este valor, calculado a base de la capacidad de producci\u00f3n de superficies iguales con igual inversi\u00f3n de trabajo, reaparece, evidentemente, como parte del costo de producci\u00f3n al determinar el valor de los productos y representa, al igual que la renta del suelo, la relaci\u00f3n que media entre la capacidad de producci\u00f3n y la competencia, pero la verdadera competencia, tal como m\u00e1s adelante se explicar\u00e1.<\/p>\n<p>Hemos visto c\u00f3mo capital y trabajo son, originariamente, id\u00e9nticos; y asimismo vemos, por los argumentos de los propios economistas, c\u00f3mo el capital, resultado del trabajo, vuelve a convertirse enseguida, dentro del proceso de producci\u00f3n, en sustrato, en material de trabajo; c\u00f3mo, por lo tanto, la separaci\u00f3n establecida por un momento entre capital y trabajo vuelve a desaparecer en la unidad de ambos. Y, sin embargo, el economista separa el capital del trabajo y mantiene esa separaci\u00f3n, sin reconocer la unidad m\u00e1s que en la definici\u00f3n del capital como \u00ab<em>trabajo acumulado<\/em>\u00bb. El divorcio entre capital y trabajo, nacido de la propiedad privada, no es otra cosa que el desdoblamiento del trabajo en s\u00ed mismo, correspondiente a ese estado de divorcio y resultante de \u00e9l. Despu\u00e9s de establecida la separaci\u00f3n, el capital se divide, a su vez, en capital originario y ganancia, o sea, el incremento del capital obtenido es el proceso de la producci\u00f3n, si bien la pr\u00e1ctica se encarga de incorporar inmediatamente esa ganancia al capital, para ponerla en circulaci\u00f3n con \u00e9l. M\u00e1s a\u00fan, la misma ganancia se subdivide en beneficio e inter\u00e9s. El concepto de inter\u00e9s revela el car\u00e1cter irracional de la divisi\u00f3n, llevado hasta el absurdo. La inmoralidad del pr\u00e9stamo a inter\u00e9s, del cobrar sin trabajar, simplemente a base del pr\u00e9stamo o, aunque vaya ya impl\u00edcita en la propiedad privada, salta demasiado a la vista y se halla reconocida y condenada desde hace ya mucho tiempo por la conciencia popular, que en estas cosas casi nunca se equivoca. Todos esos sutiles distingos y divisiones responden al divorcio originario entre capital y trabajo, que se lleva a cabo con la escisi\u00f3n de la humanidad en capitalistas y trabajadores, escisi\u00f3n que se ahonda y cobra perfiles cada vez m\u00e1s agudos, y, que, como veremos, tiene necesariamente que acentuarse m\u00e1s y m\u00e1s. Ahora bien, esta separaci\u00f3n, como la que examin\u00e1bamos m\u00e1s arriba de tierra, capital y trabajo, representa en \u00faltima instancia algo inadmisible. Resulta de todo punto imposible, en efecto, determinar cu\u00e1l es la parte que en un producto dado corresponde a la tierra, cu\u00e1l al capital y cu\u00e1l al trabajo. Son tres magnitudes inconmensurables entre s\u00ed. La tierra crea la materia prima, pero nunca sin la intervenci\u00f3n del capital y el trabajo; el capital presupone la existencia del trabajo y de la tierra; y el trabajo, a su vez, presupone cuando menos la tierra, y a veces tambi\u00e9n el capital. Las operaciones de los tres difieren totalmente y no pueden medirse en una cuarta pauta com\u00fan. Por eso cuando, en las condiciones actuales, se procede a distribuir los rendimientos entre los tres elementos no se hace de acuerdo con una medida inherente a ellos, medida inexistente, sino de acuerdo con un criterio totalmente ajeno y puramente fortuito en lo que a ellos se refiere: la competencia o el refinado derecho del m\u00e1s fuerte. La renta de la tierra implica la competencia, la ganancia del capital se determina exclusivamente por la competencia, y ahora veremos lo que sucede con el salario.<\/p>\n<p>Al suprimir la propiedad privada, desaparecer\u00e1n todas estas divisiones antinaturales. Desaparecer\u00e1 la diferencia entre inter\u00e9s y beneficio, ya que el capital no es nada sin trabajo, sin movimiento. La ganancia ver\u00e1 reducida su funci\u00f3n al peso que el capital arroja a la balanza al determinar el costo de producci\u00f3n, y ser\u00e1, por lo tanto, algo inherente al capital, a la vez que este revertir\u00e1 a su originaria unidad con el trabajo.<\/p>\n<p>El trabajo, el elemento fundamental de la producci\u00f3n, la \u00ab<em>fuente de la riqueza<\/em>\u00bb, la actividad humana libre, sale muy malparado con los economistas. <em>As\u00ed como antes se separ\u00f3 capital y trabajo<\/em>, ahora vuelve a efectuarse una nueva separaci\u00f3n; <em>el producto del trabajo se enfrenta a \u00e9ste como salario<\/em>, se divorcia de \u00e9l y es determinado, como de costumbre, por la competencia, ya que, seg\u00fan ve\u00edamos, no existe una medida fija en cuanto a la participaci\u00f3n del trabajo en la producci\u00f3n. Suprimida la propiedad privada, desaparecer\u00e1 tambi\u00e9n esta divisi\u00f3n antinatural, el trabajo ser\u00e1 su propio salario y se revelar\u00e1 la verdadera funci\u00f3n del salario antes enajenado: la importancia del trabajo en cuanto a la determinaci\u00f3n del costo de producci\u00f3n de una cosa.<\/p>\n<p>Hemos visto que, mientras permanezca en pie la propiedad privada, todo tiende, a fin de cuentas, hacia la competencia. Esta es la categor\u00eda fundamental del economista, su hija predilecta, a la que mima y acaricia sin cesar, pero, cuidado, pues en ella se esconde una terrible cabeza de Medusa.