Sembrando vida, cosechando desigualdad y explotación.
En el mundo capitalista, el acceso al agua, electricidad e incluso el terreno donde se ha de vivir no pueden ser cubiertas por la clase proletaria. Por lo cual, es un hecho que el proletariado solo logra satisfacer sus necesidades sociales a través de la lucha organizada. Es en este contexto que a la par del capitalismo y la aparición de la clase proletaria surgen organizaciones sociales de manera espontánea. Sin embargo, este proceso ha sido canalizado por el estado capitalista para cooptar y/o construir organizaciones a su servicio. El método de cooptación, manipulación y o creación toma formas diversas, desde la inclusión de elementos del estado al interior de las organización hasta la creación de programas sociales.
En el capitalismo, los programas sociales, tanto creados por el estado como privados, se conciben, diseñan, y ejecutan. con el objetivo último de maximizar la ganancia. Para lograr este objetivo, dichos programas se enfocan en la manipulación política y clientelismo de la población con varios objetivos secundarios. El primero objetivo secundario es el de canalizar la organización popular espontánea que surge de la falta de satisfacción de las necesidades sociales. Pero los otros objetivos secundarios no son menos importantes, ya que incluyen el utilizar mano de obra, recursos naturales y/o territorios para servir al capital. Los objetivos y formas de estos programas cambian con el tiempo y contexto, ya sea porque las materias primas se agotan, se hacen obsoletas o bien, por que existen nuevas regiones de comercialización y/o extracción de recursos. Por lo tanto, estos objetivos secundarios permiten, a través de los programas sociales, manipular las organizaciones; o bien, en caso de encontrar resistencias, crear organizaciones paralelas al mismo tiempo que destruyen y desgastan a las organizaciones comunitarias y populares existentes. Una estrategia común para destruir organizaciones ya existentes es asignar presupuesto a nuevos grupos e individualizar el presupuesto de grupos opositores.
En México, independientemente de la creación de organizaciones populares durante el priísmo, con sus respectivos programas sociales, existe una gran historia de organización popular independiente. Las organizaciones independientes de comunidades en la propia Ciudad de México, el Istmo de Tehuantepec y Chiapas son excelentes ejemplos de lucha e independencia cultural con abundantes episodios de defensa de recursos naturales, territoriales y culturales que se han dado aún antes de la revolución mexicana. Los gobiernos priístas dedicaron toda su existencia, prácticamente desde 1921, a destruir y cooptar a las organizaciones populares y campesinas surgidas durante la revolución. El gobierno actual de Morena no es la excepción. El programa Sembrando Vida es uno más de los programas sociales impulsados por las administraciones socialdemócratas morenistas que cumple exactamente con los mismos objetivos que cualquier programa surgido del capital, y por supuesto del priísmo mexicano.
El programa Sembrando Vida se anunció como un programa para “…ayudar a mitigar el calentamiento global y restaurar el tejido social ayudando a las comunidades a salir de la pobreza” (Sheimbaum 2024). El subsidio se propuso en 2018, bajo la administración de López Obrador, con el objetivo de incluir a más de 430 mil personas en el campo. Sin dejar de señalar que este discurso ya es paternalista, El inicio del programa en 2019 provocó muchas expectativas porque parecía que se iba a dar un apoyo para que las comunidades emprendieran su agricultura tradicional y agroecológica con miras a una soberanía alimentaria. Sembrando Vida se lanzó con un presupuesto de 13 mil 703 millones de pesos, aumentando progresivamente hasta alcanzar los 42 mil 900 millones de pesos para 2026. Durante estos años, el presupuesto asignado a este programa ha sido cercano al total del presupuesto de la Secretaría de Agricultura y superior a sus programas Producción para el Bienestar o antiguo PROCAMPO. Pero el programa sólo se destina a 430 mil campesinos, de los 5.5 millones de productores agrícolas y alrededor de 2.5 millones de jornaleros agrícolas que existen en el país. En un principio, esta desigualdad ya es generadora de conflictos sociales, al asignar presupuesto de manera discrecional a unos campesinos y a otros no.
De esta información podemos concluir que el programa Sembrando Vida ha sido exitoso para el estado, ya que el presupuesto asignado al programa ha ido en aumento con el tiempo. El “exito” del programa no se debe a que haya logrado objetivos de restauración de tejido social, reducción de pobreza, reforestación y menos aún de mitigación de calentamiento global, sino a que ha logrado establecer un control de la población al destruir los procesos de organización independiente, aumentar el clientelismo y la manipulación política de las comunidades. Tan es así que, por ejemplo, las reglas de operación del programa en 2021 determinaron que los 79 municipios afectados por el proyecto Corredor Transísmico participaran en el programa. La decisión se tomó no en función del grado de marginación, deforestación o mitigación climática, sino en función de las necesidades políticas del estado.
Para entender aún mejor esto es necesario conocer algunos detalles del programa*. La propuesta oficial consistió en asignar 5 mil pesos mensuales a cada campesino (actualizado a 6 mil 450 pesos en 2026) de los cuales 500 pesos no son otorgados directamente al campesino, sino a “fondos de ahorro”. Para 2019 quien recibía Sembrando Vida tendría como subsidio 60 mil pesos, mientras que su vecino que recibió Producción para el Bienestar o el antiguo Procampo únicamente obtuvo 4 mil pesos al año si cultivó una superficie, de 2.5 hectáreas. La inclusión en el programa se acredita siempre y cuando los receptores tuvieran una parcela de 2.5 hectáreas y se comprometieran a sembrarla con milpa y árboles frutales y maderables.
