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La concepción materialista de la historia

Imagen. Friedrich Engels y Karl Marx.*
Autor, impreciso.

 

 

 

La concepción materialista de la historia**

 

 

Por Ernesto Schettino***

Como parte de la lucha anticomunista actual, secuela y continuación de la Guerra Fría, la ideología burguesa ha aprovechado la caída del sistema soviético para pregonar constantemente la muerte del comunismo [además de andar ‘matando’ a la Historia], haciendo especial hincapié en la descalificación del materialismo histórico como una forma periclitada del pensamiento; esto es, sigue ‘matando al muerto’. En el fondo, ese tipo de manifestaciones ideológicas lo que representan es un gran temor -por lo demás diríamos que bastante justificado- de un pronto renacimiento del pensamiento y movimiento comunistas (descartando las formas más prudentes y limitadas del socialismo), que nos hacen recordar la expresión de Marx de “un fantasma recorre al mundo, el fantasma del comunismo”. En realidad, estas actitudes hostiles muestran el núcleo vivo del sistema.

Por fortuna, en el plano teórico (aunque infortunado para la humanidad) la caída del sistema soviético y de su aparato político-ideológico a nivel internacional ha traído como consecuencia positiva la liberación, por lo menos temporal, de diversas perturbaciones ideológicas con origen en las prácticas políticas.

La concepción materialista de la historia o materialismo histórico nace con la redacción por parte de Carlos Marx y Federico Engels de La ideología alemana, si bien es producto de un proceso previo de maduración, sustentado, a su vez, en el desarrollo histórico no sólo de las denominadas por Lenin tres fuentes del marxismo: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica y el pensamiento socialista, sino del conjunto de la historia intelectual (por ejemplo: la Biblia, Aristóteles, Epicuro, el derecho romano, los historiadores franceses de la Restauración, etc.).

En general, podemos caracterizar al materialismo histórico como una teoría de la historia en el más estricto sentido del término, con la intención adicional no sólo de captar lo más adecuadamente posible el pasado humano, sino también con el propósito de servir de fundamento sólido para la práctica presente y contribuir a la transformación futura de la realidad histórico-social. Proyecto en buena parte contenido desde la famosa tesis XI sobre Feuerbach, destacando que no sólo se trata de conocer el mundo, sino de transformarlo. En este sentido el materialismo histórico tiene la pretensión, por una parte, de servir como marco científico para la historiografía, la economía política y demás ciencias sociales; y, por otra, como una guía igualmente teórica para la acción, una especie de tecnología histórico-social (fundamento para un ‘socialismo científico’), o, como prefieren llamarla algunos autores, una ‘ingeniería social’. Aunque están íntimamente vinculados, debe distinguirse estructuralmente el materialismo histórico como explicación científica de la historia, del socialismo científico como pretensión tecnológica para transformar la realidad y del marxismo como manifestación ideológica y política, ya que implican prácticas de diferente tipo y consecuencias distintas.

El materialismo histórico es una concepción crítica en el sentido más estricto y radical del término: cuestiona y se cuestiona a sí misma; fundamenta lo que afirma comprobando los asertos con base a pruebas empíricas (históricas) y demuestra con argumentaciones; explica consistentemente. A lo largo de su vida Marx insistirá en remachar este carácter desde el título mismo de sus obras, contrarrestando diversas manifestaciones de correligionarios y seguidores, aunque por diversas razones de la práctica política deba condescender con actitudes ideológicas de los mismos.

El materialismo histórico no es una filosofía de la historia, aunque asuma críticamente diversas tesis procedentes de la filosofía, declarando que su núcleo vivo radica en la lógica y la dialéctica. Marx delimita claramente su posición al respecto, señalando que los contenidos objetivos contenidos en aquélla quedan integrados en la ciencia.