<\/p>\n<p>La consecuencia inmediata de la propiedad privada es la escisi\u00f3n de la producci\u00f3n en dos t\u00e9rminos antag\u00f3nicos: la producci\u00f3n natural y la producci\u00f3n humana; la tierra, muerta y est\u00e9ril si el trabajo humano no la fecunda, y la actividad del hombre, cuya condici\u00f3n primordial es precisamente la tierra. Y, del mismo modo, ve\u00edamos c\u00f3mo la actividad humana se desdobla, a su vez, en trabajo y capital, y c\u00f3mo estos dos t\u00e9rminos se enfrentan entre s\u00ed como antag\u00f3nicos. El resultado es, por lo tanto, la lucha entre los tres elementos, en vez de la mutua ayuda y colaboraci\u00f3n. Y a ello se a\u00f1ade ahora el hecho de que la propiedad privada trae consigo el desdoblamiento y la desintegraci\u00f3n de cada uno de estos tres elementos por separado. Se enfrentan entre s\u00ed las tierras de los diferentes propietarios; la mano de obra de los distintos trabajadores; los capitales de estos y aquellos capitalistas. En otros t\u00e9rminos: como la propiedad privada a\u00edsla a cada uno dentro de su tosca individualidad y cada uno abriga, sin embargo, el mismo inter\u00e9s que su vecino, tenemos que un capitalista se enfrenta a otro como su enemigo, un terrateniente al otro y un obrero a otro obrero. La inmoralidad del orden humano actual culmina en esa hostilidad entre intereses iguales, en raz\u00f3n precisamente de su igualdad: esa culminaci\u00f3n es la competencia.<\/p>\n<p>Lo opuesto a la concurrencia es el monopolio. <em>El monopolio era el grito de guerra de los mercantilistas; la concurrencia es el grito de combate de los economistas liberales.<\/em> No resulta dif\u00edcil comprender que el pretendido antagonismo no pasa de ser una frase. Todo competidor, ya sea obrero, capitalista o terrateniente, aspira necesariamente alcanzar el monopolio.<\/p>\n<p>Toda peque\u00f1a agrupaci\u00f3n de competidores tiene necesariamente que aspirar a lograr el monopolio para s\u00ed, con exclusi\u00f3n de todos los dem\u00e1s. La competencia descansa sobre el inter\u00e9s, y \u00e9ste engendra de nuevo el monopolio; en una palabra, la competencia deriva hacia el monopolio. Y, por otra parte, el monopolio no puede contener el flujo de la competencia, sino que a su vez lo engendra, del mismo modo que, por ejemplo, la prohibici\u00f3n de importar o los aranceles elevados propician directamente la competencia del contrabando. La contradicci\u00f3n de la competencia es exactamente la misma que la de la propiedad privada. Cada individuo se halla interesado en poseerlo todo, mientras que el inter\u00e9s de la colectividad es que cada cual posea la misma cantidad que los otros. El inter\u00e9s colectivo y el individual son, pues, radicalmente opuestos. La contradicci\u00f3n de la competencia estriba en lo siguiente: en que cada uno aspira necesariamente al monopolio, mientras que la colectividad en cuanto tal sale perdiendo con \u00e9l y tiene, por lo tanto, que evitarlo. M\u00e1s a\u00fan, la competencia presupone ya el monopolio, es decir el monopolio de la propiedad \u2013y aqu\u00ed vuelve a manifestarse la hipocres\u00eda de los liberales\u2013, ya que mientras se mantenga el monopolio de la propiedad ser\u00e1 igualmente leg\u00edtima la propiedad del monopolio, porque el monopolio, una vez creado, es tambi\u00e9n una propiedad. Por eso resulta de una lamentable mediocridad atacar a los peque\u00f1os monopolios mientras se deja en pie el monopolio fundamental. Y si traemos a colaci\u00f3n, adem\u00e1s, la afirmaci\u00f3n del economista consignada m\u00e1s arriba de que s\u00f3lo tiene valor lo que puede monopolizarse, lo que equivale a decir que la lucha de la competencia no puede recaer sobre lo que no admita esa monopolizaci\u00f3n, quedar\u00e1 completamente justificada nuestra afirmaci\u00f3n de que la concurrencia presupone el monopolio.<\/p>\n<p>La ley de la concurrencia es que la oferta y la demanda se complementan siempre y, precisamente por eso, no se complementan nunca. Los dos t\u00e9rminos se desgajan y entran en la m\u00e1s flagrante contradicci\u00f3n. La oferta va siempre a la zaga de la demanda, pero sin llegar a coincidir totalmente con ella. Es o demasiado grande o demasiado peque\u00f1a, sin equilibrarse nunca con la demanda, porque en este estado inconsciente en que vive la humanidad, nadie puede saber qu\u00e9 proporciones alcanza la una o la otra. Cuando la demanda es mayor que la oferta suben los precios, lo que inmediatamente sirve de incentivo a la oferta; tan pronto como \u00e9sta se manifiesta en el mercado, los precios bajan, y al exceder la oferta a la demanda, la baja de los precios se acent\u00faa tanto que la demanda reacciona a su vez. Y as\u00ed constantemente sin llegar nunca a un estado de equilibrio saludable, sino en una constante alternativa de flujo y reflujo que hace imposible todo progreso, en una eterna sucesi\u00f3n de vaivenes, sin llegar jam\u00e1s a la meta.<\/p>\n<p>Al economista se le antoja esta ley el paradigma de la belleza, con su constante ritmo compensatorio, en el que se recobra all\u00ed lo que se ha perdido aqu\u00ed. La considera como su glorioso m\u00e9rito, no se cansa de contemplarla y la examina bajo todas las condiciones posibles e imposibles. Y, sin embargo, salta a la vista que esta ley es una ley puramente natural, y no una ley del esp\u00edritu. Una ley que engendra la revoluci\u00f3n. El economista despliega ante vosotros su hermosa teor\u00eda de la oferta y la demanda, os demuestra que \u00ab<em>nada puede producirse en exceso<\/em>\u00bb y <em>la pr\u00e1ctica responde a sus palabras con las crisis comerciales<\/em>, que reaparecen con la misma regularidad que los cometas y cada una de las cuales <em>se reproduce ahora por t\u00e9rmino medio cada cinco o siete a\u00f1os<\/em>. Estas crisis comerciales vienen produci\u00e9ndose desde hace unos ochenta a\u00f1os con la periodicidad con que antes estallaban las grandes pestes y provocan m\u00e1s miseria y consecuencias m\u00e1s inmorales