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Análisis preliminar de las elecciones generales en Bolivia

Análisis preliminar de las elecciones generales en Bolivia

23 de agosto del 2025

Por: Camila Azeñas*

 

Las elecciones generales en Bolivia, realizadas el pasado 17 de agosto, han arrojado un resultado que la politología tradicional y el análisis superficial atribuyen exclusivamente a la fractura interna del Movimiento al Socialismo (MAS-IPSP). Según sus conclusiones, la pugna entre las facciones lideradas por Evo (sin candidatura presidencial y que oficialmente hizo campaña por el voto nulo y logro un 19.78% al que hay que restarle un 5% que es el voto nulo promedio de las últimas elecciones), Arce (el actual presidente, representado en las elecciones por Eduardo Del Castillo, su ex-ministro de gobierno con un 3.17%) y Andrónico Rodríguez con un 8.51% (actual presidente de la cámara de diputados) habría dividido el voto oficialista, permitiendo la victoria de un ’’outsider’’. Sin embargo, esta explicación es insuficiente porque mistifica la realidad de clase subyacente.

 

El triunfo de Rodrigo Paz y Edman Lara con el Partido Demócrata Cristiano (PDC) no es un accidente coyuntural, sino por la convergencia estructural entre el agotamiento del reformismo socialdemócrata, que desarmó ideológicamente a la clase trabajadora, y el ascenso de un bloque de poder conservador de nuevo cuño, articulado alrededor de un discurso nacional-religioso, anti-estatista (pero no anticapitalista) y populista de derecha, que supo capitalizar el malestar y ofrecer una salvación ilusoria dentro de los marcos del capital.

 

Las encuestas preelectorales de firmas como Ipsos CIESMORI y Captura Consulting  expresaban la profunda crisis orgánica y la incapacidad de la burguesía para unificar un proyecto hegemónico. Un “empate técnico” entre Samuel Doria Medina (Unidad Nacional) que tenía alrededor del 21%, y Jorge ‘Tuto’ Quiroga (Alianza Libre), con el 20%, ambos claros representantes de las fracciones del capital financiero y agro-exportador tradicional, era una muestra de esa fractura. Sus propuestas de austeridad fiscal, privatización, apertura al capital transnacional, integración a circuitos económicos y políticos liderados por Estados Unidos y la UE además de la profundización del modelo extractivista mediante alianzas público-privadas que benefician a élites locales y capital extranjero no solo son incapaces de resolver la crisis económica, con una inflación galopante del 20% al 25%, escasez de dólares, desabastecimiento de combustible y un encarecimiento crítico de la canasta familiar, sino que buscan descargar el peso de la misma sobre la clase trabajadora. Mientras, Rodrigo Paz (PDC) y Manfred Reyes Villa (APB Súmate) competían por el cuarto lugar (6-8%). Sin embargo, el dato más revelador era el alto porcentaje de un aparente descontento que señalaba entre un 10-14% de voto nulo, un 5% en blanco y un 13-14% de indecisos. Este  sector no era solo una incógnita estadística; era la expresión del malestar de una población  hastiada y despolitizada, cuyo descontento, al no encontrar alternativas  revolucionarias, se convertiría en el campo de batalla que el PDC supo capitaliza con un discurso anticorrupción, demagógico desde todo punto de vista.

 

El Art. 166 de la Constitución Política del Estado y la Ley 026 establecen que solo los votos válidos determinan el resultado, los votos nulos y blancos son excluidos del cálculo porcentual para definir ganadores o segunda vuelta. Los porcentajes de Paz (32.06%) y Quiroga (26.70%) se calculan sobre esta base reducida, inflando artificialmente su peso relativo. Esta distorsión permitió que ambas figuras de derecha accedieran a segunda vuelta. La intención de voto para Andrónico Rodríguez (Alianza Popular) experimentó una caída significativa, desde un pico inicial de 14.2% en junio, a un aproximado de 6% en las últimas encuestas antes de las elecciones y que termino con un 8.51%. Mientras que Eduardo Del Castillo como el candidato para el MAS-IPSP llego a un 3.17%. La campaña por el voto nulo lejos de ser un “acto de resistencia” terminó operando como mecanismo de autodestrucción y fragmentación al canalizar el descontento popular hacia una opción electoralmente estéril, Morales diluyó el potencial de su base social, una táctica que le permitió al PDC capitalizar el malestar en sectores populares despolitizados.

 

El problema trasciende lo electoral-coyuntural, el MAS en sus dos décadas en el gobierno, administró el capitalismo más o menos enmarcado en lo que Álvaro García Linera denominó el “capitalismo andino-amazónico”, un modelo que buscaba una articulación más beneficiosa para una burguesía nacional emergente (en alianza y dependiente del capital transnacional) dentro del marco global del capitalismo y la redistribución clientelar de la renta. De esa forma no alteró las relaciones de explotación asalariada. Al mismo tiempo, desmovilizó políticamente a su base social y movimiento popular, vaciando de contenido ideológico a los sindicatos y organizaciones sociales, y sobre todo quitándoles la independencia, tanto ideológica como orgánica. La propia dirigencia del Partido Comunista y gran parte de su militancia de base fueron presas de las desviaciones ideológicas arraigadas tras décadas de gobierno socialdemócrata, es preciso señalar que estas fueron propagadas por gobiernos socialdemócratas y “progresistas” de América Latina y entes supranacionales reformistas como el Foro de Sao Paulo.