Es una concepción objetiva, en cuanto que pretende explicar la realidad histórica a partir de ella misma y no de lo que piensan o se imaginan de ella sus actores, esto es, a partir de lo que es el hombre concreto y real, histórica y socialmente determinado, y no de lo que los hombres quisieran o pretenden ser; pero esto sin perder de vista a la propia subjetividad como fenómeno, concebido de manera objetiva a pesar de aparente paradoja [1]. No se pretende eliminar las manifestaciones denominadas espirituales, sino de explicarlas objetivamente: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”[2].

Es una concepción dialéctica, porque concibe la realidad histórica en constante movimiento y cambio [3], de una manera estructurada, determinada por la actividad fundamental del hombre, el trabajo, en sus relaciones mutuas; buscando siempre encontrar las relaciones y estructuras (formas) determinantes, basta elevarse a las 1eyes más generales de la sociedad y de la historia, pero sin perder nunca la riqueza de lo concreto, de modo que se sintetice lo abstracto y lo concreto, lo universal y lo particular, lo genérico y lo específico, el análisis y la síntesis, la unidad y la multiplicidad, etc.[4], rescatando mentalmente la vinculación entre los cambios cuantitativos y cualitativos; tratando de reproducir mentalmente la totalidad, a la vez que conservando el carácter concreto de los fenómenos; sin descuidar tampoco las contradicciones de la propia realidad, concibiéndolas en su unidad y lucha.

Podemos señalar como algunas de las tesis fundamentales que le dan cierta especificidad al materialismo histórico a las siguientes:

La esencial es concebir a la historia como la totalidad de los fenómenos específicamente humanos, los cuales estarían determinados por la propia actividad productiva del hombre, esto es por el trabajo. Ya en La Ideología alemana Marx y Engels resumían el contenido de la nueva concepción de la siguiente forma: “Esta concepción de la historia consiste, pues, en exponer el proceso real de producción, partiendo para ello de la producción material de la vida inmediata, y en concebir la forma de intercambio correspondiente a este modo de producción engendrada por él, es decir, la sociedad civil en sus diferentes fases como el fundamento de toda la historia, presentándola en su acción en cuanto Estado y explicando a base de él todos los diversos productos teóricos y formas de la conciencia, la religión, la filosofía, la moral, etc., así como estudiando a partir de esas premisas su proceso de nacimiento, lo que, naturalmente, permitirá exponer las cosas en su totalidad (y también por ello mismo, la interdependencia entre estos diversos aspectos).”

Así, la historia es concebida como una totalidad concreta en desarrollo de lo humano, en la cual lo determinante es el hombre mismo al producir su propia vida material mediante su actividad consciente destinada a generar valores de uso que satisfagan sus necesidades, acción en la cual el hombre va transformando a la naturaleza de acuerdo a sus fines, y, al mismo tiempo, se va transformando a sí mismo [5].

No se niega en absoluto la llamada vida espiritual (esto es las diversas manifestaciones del hombre más allá de su estado natural, incluyendo las ideas y prácticas religiosas, artísticas, mágicas, filosóficas, etc.), como pretenden algunos críticos; lo cual sería absurdo en principio, ya que el materialismo histórico parte del reconocimiento de todos los fenómenos histórico-sociales. Lo que se niega es que trasciendan a la propia práctica del hombre y que tengan un origen autónomo, sustantivo respecto del trabajo y al margen del mismo; se les concibe como manifestaciones producto del trabajo, de la actividad consciente encaminada a producir valores de uso, esto es, bienes que satisfagan las necesidades humanas cualesquiera que éstas sean, pero siempre teniendo como fundamento las básicas, ‘materiales’, como condición sine qua non, que van siendo determinadas por la propia producción de su vida material.

Es un error pensar que dicha producción de la vida material se trate y se reduzca a la pura materialidad natural, lo cual sería, en el mejor de los casos, expresión de un materialismo mecanicista o de una especie de ‘biologicismo’; como tampoco es correcto interpretarlo como una reducción a la ‘economía’, lo que constituiría un ‘economicismo’ ajeno a las tesis de Marx. Se refiere a la interacción del hombre como un sujeto específico (que no por ello deja de ser un ente natural, determinado como tal por la evolución biológica) con la naturaleza (que tampoco se concibe como una entidad ajena o extraña), mediante la cual aquél se apropia y adapta los productos de ésta para sus propios fines y necesidades crecientes [6] interacción en la que el hombre también se transforma y se modifica a sí mismo: sus actividades, su producción, sus representaciones mentales, sus consumos, sus medios y formas de comunicación, sus conductas, sus relaciones, sus productos, su apropiación, sus actitudes frente a la naturaleza, etc.