que ellas (v\u00e9ase Wade, <em>History of the Middle and Working Classes<\/em>, p\u00e1g. 211<strong><a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\"> [8]<\/a><\/strong>). Como es natural, estas revoluciones comerciales confirman la ley, la confirman en toda su extensi\u00f3n, pero de un modo muy distinto a como los economistas quisieran hacernos creer. \u00bfQu\u00e9 pensar de una ley que s\u00f3lo acierta a imponerse por medio de revoluciones peri\u00f3dicas? Que se trata precisamente de una ley natural basada en la inconsciencia de los interesados. Si los productores como tales supieran cu\u00e1nto necesitan los consumidores, si pudieran organizar la producci\u00f3n y distribuirla entre ellos, ser\u00edan imposibles las oscilaciones de la competencia y su gravitaci\u00f3n hacia las crisis. Producid de un modo consciente, como hombres y no como \u00e1tomos sueltos sin conciencia colectiva, y os sobrepondr\u00e9is a todas estas contradicciones artificiales e insostenibles. Pero mientras sig\u00e1is produciendo como lo hac\u00e9is ahora, de un modo inconsciente y atolondrado, a merced del azar, seguir\u00e1n produci\u00e9ndose crisis comerciales y cada una de ellas ser\u00e1 necesariamente m\u00e1s universal y, por lo tanto, m\u00e1s devastadora que las anteriores, empujar\u00e1 a la miseria a mayor n\u00famero de peque\u00f1os capitalistas y har\u00e1 crecer en proporci\u00f3n cada vez mayor la clase de quienes viven s\u00f3lo de su trabajo; es decir, aumentar\u00e1 a ojos vistas la masa del trabajo al que hay que dar ocupaci\u00f3n, que es problema fundamental de nuestros economistas, hasta que por \u00faltimo se provoque una revoluci\u00f3n social que la sabidur\u00eda escolar de los economistas no puede ni siquiera imaginar.<\/p>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">[8]<\/a><\/strong> Cfr. John Wade (1788-1875), <em>History of the Middle and Working Classes<\/em>. Londres, 1835.<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Las eternas oscilaciones de los precios determinadas por la competencia acaban de privar al comercio del \u00faltimo rasgo de moralidad. Ya no puede hablarse ni de valor. El mismo sistema que tanta importancia parece dar al valor y que confiere a la abstracci\u00f3n valor, plasmada en el dinero, los honores de una existencia aparte, ese mismo sistema se encarga de destruir, por medio de la competencia, todo valor inherente, y hace cambiar diariamente y a cada hora la proporci\u00f3n de valor de las cosas entre s\u00ed. \u00bfD\u00f3nde encontrar, en medio de este torbellino, la posibilidad de un cambio en un fundamento moral? En este continuo vaiv\u00e9n, todo el mundo tiene que tratar de encontrar el momento favorable para comprar o vender, todo el mundo, qui\u00e9ralo o no, tiene que hacerse especulador, es decir, cosechar sin haber sembrado, lucrarse a costa de lo que otros pierden, calcular a expensas de la desgracia ajena o hacer que el azar trabaje a favor suyo. El especulador cuenta siempre con los infortunios, especialmente con las malas cosechas, se vale de todo, como en su d\u00eda se aprovech\u00f3 del incendio de Nueva York. El colmo de la inmoralidad es la especulaci\u00f3n de la bolsa de valores, la cual convierte a la historia y a la humanidad en medios de satisfacci\u00f3n de la codicia del especulador que calcula fr\u00edamente o juega al azar. Y por mucho que el comerciante \u00absano\u00bb y honrado se considere farisaicamente por encima de los jugadores de bolsa \u2013doy gracias a Dios, etc.\u2013 es tan malo como el especulador burs\u00e1til, pues especula como \u00e9l, no tiene m\u00e1s remedio que hacerlo, la competencia le obliga a ello, y su comercio entra\u00f1a, por lo tanto, la misma inmoralidad que el otro. Lo que hay de verdad en la competencia es la relaci\u00f3n que media entre la capacidad de consumo y la capacidad de producci\u00f3n. Esta competencia ser\u00e1 la \u00fanica que prevalezca en un estado de cosas digno de la humanidad. La colectividad tendr\u00e1 que calcular lo que es capaz de producir con los medios de que dispone y determinar, en base a la relaci\u00f3n entre este potencial de producci\u00f3n y la masa de los consumidores, en qu\u00e9 medida debe la producci\u00f3n aumentar o disminuir, hasta qu\u00e9 punto se puede tolerar el lujo o debe restringirse. Ahora bien, a los lectores que quieran juzgar con conocimiento acerca de esa relaci\u00f3n y del aumento del potencial de producci\u00f3n que debe esperarse de un estado racional de la colectividad, les aconsejo que lean las obras de los socialistas ingleses y tambi\u00e9n, en parte, las de Fourier.<\/p>\n<p>La competencia subjetiva, la pugna de capital contra capital, de trabajo contra trabajo, etc., se reducir\u00e1, en estas condiciones, a la emulaci\u00f3n que tiene su fundamento en la naturaleza humana y que hasta ahora s\u00f3lo ha sido aceptablemente estudiada por Fourier, emulaci\u00f3n que, despu\u00e9s de abolidos los intereses antag\u00f3nicos, se ver\u00e1 circunscrita a su esfera peculiar y racional.