El programa se propone crear una organización paralela a la organización comunitaria existente (y en muchos casos ha creado organizaciones comunitarias donde no existían, pero son organizaciones clientelares y controladas políticamente por el gobierno en turno), pues los participantes se deben integrar a una Comunidad de Aprendizaje Campesina (CAC), integrada por 25 de ellos, que deben responder a un técnico productivo y a un técnico social que son los encargados de transmitir información y definir la agenda y los temas importantes a tratar en las comunidades. Existe también un coordinador territorial para cada 50 mil hectáreas y 20 mil productores. Los recursos del programa fortalecen esta estructura gubernamental clientelar que puede ser utilizada para los fines que el gobierno decida.
Sembrando Vida intenta continuar el proceso de desaparición del ejido iniciado por Salinas de Gortari. Por ejemplo, los jóvenes campesinos pertenecientes a ejidos no tienen parcelas, por lo que el ejido cede por un periodo de tiempo tierras de uso común. En estas parcelas se sembrarán árboles frutales y maderables que estarán en producción cuando el programa termine, así será muy difícil que esa tierra vuelva a ser de uso común del núcleo agrario. Adicionalmente, el programa impide que la familia campesina se dedique a los trabajos del programa, sólo uno de sus miembros es el que será responsable de las tareas.
El programa rompe con la tradición de trabajo familiar campesino al mismo tiempo que convierte al productor en empleado de sus propias tierras. Los recursos del programa se otorgan a los productores individuales, quienes normalmente los destinan al consumo personal, lo que no fortalece la organización comunitaria. En regiones en las que opera el programa se ha notado un aumento del consumo, por ejemplo de cerveza en lata, pues no existen en las comunidades rurales muchas alternativas de consumo en otros bienes: salud, educación, cultura, alimentación, etcétera y lo que está más a mano es el consumo chatarra.
Sembrando Vida promueve la deforestación. En los lineamientos de operación del 2019 se exigía que las parcelas estuvieran limpias y en condiciones de ser sembrada. Esto provocó que en distintas regiones los terrenos se deforestaran para poder ingresar al programa. Campesinos y colectivos de Chiapas, Tabasco, Oaxaca, Puebla, Veracruz mencionaron que en algunas parcelas se quemaron acahuales altos, incluso caobas en la selva Lacandona, o plantaciones de cedro rojo en Puebla, para poder entrar al programa.
A partir de las reglas de operación del 2020, se señaló que no se aceptarían terrenos con signos de quema recientes, ni que hubieran aplicado el método de tumba-roza y quema. Tampoco se aceptarían parcelas ubicadas en terrenos forestales, en la zona núcleo de las áreas de conservación, o que formen parte de una Unidad de Manejo Ambiental (UMA). Estas precisiones buscaron evitar los problemas reportados durante el primer año de operación del programa. Aún así, se estima que la deforestación provocada por el programa alcanza entre el 10 y 20% del total de área incluida. Esto representa entre 100 mil y 200 mil hectáreas perdidas de áreas naturales y/o de conservación. Sembrar árboles frutales no significa mantener un bosque ni una selva, en los hechos son una plantación. Esta práctica mas bien se catalogaría como un cultivo agrícola.
Los datos de áreas reforestadas por el programa son irreales. Existe una gran dificultad y esfuerzo para plantar una gran cantidad de árboles, por hectárea —más de mil— en diferentes tipos de terrenos, ya que muchos árboles murieron por falta de agua, por no ser una especie idónea para la región, o porque los árboles estaban plagados. Pero no existen datos oficiales de la densidad de la plantación, la tasa de sobrevivencia de los árboles o las especies plantadas. Es irreal entonces asumir que se reforestó 1 millón de hectáreas y se plantaron 1 mil 100 millones de árboles. La obligación de plantar entre 600 y 1000 árboles por hectárea se dificulta según el tipo de terreno en que se encuentre su parcela. Para lograr que prendan los árboles, se tienen que regar sistemáticamente y cuidar la plantación. Además para lograr plantar entre 600 y 1000 árboles por hectárea, se deben sembrar a una distancia de máximo 4 metros entre uno y otro. Esta densidad de árboles impediría que se siembre cualquier cosa debajo de la plantación, por lo que muchos campesinos prefieren mantener sus usos tradicionales y seguir cultivando milpa.
Sembrando Vida inmoviliza a los sectores populares. Es difícil que los integrantes de Sembrando Vida participen en movimientos de resistencia social, por ejemplo frente a los megaproyectos del gobierno, o los intereses extractivos de las empresas, ya que temen perder los beneficios del programa. De ahí la coincidencia entre los nuevos trazos del Tren Maya y las localidades con Sembrando Vida, y la instrucción expresa de incluir a los municipios del Corredor Transistmico.

En conclusión podemos decir que Sembrando Vida es un programa clientelar de manipulación política que permite al estado continuar con el extractivismo y fragmentación del territorio mexicano con fines de maximización de la ganancia. No es un programa de reforestación, que tampoco resuelve los problemas de pobreza de la población rural y no ha apoyado la reconstrucción del tejido social. Lo más grave de todo es que los problemas reales ahí están. La pobreza de las comunidades, la crisis de biodiversidad, el cambio climático y la desigualdad se agudizan, no se resuelven. La historia de México tiene épocas en que la explotación de las personas y recursos naturales han alcanzado la ignominia. Sembrando Vida es un instrumento del estado que nada tiene que ver con la naturaleza ni con la justicia social.
* La información sobre Sembrando Vida y sus consecuencias está más que documentada, especialmente en las publicaciones del Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano ( “Comunidad y Autonomía” en 2021, y (“Sembrando Vida, Recuento desde las regiones a seis años” en 2025) fuentes de donde he tomado algunos de estos datos.
