El espectáculo no tambalea al poder

Por: Neftalí Ricardo
Este texto no pretende evaluar el rating del Super Bowl ni compararlo con ediciones anteriores. Tampoco es una valoración estética sobre la música de Bad Bunny ni un juicio sobre su calidad artística. No se discute aquí el talento ni el espectáculo como mercancía cultural. El objetivo es otro, cuestionar las interpretaciones políticas que se han construido alrededor de este fenómeno y que, bajo una apariencia crítica, terminan desarmando cualquier lectura material del poder.
Se ha insistido en que la presencia de Bad Bunny en el escenario más poderoso de la industria cultural estadounidense constituye una disputa de hegemonía; que cantar en español, incomodar a sectores conservadores o representar identidades latinas equivale a desafiar al poder dominante. Esta lectura invierte el orden de la realidad. La visibilidad no es poder, la representación no es dominio, el escenario no es el lugar donde se decide nada.
La producción de ideas, símbolos y discursos no ocurre en el vacío. Está desde su origen entrelazada con la actividad material, con la forma en que se produce y se intercambia la riqueza. Por eso los discursos que circulan como ruptura no pueden separarse de quienes controlan los recursos que las hacen posibles. Las ideas no empujan la realidad más allá de sus límites materiales. A lo sumo, la describen, la adornan o la justifican.
La industria cultural, y en particular la industria musical, no trabaja con artistas, trabaja con marcas. Cada figura es producida como un objeto de mercado, con una imagen diseñada para públicos específicos y segmentos de consumo bien delimitados. La imagen de lo disruptivo, lo rebelde o lo incómodo no brota desde abajo, se fabrica desde arriba. No para erosionar al capital, sino para renovarlo, ampliarlo y hacerlo circular con nuevos lenguajes.
Nadie aparece en el Super Bowl por su capacidad de confrontar a la clase dominante. Aparece porque genera valor. Detrás de cada presentación hay decisiones económicas tomadas por monopolios, corporaciones, patrocinadores y consorcios mediáticos que concentran la capacidad de decidir qué se muestra, cuándo se muestra y bajo qué condiciones. Ahí se ejerce el poder. No en el gesto cultural, sino en el control de esas decisiones.
La cultura y el arte son una de las formas que adopta la dominación de clase y no puede existir sin la base económica que la sostiene. Por eso el arte puede ser absorbido reciclado y puesto a funcionar sin dificultad mientras no cuestione quién manda sobre la producción material. El capital no se siente amenazado por símbolos, los administra.
La imagen del artista contestatario cumple una función precisa. Desplaza la atención del conflicto real, ofrece catarsis en lugar de organización, emoción en lugar de acción. Produce satisfacción mientras la vida material sigue gobernada por las mismas relaciones de producción. El espectáculo absorbe la crítica y la devuelve vaciada de contenido y de consecuencias.
El error no está en el artista, está en creer que el poder se tambalea cuando el capital se aplaude a sí mismo en su escenario más rentable. Mientras las decisiones económicas sigan en manos de la burguesía, mientras el Estado siga funcionando a su servicio, ninguna victoria cultural pasará de ser un episodio decorativo por mucho que los más sectores más reaccionarios de la burguesía se incomoden.
El centro de esta discusión no está en la figura del artista, ni en su voluntad individual, ni en la puesta en escena. El problema no es Bad Bunny. El problema es qué hacemos nosotros con lo que vemos y cómo interpretamos el poder. ¿Es suficiente que un artista, previamente construido por la industria, se presente en un escenario para representar nuestra identidad? ¿Basta con disputar símbolos, escenarios y espacios culturales para transformar la realidad material que sostiene la dominación capitalista y la explotación cotidiana de millones de trabajadores y trabajadoras?
Disputar lo simbólico puede producir debate, ruido, sensación de movimiento. Pero el poder no se define ahí. El poder no se ejerce en el aplauso ni en la polémica mediática. Se ejerce en los lugares donde se toman decisiones económicas y políticas. Mientras discutimos en redes sociales, en columnas de opinión o en revistas digitales si un espectáculo fue disruptivo, el poder permanece intacto, administrando recursos, firmando contratos y contando billetes. El escenario brilla, el capital se reproduce.
Este fenómeno tiene al menos una virtud: pone sobre la mesa la discusión sobre el poder. Pero también expone una trampa: confundir visibilidad con fuerza; representación con control; presencia con conquista. Un escenario no hace tambalear al poder, el poder se tambalea cuando se disputa, cuando se organiza la clase trabajadora, cuando se toman los espacios donde se decide qué se produce, cómo se produce y para quién.
El arte tiene un papel importante, pero no es el de disputar una hegemonía cultural en abstracto. Su potencia está en transmitir ideas, procesos organizativos, en reflejar la vida material de la clase trabajadora, su forma de ver la belleza, la tristeza, la rabia, la esperanza. El arte no es neutral ni apolítico, siempre refleja una parte de la realidad. Y esa parte corresponde a una clase social o a un sector de ella.
En ese sentido, la presencia de artistas latinos en el Super Bowl no puede leerse como una conquista de los latinos en su conjunto. A lo sumo, puede entenderse como una conquista de una fracción de la burguesía latina. Y para la clase trabajadora, sea latina o no, eso es irrelevante. No importa el origen de quien explota, lo que importa es que la explotación sigue ocurriendo. El capital, tenga el rostro que tenga, extrae vida, tiempo y fuerza de trabajo para acumular más y más ganancias, a costa de la explotación de millones de trabajadores, sin importar su nacionalidad.