<\/p>\n<p>La lucha de capital contra capital, de trabajo contra trabajo, de tierra contra tierra, arrastra a la producci\u00f3n a un v\u00e9rtigo en el que se vuelven del rev\u00e9s todas las relaciones naturales y racionales. Ning\u00fan capital puede hacer frente a la competencia del otro sin verse espoleado a la m\u00e1s febril actividad. Ninguna finca puede ser cultivada con provecho a menos que intensifique constantemente su capacidad de producci\u00f3n. Ning\u00fan obrero puede defenderse de sus competidores si no consagra al trabajo todas sus fuerzas. Y, en general, nadie que se vea arrastrado a la lucha de la competencia puede salir a flote en ella sin poner a contribuci\u00f3n el m\u00e1ximo de sus energ\u00edas, renunciando a todo fin verdaderamente humano. Y, como es natural, la consecuencia necesaria de esta tensi\u00f3n del esfuerzo en uno de los lados es el descuido de energ\u00edas en el otro. Cuando las oscilaciones de la competencia son peque\u00f1as, cuando la oferta y la demanda, la producci\u00f3n y el consumo, casi se equilibran, el desarrollo de la producci\u00f3n tiene que llegar necesariamente a una fase en la que queden tantas fuerzas productivas sobrantes que la gran masa de la naci\u00f3n no tenga de qu\u00e9 vivir y las gentes pasen hambre en medio de la abundancia. Se trata de una postura verdaderamente demencial, el absurdo viviente en que se halla Inglaterra desde hace ya bastante tiempo. Y si la producci\u00f3n oscila con mayor fuerza, como necesariamente tiene que ocurrir por efecto de semejante estado de cosas, se presentar\u00e1 la alternativa entre el florecimiento y la crisis, la superproducci\u00f3n y el estancamiento. El economista no ha acertado jam\u00e1s a explicar esta disparatada situaci\u00f3n; para explicarla ha inventado la teor\u00eda de la poblaci\u00f3n, tan absurda e incluso m\u00e1s, si cabe, que la contradicci\u00f3n entre la riqueza y la miseria simult\u00e1neas. Y es que al economista no le era l\u00edcito ver la verdad; no le era l\u00edcito comprender que esta contradicci\u00f3n es sencillamente una consecuencia l\u00f3gica de la concurrencia, pues si lo comprendiera as\u00ed se vendr\u00eda abajo todo su sistema.<\/p>\n<p>Para nosotros, la cosa tiene f\u00e1cil explicaci\u00f3n. La capacidad de producci\u00f3n de que dispone la humanidad es ilimitada. La inversi\u00f3n de capital, trabajo y ciencia puede potenciar hasta el infinito la capacidad de rendimiento de la tierra. Un pa\u00eds \u00absuperpoblado\u00bb como la Gran Breta\u00f1a podr\u00eda, seg\u00fan los c\u00e1lculos de los economistas y estad\u00edsticos m\u00e1s capaces (v\u00e9ase Alison, <em>Principies of population<\/em>, tomo I, cap\u00edtulos 1 y 2\u00a0<strong><a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\">[9]<\/a><\/strong>), llegar a producir en diez a\u00f1os trigo bastante para alimentar a una poblaci\u00f3n seis veces mayor que la actual. El capital aumenta diariamente; la mano de obra crece con la poblaci\u00f3n, y la ciencia va sometiendo cada vez m\u00e1s d\u00eda tras d\u00eda, las fuerzas naturales al dominio del hombre. Esta ilimitada capacidad de producci\u00f3n, manejada de un modo consciente y en inter\u00e9s de todos, no tardar\u00eda en reducir al m\u00ednimo la masa de trabajo que pesa sobre la humanidad; confiada a la competencia, hace lo mismo, pero dentro del marco de la contradicci\u00f3n. Mientras una parte de la tierra se cultiva con los mejores m\u00e9todos, otra \u2013que en Gran Breta\u00f1a e Irlanda llega a 30 millones de acres\u2013 permanece bald\u00eda. Una parte del capital circula con asombrosa rapidez, mientras otra se mantiene ociosa en las arcas. <em>Unos obreros trabajan hasta catorce y diecis\u00e9is horas al dia, mientras que otros est\u00e1n sin hacer nada, parados y pasando hambre<\/em>. O, lo que es lo mismo, nos encontramos con que la distribuci\u00f3n surge de esa simultaneidad: hoy el comercio se desenvuelve bien, la demanda es grande, todo el mundo trabaja, la rotaci\u00f3n del capital adquiere una rapidez pasmosa, florece la agricultura, los obreros se matan a trabajar; y ma\u00f1ana surge el estancamiento, la agricultura deja de ser rentable y grandes extensiones de tierra se quedan bald\u00edas, el capital se paraliza en medio de su flujo, los obreros se hallan sin trabajo y el pa\u00eds entero adolece de exceso de riqueza y de exceso de poblaci\u00f3n.<\/p>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">[9]<\/a> <\/strong>Archibald Alison (1792-1867). Historiador y economista antimalthusiano, autor de <em>The Principles of Population, and Their Connection With Human Happiness<\/em>, Londres, 1840, 2 vol\u00famenes. <em>\u00a0<\/em><\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Esta marcha de las cosas no puede ser considerada como acertada por el economista, ya que de otro modo tendr\u00eda que renunciar, como hemos dicho, a todo su sistema de la competencia; tendr\u00eda que reconocer la vacuidad de su contradicci\u00f3n entre la producci\u00f3n y el consumo, entre la superpoblaci\u00f3n y la riqueza superflua. Pues bien, ya que el hecho era innegable, se invent\u00f3 la teor\u00eda de la poblaci\u00f3n, para poner el hecho en consonancia con la teor\u00eda.<\/p>\n<p>Malthus, inventor de esa doctrina, afirma que la poblaci\u00f3n presiona constantemente sobre los medios de sustento; que, al aumentar la producci\u00f3n, la poblaci\u00f3n aumenta en las mismas proporciones y que la tendencia inherente a la poblaci\u00f3n de crecer por encima de los l\u00edmites de los medios de sustento disponibles constituye la causa de toda la miseria y de todos los males. En efecto, cuando hay exceso de seres humanos, los seres sobrantes, seg\u00fan Malthus, tienen que ser eliminados de un modo o de otro, o perecer de muerte violenta o morirse de hambre. Pero, una vez eliminados, vienen nuevos sobrantes de poblaci\u00f3n a cubrir la vacante, con lo que el mal que se cre\u00eda remediado se reproduce. Y esto ocurre, adem\u00e1s, en todos los pueblos, tanto en los civilizados como en los primitivos; los salvajes de la isla de Australia, cuya densidad de poblaci\u00f3n es de un habitante por milla cuadrada, adolecen de una superpoblaci\u00f3n igual a la de los ingleses. En una palabra: aplicando consecuentemente esta doctrina, deber\u00edamos decir que la tierra se hallaba ya superpoblada cuando la habitaba un solo hombre.