El materialismo histórico distingue entre las condiciones y las determinaciones materiales de existencia humanas, reconociendo la importancia de ambas, pero dándoles los papeles que realmente les corresponden en el proceso histórico. Las primeras (sobre todo se trataría de la existencia de seres humanos biológicamente determinados, con necesidades naturales de comer, beber, protegerse de las inclemencias del clima, etc. y el medio natural, con sus características “geológicas, oro-hidrográficas, climatológicas,” etc.), que si bien son indispensables para que se de la vida humana, no la determinan (como pretendían algunas corrientes de pensamiento), no explican lo específicamente humano. Tal determinación, tal explicación fundamental corresponde a la producción de la vida material por el hombre a través de su propio trabajo; a la generación de nuevas necesidades (tanto en el sentido de crearlas, como de modificar las existentes, sean de origen natural o ya generadas por el hombre) y, por consiguiente, nuevos trabajos y sus medios; a la reproducción social [7].

Es en el trabajo, en el proceso de trabajo, con sus fuerzas y medios, donde brotan los elementos que generan la vida espiritual: la subjetividad y la objetividad, el lenguaje específicamente humano, la comunicación como medio social, las representaciones mentales, la conciencia con sus formas y modos, la modificación y desarrollo de las formas de relación de los hombres entre sí, las estructuras de comunidad [substituyendo a la manada], el desarrollo del gusto y todos los demás principios reales y eficaces sobre los que monta lo que denominamos cultura y vida espiritual.

En el proceso de trabajo se realiza la forma básica y original de interacción del hombre como tal con la naturaleza. Por consiguiente, es la forma real en que el hombre se apropia de sus condiciones materiales de existencia, así como el núcleo fundamental de las relaciones con los demás hombres, esto es, la vida social. El resto de sus actividades, de sus prácticas, incluyendo muchas de origen natural, se van conformando o van surgiendo conforme al modelo de actividad consciente del trabajo.

El proceso de trabajo es una estructura dinámica que, a la vez, representa una condición sine qua non y la determinación fundamental de la vida específicamente humana, la fuerza determinante del desarrollo histórico. En él se sintetizan las capacidades del sujeto (la fuerza de trabajo, que es la que aplica el hombre social e históricamente determinado para cada trabajo) y del objeto (los medios de producción, constituidos por la naturaleza y sus materias que va transformando el hombre a través de trabajos sucesivos y acumulados), formando en su conjunto y relación activa las fuerzas productivas.

La fuerza de trabajo está integrada por los componentes que el hombre utiliza para trabajar: su corporeidad, su energía, sus funciones fisiológicas, sus representaciones mentales, sus funciones lógicas, sus conocimientos, sus técnicas, su voluntad, la organización para el trabajo, la comunicación entre los trabajadores. Los medios de producción son aquellos elementos relativamente externos al sujeto que requiere para trabajar: las materias primas (ya sea brutas o mediadas por trabajos pretéritos, incluyendo los energéticos), los instrumentos (que son la extensión de su corporeidad), el lugar de trabajo (no sólo el sitio inmediato donde se produce, sino también los contextos de infraestructura en que se da). Todos ellos son tales, fuerza de trabajo y medios de producción, sólo en la medida en que entran en un proceso de trabajo, que es el que les da sentido, los determina como tales. Y todos tienen un carácter histórico y social, que es lo que los caracteriza como progresivos, acumulativos, auto potenciales y dinámicos, generadores del desarrollo global.

