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Reseña: Hasta mañana, camaradas

Manuel Tiago (Álvaro Cunhal)

 Eber Chagolla

Esta novela, escrita en la clandestinidad —y sobre la clandestinidad— por el dirigente portugués Álvaro Cunhal bajo el seudónimo de Manuel Tiago, tiene, como toda buena narrativa, diferentes capas de análisis.

La dimensión política

En primer término, Hasta mañana, camaradas puede leerse como la narración concreta del funcionamiento de una organización revolucionaria clandestina bajo una dictadura fascista y de la manera en que esta se va construyendo entre la población. En términos generales, es una novela sobre cómo se construye un Partido Comunista.

Un grupo de revolucionarios profesionales llega a una región obrera y campesina del Portugal del Estado Novo y, mediante un trabajo paciente e intenso de organización, consigue construir una red de militantes. Estos, a su vez, logran encauzar las luchas de la población al organizar núcleos en fábricas y comunidades. Este proceso de acumulación de fuerzas desemboca finalmente en una huelga masiva que consigue importantes victorias, pero que también expone las deficiencias de la organización y de algunos de sus cuadros.

La represión posterior, sumada a esas deficiencias y a la presencia de traidores, conduce al encarcelamiento, la tortura y la muerte de varios dirigentes locales. Sin embargo, la propia estructura clandestina del Partido y la actuación de los cuadros que consiguen escapar de la policía fascista permiten que la organización sobreviva a la catástrofe. No sin enormes dificultades, logran rescatar buena parte del trabajo realizado antes de la huelga y aprovechar el impulso generado para reconstruir la organización y restablecer finalmente el vínculo con el Comité Central.

En segundo término, la novela puede leerse como un conjunto de experiencias militantes que, salvando las distancias históricas y las condiciones particularmente represivas en que se desarrolla la historia, contienen enseñanzas trasladables a otras circunstancias: la necesidad de que un dirigente conozca a sus cuadros y sepa trabajar con ellos; la vigilancia revolucionaria; la disciplina partidaria; el centralismo democrático; la formación de nuevos militantes y la necesidad de conservar una estructura capaz de resistir incluso cuando algunos de sus miembros caen. Son problemas que trascienden las circunstancias particulares de la clandestinidad portuguesa y constituyen lecciones de gran utilidad para el movimiento revolucionario.

En tercer término, se encuentra en la obra una lección sobre la dialéctica de la lucha revolucionaria: victoria y derrota no aparecen como términos absolutos. Un éxito inmediato puede contener las condiciones de un fracaso posterior, del mismo modo que una derrota puede producir las condiciones para nuevos avances. La huelga triunfa en sus reivindicaciones inmediatas y produce un importante crecimiento de la lucha y de la militancia; pero, al mismo tiempo, expone las debilidades del Partido y facilita una represión que amenaza con destruir el trabajo de años. La represión, a su vez, golpea duramente a la organización, pero no puede borrar la experiencia adquirida ni las transformaciones producidas entre los trabajadores.

La organización que emerge de la crisis no puede ser exactamente la misma que existía antes de ella: ha sufrido pérdidas, pero también ha adquirido experiencia; ha revelado sus deficiencias, pero ha puesto a prueba la capacidad de sus cuadros. El éxito contiene elementos de la derrota y la derrota conserva elementos de la victoria. Cada etapa transforma las condiciones en que habrá de desarrollarse la siguiente lucha.

La dimensión humana

Cunhal no presenta a los militantes comunistas como héroes abstractos ni como seres desprovistos de contradicciones. Son personas que luchan y se entregan al ideal emancipador del socialismo-comunismo, pero que no por ello dejan de tener miedo, cometer errores, sentir afectos, padecer dolores o mostrar debilidades. Ni siquiera los comunistas constituyen en su conjunto una especie de «material humano fantástico».

Y, sin embargo, es precisamente dentro de esa humanidad —y muchas veces gracias a ella— donde puede comprenderse la verdadera dimensión de sus actos. Hay dirigentes capaces de realizar los enormes esfuerzos que exige la construcción del Partido; cuadros que consiguen elevarse por encima de sus propias limitaciones cuando deben afrontar una crisis; militantes que soportan las más terribles torturas antes que entregar a sus camaradas; hombres y mujeres que arriesgan la vida por personas a las que apenas conocen; o un padre que, tras perder a su hija en medio de la lucha, debe encontrar la fuerza para continuar a pesar del dolor.

El heroísmo que presenta la novela no consiste, por tanto, en la ausencia de miedo, debilidad o sufrimiento. No son personas extraordinarias porque carezcan de las limitaciones de los demás, sino porque, en determinadas circunstancias, son capaces de actuar por encima de ellas.