<\/p>\n<p>\u00bfY cu\u00e1les son las consecuencias de esta marcha de las cosas? <em>Que los que sobran son precisamente los pobres<\/em>, por los cuales no se \u00abpuede hacer otra cosa que aliviarles en la medida de lo posible la muerte por hambre\u00bb, convencerles de que el asunto no tiene remedio y que el \u00fanico camino de salvaci\u00f3n para su clase es reducir hasta el m\u00e1ximo la procreaci\u00f3n; y si esto no se consigue, no cabe soluci\u00f3n mejor que crear un establecimiento estatal que se encargue de matar sin dolor a los hijos de los pobres, como el que ha propuesto \u00abMarcus<strong><a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\"> [10]<\/a><\/strong>\u00bb, calcul\u00e1ndose que cada familia obrera s\u00f3lo podr\u00e1 sostener dos hijos y medio y que los que excedan de esta cifra deber\u00e1n ser condenados a la muerte indolora.<\/p>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">[10]<\/a><\/strong> Firmados con el seud\u00f3nimo Marcus aparecieron algunos op\u00fasculos: Marcus, <em>On The Possibility of Limiting Populousness<\/em>, Londres, 1838.<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El hecho de dar limosna constituir\u00eda un crimen, ya que favorecer\u00eda el incremento de la poblaci\u00f3n sobrante; en cambio resultar\u00e1 muy beneficioso declarar que la pobreza es un delito y convertir los establecimientos de beneficencia en centros penales, como lo ha hecho ya en Inglaterra la nueva ley \u00abliberal\u00bb sobre los pobres. Es cierto que esta teor\u00eda se compagina muy mal con la doctrina de la Biblia sobre la perfecci\u00f3n de Dios y de su creaci\u00f3n, pero \u00ab\u00a1es una mala refutaci\u00f3n el invocar la Biblia en contra de los hechos!\u00bb.<\/p>\n<p>\u00bfHace falta continuar desarrollando todav\u00eda m\u00e1s, seguir hasta sus \u00faltimas consecuencias esta infame y asquerosa doctrina, esta repugnante blasfemia en contra de la naturaleza y de la humanidad? En ella se nos muestra la inmoralidad del economista llevado al l\u00edmite. \u00bfQu\u00e9 significan todas las guerras y todos los horrores del sistema monopolista en comparaci\u00f3n con esa teor\u00eda? Pero en ella tenemos la clave de b\u00f3veda del sistema liberal de la libertad de comercio, que, al caer, arrastra consigo todo el edificio. Pues si se demuestra que la competencia es la causa de la miseria, de la pobreza y el crimen, \u00a0\u00bfqui\u00e9n se atrever\u00e1 a levantar la voz en su defensa? Alison, en la obra citada arriba, ha refutado la teor\u00eda de Malthus al apelar a la capacidad de producci\u00f3n de la tierra y oponer al principio maltusiano el hecho de que cualquier adulto puede producir m\u00e1s de lo que consume, hecho sin el cual no podr\u00eda multiplicarse la humanidad, ni siquiera existir, pues \u00bfde qu\u00e9, si no, iban a vivir los que crecieran? Pero Alison no entra en el fondo del problema, raz\u00f3n por la cual llega, en definitiva, al mismo resultado que Malthus. Demuestra, es cierto, la falsedad del principio maltusiano, pero no puede negar los hechos que condujeron a aqu\u00e9l a este principio.<\/p>\n<p>Si Malthus no hubiera enfocado el asunto de un modo tan unilateral, se habr\u00eda dado cuenta de que la poblaci\u00f3n o mano de obra sobrante aparece siempre unida a un exceso de riqueza, de capital y de propiedad sobre la tierra. La poblaci\u00f3n s\u00f3lo es excesiva all\u00ed donde es excesiva, en general, la capacidad de producci\u00f3n. As\u00ed lo revela del modo m\u00e1s palmario el estado de todo pa\u00eds superpoblado, principalmente el de Inglaterra, desde los d\u00edas en que Malthus escribi\u00f3. Estos eran los hechos que Malthus ten\u00eda que haber considerado en su conjunto, y cuya consideraci\u00f3n le habr\u00eda llevado necesariamente a una conclusi\u00f3n acertada; pero, en vez de eso, destac\u00f3 un solo hecho, dio de lado a los otros y lleg\u00f3, como era natural, a una conclusi\u00f3n disparatada. El segundo error en que incurri\u00f3 fue el de confundir los medios de sustento y la ocupaci\u00f3n. Un hecho, el m\u00e9rito de cuyo descubrimiento hay que atribuir a Malthus lo constituye el que la poblaci\u00f3n presiona siempre sobre los empleos y que se engendran tantos individuos como pueden encontrar ocupaci\u00f3n, lo que quiere decir que, hasta ahora, la procreaci\u00f3n de mano de obra se regula por la ley de la competencia y se halla expuesta, por lo tanto, a crisis y oscilaciones peri\u00f3dicas. Pero una cosa son las ocupaciones y otra los medios de sustento. Las ocupaciones s\u00f3lo se multiplican en \u00faltimo extremo al incrementarse la fuerza de las m\u00e1quinas y el capital; en cambio, los medios de sustento aumentan tan pronto como crece, aunque s\u00f3lo sea en peque\u00f1a medida, la capacidad de producci\u00f3n. Se revela aqu\u00ed una nueva contradicci\u00f3n de la Econom\u00eda. La demanda del economista no es la verdadera demanda y su consumo es un consumo artificial. Para el economista s\u00f3lo es verdadero agente de la demanda, verdadero consumidor, quien puede ofrecer el equivalente de lo que recibe. Ahora bien, si es un hecho que cualquier adulto produce m\u00e1s de lo que puede consumir, y que los ni\u00f1os son como los \u00e1rboles, que devuelven con creces lo que en ellos se ha invertido \u2013y nadie podr\u00e1 dudar que estos son hechos\u2013 habr\u00eda que llegar a la conclusi\u00f3n de que cada obrero tendr\u00e1 necesariamente que producir m\u00e1s de lo que necesita, y de que, por lo tanto, una familia numerosa representa un regalo muy apetecible para la comunidad. Pero el economista, en su tosquedad, no reconoce m\u00e1s equivalente que el que se paga en dinero contante y sonante. Y se halla tan aferrado a sus contradicciones que los hechos m\u00e1s palmarios le tienen sin cuidado como los principios cient\u00edficos.