La próxima crisis
Salvador Covarrubias
Marx escribía en el Tomo I de El Capital que el capital es trabajo muerto que, como un vampiro, solo revive chupando trabajo vivo, y vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa. Hoy, en 2025, el Silicon Valley nos vende la Inteligencia Artificial como un espíritu etéreo, una “superinteligencia” mística. Pero si rasgamos el velo de la fetichización de la mercancía, lo que encontramos no es magia: es una acumulación grotesca de capital constante que se está asfixiando bajo su propio peso. Lo que los analistas financieros llaman hoy “burbuja de la IA”, el materialismo dialéctico lo identifica con precisión quirúrgica: una crisis clásica de sobreproducción y sobreacumulación. Para entender la crisis actual, debemos volver a la fórmula básica del valor de la mercancía: $M = c + v + pv$ (Capital Constante + Capital Variable + Plusvalía). En la industria de la IA actual, hemos visto una explosión obscena de $c$ (Capital Constante). Las empresas han invertido cerca de 600.000 millones de dólares en infraestructura: data centers, GPUs de Nvidia (medios de trabajo) y energía (materias auxiliares). Sin embargo, el $v$ (trabajo vivo, la única fuente real de valor nuevo según Marx) se reduce proporcionalmente en este esquema. La Composición Orgánica del Capital ($c/v$) se ha disparado. Según los datos de Goldman Sachs y Sequoia, la industria ha construido una maquinaria titánica (“fábricas de tokens”) que requiere generar 600.000 millones en ingresos anuales solo para justificar la inversión. La realidad es que apenas roza los 100.000 millones. Aquí se cumple la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Al aumentar desproporcionadamente la masa de máquinas (GPUs) respecto a la fuerza de trabajo que las opera, la capacidad de extraer plusvalía por unidad de capital invertido se desploma. Han construido catedrales de silicio que no pueden valorizarse.
Marta Harnecker, en sus Conceptos Elementales del Materialismo Histórico, nos recuerda que las relaciones de producción deben corresponder al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Hoy, las fuerzas productivas de la IA (la capacidad de generar texto, código e imagen) han superado con creces la capacidad del mercado para absorberlas. El dato de que el 85-95% de los proyectos de IA fracasan o no pasan de la fase piloto es la manifestación empírica de una crisis de realización. La mercancía “inteligencia artificial” se ha producido en masa, pero no logra realizar su valor en el mercado (la metamorfosis M-D, Mercancía-Dinero, se interrumpe). ¿Por qué? Porque el valor de uso prometido no compensa el valor de cambio exigido para cubrir los costos de la inmensa infraestructura. Estamos ante una masa de capital que “sobra”, no porque la sociedad no pueda usarla, sino porque no puede usarla generando la tasa de ganancia que el capitalista exige.
Marx fue profético en el capítulo sobre la Ley General de la Acumulación Capitalista: la competencia y el crédito son las palancas de la centralización. Lo que estamos viendo con empresas como Inflection AI, Adept o Stability AI no es una simple quiebra; es el proceso violento de centralización. Estas empresas medianas, incapaces de sostener la inversión en capital constante (entrenar modelos cada vez más grandes), son devoradas por los grandes monopolios (Microsoft, Amazon, Google). El caso de Microsoft absorbiendo al equipo de Inflection por 650 millones de dólares es la ilustración perfecta de cómo el capital grande expropia al pequeño. No compran la empresa para mantenerla viva; compran el “trabajo vivo” cualificado (los ingenieros) y descartan el “trabajo muerto” obsoleto. El sistema purga el exceso de capital destruyendo a los competidores más débiles para intentar restaurar la rentabilidad de los supervivientes. La crisis de la IA en 2025 reafirma que el capitalismo no puede escapar de sus propias leyes de gravedad. No importa cuán avanzada sea la tecnología, si se inserta en relaciones de producción capitalistas, está condenada a ciclos de euforia y colapso.
La IA no nos está salvando del trabajo; está exacerbando las contradicciones del capital. Hemos creado una fuerza productiva inmensa que, bajo la propiedad privada, se convierte en una deuda impagable y en una herramienta de concentración de poder. Como diría Marx: “La producción capitalista no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción más que socavando al mismo tiempo los manantiales de toda riqueza”. La “burbuja” estallará, y de sus cenizas no surgirá una IA democrática, sino un oligopolio más férreo, a menos que cambiemos no solo el algoritmo, sino el modo de producción mismo. Nuestra eficiencia como partido de vanguardia tendrá una prueba de fuego en la crisis venidera. Una que, como todas las crisis, implicará la crisis de la pequeño-burguesía y la crisis del proletariado y, que como todas las crisis, verá el renacer de la ola roja proletaria. Pero, como todas las crisis, el renacer de la ola azul reaccionaria. Una tecnología basada en la abundancia, no es compatible con un sistema basado en la escasez artificial y por ende, es una bomba de tiempo.