Aquí las dimensiones política y humana terminan encontrándose. El Partido forma a sus militantes mediante la experiencia, la disciplina, la responsabilidad y la lucha; pero no existe al margen de ellos. Son esos mismos militantes, con sus virtudes y sus defectos, quienes lo construyen, lo sostienen y, en ocasiones, ponen en peligro su existencia. El Partido transforma a las personas al mismo tiempo que las personas construyen y transforman al Partido.

Esta dimensión humana tampoco se limita a los militantes. La clase trabajadora que aparece en la novela, pese a la distancia histórica, no resulta ajena para un trabajador de nuestro tiempo. Sus condiciones concretas han cambiado y no pueden equipararse sin más la dictadura del Estado Novo y una democracia burguesa contemporánea. Sin embargo, permanecen reconocibles muchas de las contradicciones que originan sus luchas: la explotación, la precariedad, la subordinación laboral y el conflicto entre quienes poseen los medios de producción y quienes necesitan vender su fuerza de trabajo para vivir. Las formas políticas cambian, pero permanece como fundamento el modo de producción capitalista y, con él, la contradicción entre capital y trabajo.

La dimensión literaria y pedagógica

Una tercera capa de análisis se encuentra en el carácter literario y, al mismo tiempo, pedagógico de la obra. En la escritura de Cunhal se reconoce la vocación de quien fue durante buena parte de su vida no solo un dirigente, sino también un formador de militantes.

En este sentido, resulta natural establecer una relación entre Hasta mañana, camaradas —publicada en 1974 bajo el seudónimo de Manuel Tiago, identidad que Cunhal no reconocería públicamente como propia hasta 1994— y otros de sus textos mas conocidos como puede ser El Partido con paredes de cristal (1985). No porque la primera deba entenderse simplemente como la versión novelada de las tesis que Cunhal desarrollaría posteriormente en su obra política siendo importante además distinguir que ambos textos responden a momentos históricos muy diferentes que deben estudiarse cuidadosamente, sino porque en ambas se reconoce una misma preocupación: transmitir la experiencia acumulada en décadas de organización y lucha del Partido Comunista Portugués.

Esto no convierte a la obra en un manual de organización disfrazado de novela. Por el contrario, es precisamente su condición narrativa la que permite a Cunhal explorar aquello que un texto estrictamente teórico difícilmente podría mostrar de la misma manera.

La propia historia del libro añade una dimensión particular a esta lectura. Cunhal escribió la novela bajo seudónimo y mantuvo en secreto su autoría durante años. De este modo, una obra escrita en la clandestinidad y acerca de la clandestinidad permaneció, en cierto sentido, clandestina incluso después de que su autor dejara de estarlo.

 

Conclusión

Para un militante en formación que, como es mi caso, gusta también de la literatura, la lectura de Hasta mañana, camaradasrepresenta un paso importante en un itinerario que, en buena medida, comenzó para mí con novelas más contemporáneas, como los Episodios de una guerra interminable, de Almudena Grandes.

Hay entre ambas experiencias de lectura un contrapunto que me resulta especialmente significativo. En las novelas de Almudena conocí ante todo a los comunistas como seres humanos: sus convicciones, sus sacrificios, sus contradicciones, sus derrotas y la manera en que la militancia atravesaba sus vidas. En Cunhal, en cambio, entré de lleno en la vida del Partido: en su construcción cotidiana, en sus problemas organizativos, en las relaciones entre sus cuadros y militantes, en sus errores y en el trabajo paciente mediante el cual una organización revolucionaria intenta echar raíces entre la clase trabajadora.

Si Almudena me habló de cómo eran los militantes y, posiblemente sin proponérselo, contribuyó a convencerme de ser uno de ellos, Cunhal me habla de cómo ser militante y de qué es lo que hace un militante: construye Partido.

Por eso, más allá de sus méritos estrictamente literarios y de la enorme distancia que separa nuestras circunstancias de aquellas en que transcurre la novela, considero Hasta mañana, camaradas una lectura de enorme valor para la formación de un militante comunista. No porque pueda ofrecernos respuestas mecánicas para problemas distintos de aquellos que enfrentaron sus personajes, sino porque permite acercarnos a la vida partidaria, al trabajo de organización y a la responsabilidad de dirigir y formar a otros militantes.

Después de todo, las circunstancias cambian, las formas de lucha se transforman y cada generación debe encontrar respuestas para sus propios problemas. Pero la tarea fundamental que atraviesa toda la novela permanece: organizar, formar, aprender de la experiencia y construir Partido.

 

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