 

Esta desmovilización inherente a todo proyecto reformista, creó un vacío de sentido y organización en la clase trabajadora que fue metódicamente ocupado por otros aparatos ideológicos, destacando entre ellos las iglesias evangélicas que ofrecieron comunidad, certidumbre moral y un proyecto de ascenso individual: la teología de la prosperidad en un mundo precarizado. La búsqueda de un capitalismo reformado y con rostro humano es la esencia de toda propuesta socialdemócrata, que logre mitigar las contradicciones más brutales del capitalismo mediante políticas redistributivas (bonos, subsidios) financiadas por la superexplotación de los recursos naturales, manteniendo intacta la estructura de explotación asalariada y la dictadura de los monopolios sobre los sectores estratégicos.

 

El discurso del “Vivir Bien” y la denominada “Revolución Democrática y Cultural” operó despojado de potencial anticapitalista y convertido en un marco para la gestión keynesiana-liberal de la economía de un Estado plurinacional que sigue siendo burgués.  El MAS redujo la lucha de clases al campo electoral. Hizo de la “democracia intercultural” la consagración del pluralismo electoral como fin último de la lucha, despojando a la democracia de su contenido de clase y ocultando el hecho de que el Estado sigue siendo un instrumento de dominación de clase en manos de la burguesía. El gobierno fue el gran mediador entre el capital (nacional y extranjero) y la clase trabajadora, garantizando siempre el beneficio de los primeros; desactivó la conflictividad social mediante la cooptación de líderes, quienes pasarían a cumplir un rol de contención frente a la rabia e insumisión proletaria.

 

El gran éxito del MAS, y al mismo tiempo su mayor traición histórica, fue la desmovilización objetiva y subjetiva de su base social, porque logró instalar la idea de que el capitalismo podía ser humanizado desde el Estado; se eliminó de la conciencia de amplios sectores populares la necesidad de organizarse y movilizarse de forma autónoma para sustituir el poder de los monopolios y la burguesía criolla por el de la clase trabajadora. Esta despolitización de las organizaciones de base y alienación de los trabajadores es el caldo de cultivo perfecto para que las clases trabajadoras asuman como suyo el discurso libertario e individualista. La lucha ya no la dirigían los trabajadores en las minas, fábricas y calles contra el capitalismo, sino la hacían dirigentes amarillistas en los pasillos de los ministerios por tal o cual beneficio individual o grupal, se pasó de la lucha de clases en las calles a las negociaciones en los pasillos y oficinas de los ministerios y presidencia, corrompiendo a la dirigencia de los sectores laborales. Se promovió además el ascenso individual a través del consumismo, paralelo a la teología de la prosperidad evangélica. Ambas lógicas refuerzan el individualismo y destruyen la conciencia y la solidaridad de clase; si el éxito es individual (por mérito propio o bendición divina), el fracaso también lo es, desarmando cualquier análisis estructural de la explotación de clase.

 

El gobierno del MAS, en su afán por mantener una base electoral amplia y desactivar conflictos, se sirvió de las iglesias evangélicas: negoció con sus líderes; les otorgó influencia y participación, incluso como miembros de su bancada en la asamblea plurinacional. Esto legitimó y potenció enormemente a estos sectores. El mismo Evo Morales reconoció recientemente que Chi Hyun Chung pastor evangélico, médico y empresario surcoreano nacionalizado boliviano, quien fue candidato para la presidencia el 2019 por el PDC y ahora Edman Lara, le quitan un porcentaje del electorado importante. Si bien fue un cálculo cortoplacista para gestionar el poder, a largo plazo fortaleció a su rival ideológico dentro del campo popular.

 

La victoria del Partido Demócrata Cristiano (PDC) es el fruto de lo antes mencionado. Su discurso, lejos de ser una mera curiosidad, es la formulación política coherente de esta contrahegemonía en ascenso en términos gramscianos. Su propuesta económica de un “capitalismo para todos, no para unos cuantos” es la versión criolla de la vieja ilusión pequeñoburguesa de un capitalismo sin antagonismos que pretende limar los bordes de un sistema explotador, manteniendo su esencia intacta. La clave de su penetración en el campo popular radica en su fórmula vicepresidencial: la figura de Edman Lara, el ex capitán de la policía que se hizo de rápida fama al denunciar casos de corrupción en la policía y ser suspendido de esta institución. Para un electorado despolitizado y hastiado de una élite política corrupta, Lara pretende representar a la ciudadanía que se alza contra el sistema corrupto. Su arrastre en áreas rurales y peri-urbanas evidencia cómo el descontento de clase, al no encontrar cauces revolucionarios autónomos, es capturado y reconducido hacia un proyecto político ajeno y diametralmente opuesto.

 

Las elecciones de agosto no son solo representan un cambio de gobierno; son la manifestación electoral de una profunda derrota política e ideológica de la socialdemocracia “progresista” frente al capital. La socialdemocracia es la responsable de la actual sujeción ideológica de la clase obrera y el campesinado al conservadurismo reaccionario que encarna Paz y Lara.

 

*Camila Azeñas, responsable de Relaciones Internacionales del Comité Ejecutivo Nacional de la Juventud Comunista de Bolivia (JCB)

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