<\/p>\n<p>La contradicci\u00f3n se suprime sencillamente super\u00e1ndola. Al fundirse los intereses actualmente antag\u00f3nicos, desaparece la contradicci\u00f3n entre la superpoblaci\u00f3n, de una parte, y el exceso de riqueza de otra; desaparece el hecho milagroso, m\u00e1s milagroso que los milagros de todas las religiones juntas, de que una naci\u00f3n se muera de hambre a fuerza de riqueza y abundancia; se viene abajo la demencial afirmaci\u00f3n de que la tierra no tiene fuerza para alimentar a los hombres. Esta afirmaci\u00f3n constituye la c\u00faspide de la Econom\u00eda cristiana, y que nuestra Econom\u00eda es esencialmente cristiana podr\u00eda demostrarlo a la luz de cada postulado, de cada categor\u00eda, y lo har\u00e9 en su momento oportuno; la teor\u00eda de Malthus no es m\u00e1s que la expresi\u00f3n econ\u00f3mica del dogma religioso de la contradicci\u00f3n entre el esp\u00edritu y la naturaleza y de la corrupci\u00f3n que de ella se deriva. La nulidad de esta contradicci\u00f3n, desde hace mucho tiempo resuelta en la religi\u00f3n, espero haberla puesto de manifiesto tambi\u00e9n en el terreno econ\u00f3mico; por lo dem\u00e1s, no aceptar\u00e9 como competente ninguna defensa de la teor\u00eda maltusiana que antes no me demuestre, partiendo de sus propios principios, c\u00f3mo un pueblo puede pasar hambre a fuerza de abundancia y ponga esto en consonancia con la raz\u00f3n y los hechos.<\/p>\n<p>Por lo dem\u00e1s, la teor\u00eda de Malthus ha representado un punto de transici\u00f3n absolutamente necesario, que nos ha hecho avanzar un trecho incalculable. Gracias a ella y, en general, a la Econom\u00eda, se ha fijado nuestra atenci\u00f3n en la capacidad de producci\u00f3n de la tierra y de la humanidad, y, una vez que nos hemos sobrepuesto a este estado de desesperaci\u00f3n, econ\u00f3mica, estamos para siempre a salvo del miedo a la superpoblaci\u00f3n. De \u00e9l extraemos los m\u00e1s poderosos argumentos econ\u00f3micos en pro de la transformaci\u00f3n social; pues, incluso aunque Malthus tuviera raz\u00f3n habr\u00eda que acometer esta transformaci\u00f3n sin demora, ya que solamente ella y la cultura de las masas que traer\u00e1 consigo har\u00e1n posible esa limitaci\u00f3n moral del instinto de procreaci\u00f3n que el propio Malthus considera como el m\u00e1s f\u00e1cil y eficaz medio de contrarrestar la superpoblaci\u00f3n. Ese miedo nos ha permitido conocer la humillaci\u00f3n m\u00e1s profunda de la humanidad, la supeditaci\u00f3n de \u00e9sta a las condicionas de la competencia; y nos ha hecho ver c\u00f3mo, en \u00faltima instancia, la propiedad privada ha convertido al hombre en una mercanc\u00eda cuya creaci\u00f3n y destrucci\u00f3n dependen tambi\u00e9n s\u00f3lo de la demanda, y c\u00f3mo el sistema de la competencia ha sacrificado as\u00ed y sacrifica diariamente a millones de seres; todo esto lo hemos visto y nos lleva a la necesidad de acabar con esa humillaci\u00f3n de la humanidad mediante <em>la abolici\u00f3n de la propiedad privada, de la competencia y de los intereses antag\u00f3nicos<\/em>.<\/p>\n<p>Volvamos, sin embargo, para privar de toda base al miedo general a la superpoblaci\u00f3n, a la relaci\u00f3n que media entre la capacidad de producci\u00f3n y la poblaci\u00f3n. Malthus establece un c\u00e1lculo, sobre el que descansa todo su sistema. <em>La poblaci\u00f3n<\/em> \u2013dice\u2013 crece en <em>progresi\u00f3n geom\u00e9trica<\/em>: 1-2 -4 -8 -16 -32, etc., mientras que la capacidad de producci\u00f3n de la tierra aumenta solamente en progresi\u00f3n aritm\u00e9tica: 1 +2 + 3 +4 +5 +6. La diferencia salta a la vista y es sencillamente pavorosa, pero, \u00bfes cierta? \u00bfd\u00f3nde est\u00e1 la prueba de que la capacidad de rendimiento de la tierra aumente en proporci\u00f3n aritm\u00e9tica? La extensi\u00f3n de la tierra es limitada, es cierto. La mano de obra que en ella puede invertirse aumenta con la poblaci\u00f3n; aun concediendo que el aumento del rendimiento debido al aumento de trabajo no registre siempre un incremento a tono con la proporci\u00f3n del trabajo invertido, siempre quedar\u00e1 un tercer elemento, que al economista, ciertamente, no le dice nada, la ciencia, cuyo progreso es tan ilimitado y r\u00e1pido, por lo menos, como el de la poblaci\u00f3n. \u00bfQu\u00e9 progreso no debe la agricultura del siglo actual solamente a la qu\u00edmica, m\u00e1s a\u00fan, solamente a dos hombres, Sir Humphrey Davy y Justus Liebig? Ahora bien; la ciencia crece, por lo menos, como la poblaci\u00f3n; \u00e9sta crece en proporci\u00f3n al n\u00famero de la generaci\u00f3n anterior y la ciencia avanza en proporci\u00f3n a la masa de los conocimientos que la generaci\u00f3n precedente le ha legado, es decir, en las condiciones m\u00e1s normales, tambi\u00e9n en proporci\u00f3n geom\u00e9trica, y para la ciencia no hay nada imposible. Y es rid\u00edculo hablar de superpoblaci\u00f3n mientras \u00aben el valle del Mississippi haya terreno bald\u00edo bastante para asentar en \u00e9l a toda la poblaci\u00f3n de Europa <strong><a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\">[11]<\/a><\/strong>\u00bb, mientras s\u00f3lo pueda considerarse en cultivo, digamos, la tercera parte de la tierra, y la producci\u00f3n solamente de esta tercera parte pueda aumentar en seis veces y m\u00e1s, simplemente aplicando los m\u00e9todos de mejora de la tierra que hoy se conocen.