Al producirse cada proceso de producción, se da simultánea y necesariamente un proceso de apropiación y de relaciones de trabajo acordes con aquél, que es lo que Marx denomina relaciones sociales de producción. No debe confundirse la apropiación con la propiedad privada, que es tan sólo una de sus formas, por demás tardía. Históricamente van apareciendo distintas formas de propiedad y posesión: comunales, gentilicias, gubernamentales, corporativas, familiares, privadas; todas ellas con una serie de modalidades específicas, acordes al desarrollo de las fuerzas productivas.

Existe una relación dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, en la que el desarrollo de las primeras determina la aparición de las formas de las segundas, pero una vez surgidas estas le dan su marco al desarrollo de aquéllas, que es lo que Marx denomina modo de producción. Debe quedar claro de inicio que, en todos los casos, se trata de productos históricos en múltiples y diferentes sentidos: primordialmente porque están generados y mediados por el trabajo que, como tal, como actividad específicamente humana, como actividad consciente encaminada a fines, es un producto humano; y, segundo, porque están en movimiento y cambio, constantes producidos y determinados en su forma específica por el propio trabajo.

En un famoso pasaje del Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, Marx sintetiza esta concepción, proponiendo precisamente la relación mencionada como eje al desarrollo global de la historia [8]:

“(…) en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella.” Y continúa algo más adelante: “Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de revolución por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua.”

Los modos de producción son el elemento básico para establecer la periodización histórica general y parcialmente las de tipo particular, ya que representan los aspectos determinantes del desarrollo: por un lado, el grado de dominio del hombre sobre la naturaleza y sobre la propia sociedad, expresado por el grado de avance del trabajo humano, así como de los medios y las prácticas determinadas por él; y, por otro lado, son la manifestación determinante de las relaciones sociales fundamentales, las de apropiación (tanto de los medios de producción como del producto y de los distintos aspectos de la propia fuerza de trabajo, incluyendo las técnicas y otros conocimientos) y las de organización de la producción (sobre todo las formas de la división social del trabajo).

En cuanto no existe en principio una escisión entre los distintos aspectos de la realidad histórico-social, sino, por lo contrario, una estrecha relación entre ellos basada precisamente el carácter determinante y condicionante (de hecho modelo y soporte) del trabajo sobre las demás prácticas (políticas, sociales, religiosas, morales, artística, etc.), es que se establece una red de relaciones y determinaciones que se integran en la totalidad, en la que se corresponden, formando así tipos culturales [V. gr. el modo de producción asiático, con formas dominantes de castas, el despotismo oriental, manifestaciones teocráticas, estructuras mítico-religiosas, religiones orientales de salvación, formas artísticas palaciegas altamente desarrolladas, formas ‘serviles’ de moral, etc.; o bien, el desarrollo de la fase manufactura del capitalismo, con el desarrollo de formas de monarquía absolutista, modalidades novedosas de clase social (como la nobleza cortesana y la nobleza aburguesada), el barroco en la literatura y las artes, la ideología contrarreformista, etc.].

A cada modo de producción corresponde pues una forma general, totalizada y totalizadora del conjunto de la vida social, política e intelectual, que recibe el nombre de formación económico-social.

Cada formación histórico-social determinada por los modos de producción desarrolla formas específicas de dinámica social y de estructuras dependientes que se montan sobre las de aquéllos (superestructuras o ‘supraestructuras’), de diferente tipo aunque estrechamente vinculadas y determinadas entre sí: de agrupamiento social básico (comunidad ‘natural’, gens, comunidades gentilicias, castas, clases, estamentos), que con sus modos de apropiación y de relación mutua producen diferentes tipos de estructuración político-social o Estado con sus formas propias de gobierno [9], de sus formas jurídicas o de normatividad integral, así como de las distintas modalidades de conciencia y prácticas sociales (religión, moral, arte, etc.). Las cuales, debemos insistir, son también todas ellas histórico-sociales y sus formas son propias de cada modo de producción, aunque muchos aspectos concretos logren trascender a su misma época histórica, como de hecho ocurre también en el plano de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción.

