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Aquellos culpables

Migración: qué palabra tan compleja, dolorosa y llena de significados. Se han escrito tantas teorías y se han establecido protocolos, normas, leyes y tratados internacionales para evitar el abuso de los derechos y proteger la dignidad de las personas, cuando, en realidad, su aplicación ofrece otro panorama: uno cruel y desolador. Es tan complejo el panorama que existen personas que redactan estos protocolos sin vivir esta terrible historia. Ante la falta de humanidad y de conciencia, deberíamos hacernos la siguiente pregunta: ¿pero quién puede escribir o hacer una ley de este tipo si no lo ha vivido en carne propia?

Muchos países abren automáticamente el debate sobre la migración y expresan que se debe controlar, evitar que los hijos de migrantes nazcan en su territorio e incluso frenar leyes para que, en un determinado tiempo, los inmigrantes puedan tener acceso a servicios tan básicos como el derecho a la salud, sin hablar de la remuneración justa de su salario y de las condiciones tan precarias en las que una persona puede habitar. Es absolutamente inmoral cómo estos países olvidan la dignidad y exigen que a sus ciudadanos, en otras latitudes del mundo, se les trate como príncipes, reclamando todas las facilidades para que estos puedan vivir.

Desde la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos, se ha intensificado un discurso de odio hacia los migrantes que impacta de manera brutal en la mente de quienes lo compran, llegando incluso a países que no tienen el desarrollo económico del vecino del norte. En este sentido, resulta nulo y desaprobatorio un discurso que señala a los migrantes como los provocadores de una catástrofe social, cuyo resultado es que los ciudadanos lleguen a matar a los migrantes.

En las últimas semanas, en Europa se han intensificado las protestas sociales por los cambios en los derechos de los ciudadanos, la débil economía mundial, el fracaso de las políticas monetarias y el juego de subir, bajar y controlar los tipos cambiarios por parte de Estados Unidos, lo que provoca una crisis y una devaluación de la vida en los países. ¿Qué camino queda? Salir a protestar y pedir mejores condiciones de vida. ¿El resultado? Protestas que tienen todo el sentido, marcadas por el hartazgo, ante un gobierno que no tolera y busca culpables: los extranjeros pobres.

Sí, ellos son los culpables, porque los «ciudadanos buenos» se dedican a trabajar y a discriminar por el mundo a los habitantes de otros países. En México, durante las últimas semanas, hemos sido testigos de escenarios en los cuales los extranjeros han incitado al odio y a la discriminación contra trabajadores y ciudadanos de a pie. El resultado es un odio injustificado por el color de piel, la lengua e incluso el trabajo que desempeña una persona. Esto también es, en gran medida, resultado de la gentrificación, que provoca el encarecimiento de las ciudades. El discurso siempre será el mismo: los inmigrantes son los culpables, aquellos que no tienen visibilidad ante la ley, mientras que los buenos son quienes discriminan. Ellos sí no son los culpables.

 

 

Escrito:Francisco Flores Hernández