<\/p>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">[11]<\/a><\/strong> Cfr. A. Alison, <em>The Principles of Population, and Their Connection With Human Happiness<\/em>, cit. vol. I, p. 548.<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La competencia enfrenta, como hemos visto, a unos capitales con otros, a un trabajo con otro, a una propiedad territorial con otra, y a cada uno de estos elementos con los otros dos. En la lucha triunfa el m\u00e1s fuerte, y si queremos predecir el resultado de esta lucha tenemos que investigar la fuerza de los contrincantes. En primer lugar, tenemos que la propiedad de la tierra y el capital, considerados cada uno de por s\u00ed, son m\u00e1s fuertes que el trabajo, pues <em>mientras el obrero necesita trabajar para poder vivir, el propietario de la tierra vive de sus rentas y el capitalista de sus intereses<\/em>, y si se ven apurados pueden vivir de su capital o de la propiedad de la tierra capitalizada.<\/p>\n<p>Consecuencia de esto es que al obrero s\u00f3lo le corresponde lo estrictamente necesario, los medios de sustento indispensables, mientras que la mayor parte del producto se distribuye entre el capital y la propiedad territorial. Adem\u00e1s, el obrero m\u00e1s fuerte desplaza del mercado al m\u00e1s d\u00e9bil, el mayor capital al menor y la propiedad de la tierra m\u00e1s extensa a la m\u00e1s reducida. La pr\u00e1ctica se encarga de confirmar esta conclusi\u00f3n. Nadie ignora las ventajas que el industrial o el comerciante m\u00e1s poderoso tiene sobre el m\u00e1s d\u00e9bil, o el gran propietario de tierras sobre el poseedor de una peque\u00f1a parcela. Consecuencia de ello es que, ya en las condiciones normales, el gran capital y la gran propiedad de la tierra devoran, seg\u00fan el derecho del m\u00e1s fuerte, a los peque\u00f1os: la concentraci\u00f3n de la propiedad. Concentraci\u00f3n que es a\u00fan mucho m\u00e1s r\u00e1pida en las crisis comerciales y agr\u00edcolas. La gran propiedad crece siempre mucho m\u00e1s aprisa que la peque\u00f1a, porque s\u00f3lo necesita descontar una parte mucho menor en concepto de gastos. Esa concentraci\u00f3n de la propiedad es una ley inmanente a la propiedad privada, como lo son todas las dem\u00e1s; <em>las clases medias tienden necesariamente a desaparecer<\/em>, hasta que llegue un momento en que el mundo se halle dividido <em>en millonarios y pobres, en grandes terratenientes y m\u00edseros jornaleros<\/em>. Y de nada servir\u00e1n todas las leyes encaminadas a evitarlo, todas las divisiones de la propiedad territorial, todas las posibles desmembraciones del capital: este resultado tiene que producirse y se producir\u00e1, a menos que le salga al paso una total transformaci\u00f3n de las relaciones sociales, la fusi\u00f3n de los intereses antag\u00f3nicos, la abolici\u00f3n de la propiedad privada.<\/p>\n<p>La libre competencia, ese t\u00f3pico cardinal de los economistas de nuestros d\u00edas, es imposible. Por lo menos el monopolio se propon\u00eda, aunque el prop\u00f3sito fuera irrealizable, proteger de fraudes al consumidor. La abolici\u00f3n del monopolio abre las puertas de par en par al fraude. Dec\u00eds que la concurrencia lleva en s\u00ed el remedio contra el fraude, ya que nadie comprar\u00e1 cosas malas \u2013lo que quiere decir que todo comprador tendr\u00eda que ser un conocedor perfecto de los art\u00edculos que se le ofrecen, cosa imposible\u2013 de ah\u00ed la necesidad del monopolio, que se hace valer con respecto a muchos art\u00edculos. Las farmacias, etc., tienen necesariamente que funcionar sobre bases monopolistas. Y el art\u00edculo m\u00e1s importante de todos, el dinero, es precisamente el que m\u00e1s necesita acogerse al r\u00e9gimen de monopolio. El medio circulante ha provocado una crisis comercial cuantas veces ha dejado de ser monopolio del estado, y los economistas ingleses, entre otros el Dr. Wade, reconocen tambi\u00e9n la necesidad del monopolio en cuanto al dinero. Pero tampoco el monopolio garantiza contra la circulaci\u00f3n de moneda falsa. De cualquier lado que nos volvamos, veremos que lo uno es tan dif\u00edcil como lo otro, que el monopolio engendra la libre competencia y \u00e9sta a su vez el monopolio; ambos deben, por lo tanto, ser destruidos, y estas dificultades s\u00f3lo pueden resolverse mediante la abolici\u00f3n del principio que las engendra.<\/p>\n<p>La competencia ha calado en todas las regiones de nuestra vida y ha llevado a t\u00e9rmino la servidumbre de unos hombres con respecto a otros. La competencia es el gran acicate que espolea constantemente nuestro viejo orden, o mejor dicho, desorden social, ya en declive, pero devorando en cada esfuerzo una parte de sus maltrechas fuerzas. La competencia domina el progreso num\u00e9rico de los hombres y gobierna tambi\u00e9n su progreso moral. Quien se halla ocupado un poco de la estad\u00edstica de los cr\u00edmenes, no puede por menos de haber advertido la curiosa regularidad con que la delincuencia progresa de a\u00f1o en a\u00f1o y con que ciertas causas engendran ciertos delitos. La expansi\u00f3n del sistema fabril conduce en todas partes a la multiplicaci\u00f3n de la delincuencia. Cabe determinar de antemano, todos los a\u00f1os, el n\u00famero de detenciones, de procesos criminales y hasta de asesinatos, robos, peque\u00f1os hurtos, etc., con la misma certera precisi\u00f3n con que en Inglaterra se ha hecho m\u00e1s de una vez. Esta regularidad demuestra que tambi\u00e9n los delitos se rigen por la ley de la competencia, que la sociedad provoca una demanda de delincuentes a la que da satisfacci\u00f3n la correspondiente oferta, que el vac\u00edo que se abre con la detenci\u00f3n, la deportaci\u00f3n o la ejecuci\u00f3n de cierto n\u00famero de criminales se cubre inmediatamente con una nueva promoci\u00f3n, ni m\u00e1s ni menos que cualquier vac\u00edo producido en la poblaci\u00f3n se cubre con una nueva hornada; o, dicho en otras palabras, que el delito presiona sobre los medios punitivos lo mismo que presionan los pueblos sobre los medios de ocupaci\u00f3n. Y dejo al buen juicio de mis lectores el opinar si, en tales condiciones, es realmente justo condenar a quienes delinquen. Lo que a m\u00ed me interesa es, sencillamente, poner de relieve c\u00f3mo la competencia se hace tambi\u00e9n extensiva al campo moral, y mostrar a qu\u00e9 profunda degradaci\u00f3n condena al hombre la propiedad privada.