Kollontai: vivir la revolución
Kollontai: vivir la revolución
Cristina Espitia
En 1917, el pueblo ruso se levantó contra siglos de miseria y dominación. Obreros, campesinos y soldados tomaron su destino en las manos, y entre ellos, las mujeres fueron el corazón de la revuelta. Fueron ellas quienes salieron primero a las calles, cansadas del hambre, la guerra y el silencio impuesto. Con su coraje, encendieron la chispa del Gran Octubre, demostrando que la revolución también tenía rostro femenino y que el socialismo no solo debía liberar al obrero, sino también a la obrera a la mujer.
Entre aquellas que rompieron el silencio, una figura se alzó con voz firme: Aleksandra Kollontái. Nació en 1872 en San Petersburgo, hija de un general zarista y de una familia acomodada, desde muy joven comprendió que la desigualdad no era un destino, sino una injusticia que debía romperse. Mientras muchos de su clase se aferraban a los privilegios del poder, ella eligió el camino opuesto: el de la rebeldía y la conciencia.
Educada dentro de un ambiente cosmopolita, hablaba varios idiomas y conocía de cerca las contradicciones de Europa; esa formación la llevó a abrazar el marxismo.
Kollontái desafió las normas, los prejuicios y los límites impuestos a las mujeres de su tiempo. Fue bolchevique, revolucionaria y una de las primeras mujeres en ocupar un cargo en el gobierno soviético tras la Revolución de Octubre.
Exigió que la revolución también liberara a las mujeres del trabajo doméstico y de la dependencia económica. Fundó el Zhenotdel, una organización pionera que abrió guarderías, impulsó el derecho al divorcio y promovió la igualdad dentro y fuera de las fábricas, fue un faro para miles de mujeres que por primera vez vieron en el socialismo una promesa de libertad.
Su rebeldía empezó en casa. Rechazó los matrimonios por conveniencia, defendió su derecho a elegir el amor y la maternidad, y cuando el ambiente aristocrático se volvió asfixiante, se fue. En los barrios obreros encontró su causa. De ellas aprendió la fuerza de la organización y el valor de la solidaridad. Desde entonces, su lucha fue una sola: la emancipación del ser humano y de la mujer para llegar a la Revolución.
En 1917, cuando el pueblo ruso decidió romper las cadenas del zarismo, Kollontái estuvo ahí, hombro a hombro con obreros y campesinos. Fue una de las pocas mujeres que ocuparon un lugar en el nuevo gobierno bolchevique y la primera en el mundo en asumir un cargo ministerial.
Kollontái sabía que la revolución no podía limitarse a tomar el poder; debía transformar también los sentimientos, los cuerpos y las relaciones humanas. Defendió el amor libre y la autonomía femenina con la misma pasión con la que criticaba al capitalismo. Para ella, la verdadera revolución era aquella que liberara a las mujeres del yugo de la dependencia y del peso del sacrificio silencioso. Esa postura le trajo conflictos dentro del propio partido, pero jamás se rindió.
Durante su exilio, Aleksandra Kollontai vivió en varios países de Europa y en Estados Unidos, siempre comprometida con la causa obrera. En Alemania se unió al Partido Socialdemócrata junto a Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin, con quien ya había coincidido en 1907, cuando representó a Rusia en la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas.
Cuando Alexandra Kollontai llegó a México en 1926, traía en la mirada el fuego de la Revolución rusa. Fue la primera mujer en ocupar una embajada en nuestro país, algo impensable para su tiempo. Desde su cargo, buscó acercar a dos pueblos que conocían bien el sabor de la lucha: el ruso y el mexicano.
Impulsó el diálogo, promovió el intercambio cultural y defendió la justicia social. A pesar de la desconfianza de la prensa y la sombra del espionaje extranjero, Kollontai se mantuvo firme, convencida de que su papel era tender puentes y demostrar que la diplomacia también podía ser un acto revolucionario.
Pero lo que más la marcó fue el pueblo mexicano. En sus cartas y apuntes escribió sobre la calidez de la gente, la fuerza de las mujeres y el espíritu rebelde que encontraba en cada rincón. “Decía que en México veía los mismos sueños que habían encendido a Rusia: hambre de igualdad, esperanza y coraje”. Su paso por nuestro país fue corto, pero dejó huella. Y aunque los años la llevaron lejos, su nombre quedó grabado como el de una mujer que rompió muros.
Su vida fue larga y compleja. Pasó por el exilio, las rupturas, la soledad y la incomprensión, pero nunca perdió la fe en el poder transformador del pueblo. Murió en 1952, viendo cómo el mundo se debatía entre guerras y esperanzas, pero su legado sigue latiendo.
Hoy, Aleksandra Kollontái no es solo un nombre en los libros de historia. Es símbolo de una lucha que aún no termina. Representa la voz de las mujeres que no se resignan, la certeza de que ninguna revolución es verdadera si deja atrás a la mitad del pueblo. Su vida nos recuerda que la libertad no se hereda: se conquista.