Históricamente, los modos de producción determinados aparecen sucesiva, progresivamente, montándose sobre los desarrollos alcanzados por los precedentes. Así, históricamente se presentan el modo de producción asiático, el antiguo clásico, el feudal y el capitalista; a los cuales se agregaría uno más original con el nombre de comunidad primitiva, aunque insuficientemente desarrollado teóricamente dadas las lagunas de información sobre muchos de sus fenómenos. En general, existe una cierta correspondencia con la vieja periodización de la historia humana en ‘prehistoria’, ‘protohistoria’, Antiguo Oriente, Antigüedad Clásica, Edad Media y Edad Moderna y Contemporánea, aunque a diferencia de ésta, que carece de criterios explicativos determinantes, la basada en los modos de producción sí los proporciona de modo suficiente.

Se debe añadir a la periodización basada en los modos de producción determinados, la teoría que explica el cambio estructural entre ellos, que es lo que Marx denomina [10] épocas de revolución social (que erróneamente se confunde con las revoluciones concretas), causadas como vimos anteriormente por las contradicciones y conflictos que surgen entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción en que se han venido desenvolviendo, y que se manifiestan por una crisis generalizada del sistema que arrastra consigo al resto de los fenómenos histórico-sociales, para generar nuevas relaciones sociales de producción y toda su superestructura social, política, jurídica e ideológica. Tal sería el caso de la revolución neolítica, de la llamada Época homérica, del Bajo Imperio romano, del Renacimiento y el Socialismo.

 

 

* * Las imágenes presentadas en el cuerpo del presente artículo han sido retomadas de internet con el fin de complementar, diversificar y desdoblar las posibilidades comunicativas de los contenidos presentados en El Machete, sin ningún fin de lucro y como parte de una plataforma gratuita y libre.

** Texto inédito para su publicación en El Machete.

*** Colaborador invitado. Ernesto Schettino es Maestro en Filosofía y Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de  la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

 

[1] La cosa más real y concreta puede ser concebida de manera subjetiva, por ejemplo en la literatura o en el arte; y, a la inversa, los fenómenos subjetivos se materializan con frecuencia, posibilitando así su comprensión objetiva, v. gr. en la psicología y, por supuesto, en la propia historia.

[2] C. Marx. Prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política.

[3] No se debe limitar a las llamadas por Engels ‘Leyes generales de la dialéctica’: unidad y lucha de los contrarios, cambio de la cantidad en cualidad y viceversa, la negación de la negación (cf. Dialéctica de la naturaleza, y Anti-Dühring).

[4] En el plano metodológico se traduce a la idea de no perderse en alguno de los polos de las determinaciones, como señala Marx en el borrador de la Introducción a la Contribución a la crítica de la economía política: ni la especulación abstracta que termina por convertirse en una historia imaginada (la califica de trobinsonadast), ni en un empirismo caótico y ecléctico que se pierde en sus propias determinaciones; es por ello que Marx utiliza la metáfora de no perder de vista el bosque al contemplar el árbol, ni éste por observar aquél.

[5] Cf. C. Marx. El Capital, Tomo 1, cap. V.

[6] Marx establece claramente que las necesidades humanas no son estáticas, sino que van cambiando histórica y socialmente como producto del propio trabajo humano. Por ejemplo, la necesidad de alimento no es la misma en el hombre primitivo que en la Edad Media u hoy, ya que han cambiado tanto los alimentos, como la forma de prepararlos.

[7] En La ideología alemana aparecen bajo los términos de ‘premisas de toda historia’.

[8] Aunque se ha tomado este texto como un resumen del materialismo histórico, desde nuestra perspectiva se trata sólo de una síntesis enfocada a explicar el problema central de los grandes cambios estructurales en la Historia, que Marx denomina épocas de revolución social.

[9] Aunque frecuentemente se confunden, es preciso distinguir entre Estado, como red de relaciones que estructura a las totalidades histórico-sociales, del gobierno del mismo, aunque éste constituya el elemento básico y determinante de aquél.

[10] Cf. El Prólogo de Marx a la Contribución a la crítica de la economía política.

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