<\/p>\n<p>En la lucha del capital y la tierra contra el trabajo, los dos primeros elementos le llevan a \u00e9ste todav\u00eda una ventaja especial: el auxilio de la ciencia, que en las condiciones actuales va tambi\u00e9n dirigida en contra del trabajo. Por ejemplo, casi todos los inventos mec\u00e1nicos deben su origen a la escasez de mano de obra como ocurre fundamentalmente con el artefacto mec\u00e1nico inventado por Hargreaves, Crompton y Arkwright<strong><a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\"> [12]<\/a><\/strong>. De la necesidad de esforzarse por encontrar trabajo ha surgido siempre un invento, lo cual ha venido a ser una especie de considerable multiplicaci\u00f3n de la mano de obra y consecuente disminuci\u00f3n de la demanda de trabajo humano. De ello tenemos un ejemplo constante en la historia de Inglaterra desde 1770 hasta nuestros d\u00edas. El \u00faltimo invento importante de la industria de tejidos de algod\u00f3n, el s<em>elf-acting mule<\/em><strong><a href=\"#_ftn2\" name=\"_ftnref2\"> [13]<\/a> <\/strong>fue causado \u00fanica y exclusivamente por el aumento de la demanda de trabajo y el alza de los salarios; dicho invento ha venido a duplicar el trabajo maquinizado, reduciendo as\u00ed el trabajo manual a la mitad, dejando sin trabajo a la mitad de los obreros y presionando as\u00ed el salario de la otra mitad; este invento logr\u00f3 aplastar una conspiraci\u00f3n de los obreros contra los fabricantes y acab\u00f3 de este modo con el \u00faltimo vestigio de fuerza con que todav\u00eda pod\u00eda enfrentarse el trabajo a la desigual lucha contra el capital (cfr. Andrew Ure, The Philosophy of Manufactures, tomo II <strong><a href=\"#_ftn3\" name=\"_ftnref3\">[14]<\/a><\/strong>).<\/p>\n<h6><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\"><strong>[12]<\/strong><\/a> James Hargreaves, muerto en 1778, fue el inventor de una m\u00e1quina para hilar llamada \u00abJenny\u00bb; otra hiladora fue inventada por Samuel Crompton (1753-1827); el industrial Richard Arkwright (1732- 1792) fabric\u00f3 numerosos tipos de telares mec\u00e1nicos.<\/h6>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref2\" name=\"_ftn2\">[13]<\/a> <\/strong>La <em>self-acting mule<\/em> es una m\u00e1quina autom\u00e1tica para hilar.<\/h6>\n<h6><strong><a href=\"#_ftnref3\" name=\"_ftn3\">[14]<\/a> <\/strong>Andrew Ure (1778-1857), qu\u00edmico escoc\u00e9s, autor de <em>The Philosophy of Manufactures<\/em>, 1835.<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El economista dice: es verdad que, en \u00faltima instancia, la m\u00e1quina favorece al obrero, ya que abarata la producci\u00f3n, abriendo con ello un mercado nuevo y m\u00e1s extenso para sus productos, lo que a la postre hace que los obreros, en principio desalojados, vuelvan a encontrar trabajo. Esto es cierto, pero el economista se olvida de una cosa, y es que la creaci\u00f3n de mano de obra se regula siempre por la competencia, y que la mano de obra presiona siempre sobre los medios de ocupaci\u00f3n, y que, por lo tanto, para que esos beneficios se produzcan, tiene que haber a su vez gran n\u00famero de obreros aguardando trabajo, lo cual contrarresta y convierte en ilusorios dichos beneficios, al paso que los perjuicios, es decir, la repentina supresi\u00f3n de medios de sustento para la mitad de los obreros y la reducci\u00f3n para la otra mitad, no tiene nada de ilusorio. Olvida que el progreso de los inventos jam\u00e1s se detiene, de forma que esos perjuicios se eternizan. Olvida que, con la divisi\u00f3n del trabajo llevada a un grado tan alto por nuestra civilizaci\u00f3n, un obrero s\u00f3lo puede vivir a condici\u00f3n de poder trabajar en una m\u00e1quina determinada, al mismo tiempo que ejecuta una determinada y m\u00ednima operaci\u00f3n. Olvida que, para el obrero adulto, el paso de una ocupaci\u00f3n a otra nueva resulta casi siempre una cosa imposible.<\/p>\n<p>Al fijarme en los efectos de la maquinaria se me ocurre otro tema algo m\u00e1s apartado. Me refiero al sistema fabril, el cual no tengo tiempo ni ganas de tratar aqu\u00ed. Por otra parte, no tardar\u00e9 en tener ocasi\u00f3n de desarrollar despacio la repugnante inmoralidad de dicho sistema y poner de manifiesto sin ning\u00fan miramiento la hipocres\u00eda de los economistas, que brilla aqu\u00ed en todo su esplendor.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>* El presente texto tiene su fuente de origen en Marx, Karl, Arnold Ruge, <em>Los anales franco-alemanes<\/em>, Ediciones Mart\u00ednez Roca, 1970. La traducci\u00f3n para la edici\u00f3n referida ha sido responsabilidad de J.M. Bravo. La versi\u00f3n publicada ha sido revisada editorialmente por <em>El Machete<\/em>. Este ensayo de Engels fue escrito a fines de 1843 y publicado en los <em>Anales Franco-Alemanes<\/em>, Par\u00eds, 1844.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ensayo de Friedrich Engels, escrito en 1843 y publicado en 1844. 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