De los marxólogos, marxistas de academia y militantes adocenados
Por: Eduardo Piña
Por las calles van a pie, absortos en profundas reflexiones que convertirán en ideas de vanguardia revolucionaria; dicen. Los vemos sentados en un café, tecleando la nueva obra maestra de las clases oprimidas; cuentan. En la cátedra corrompen a las mentes jóvenes con su radicalismo; imaginan. También es posible encontrarlos en los pasillos institucionales o partidistas, donde aprendieron bien a jugar a la realpolitik en pro, eso sí, de los más necesitados; aseguran.
Los hay de dos clases. Por un lado, están los que no militan, predicando sólo desde el aula, la oficina sindical, de gobierno o su canal en internet. En todos los casos, una relación asimétrica de comunicación y poder, reduce su audiencia a una masa incapaz de cuestionarles. Por eso se ven a sí mismos como el nuevo Gramsci, Lenin o Marx.
Hablan de tecno feudalismo, multipolaridad, decolonialidad, del sur global y el nuevo sujeto revolucionario. Como buenos intelectuales “de izquierda”, sueñan con derrocar al sistema…, por medio de la revolución de la conciencia. Hace tiempo descubrieron que estas ideas, revestidas con un pretendido vocabulario técnico y científico, se venden bien y con ellas, no arriesgan su cátedra, su oficina, ni su canal.
En algún momento, tal vez intentaron militar bajo el centralismo democrático, pero esa mala costumbre comunista de la disciplina igual para todos les oprimía tan fuertemente, que decidieron salir al grito de: ¡Libertad de crítica! (pero no contra mí). Porque la ortodoxia es incompatible con su libertad de pensamiento, acostumbran a decir.
Críticos implacables; nada escapa a su afilada pluma. Ni el viejo Marx, a quien critican (según ellos) desde el joven Marx. Tampoco Engels y Lenin salen bien parados de su incisiva arma de la crítica. Lectores de los clásicos (en su idioma original, por supuesto) ponen el marxismo al día con los nuevos mercados y la nueva lógica del capital. Así, han llegado a la “novísima” idea de que el capitalismo ha generado una hiper concentración de la riqueza en un puñado de seres humanos, dejando a miles de millones en la miseria más absoluta (nadie lo vio venir).
Los otros sí militan, pero a la cola de la burguesía. Estos creen poder reformar el capitalismo a través de la redistribución de la riqueza, la progresividad impositiva, las altas tasas a la herencia, la renta o la especulación. Su trabajo político se presta bien al sistema de opresión burgués, pues suelen ser el ala “crítica” o “radical” en los partidos políticos y, con esto, legitiman la democracia. Aunque, eso sí, jamás se preguntan: ¿democracia para qué clase?
Enfrentados a la eficiencia del mercado, la desregulación, las privatizaciones, el nacionalismo, el racismo, la desigualdad, la guerra, el genocidio… les importa el espectro, no del comunismo, sino político, porque estar del lado izquierdo del mismo (aunque este se ha desplazado aceleradamente a la derecha) alivia su conciencia. Como buenos marxistas (aunque de Groucho) podrían reivindicar algunos de aquellos principios, cuando el momento electoral y el “pueblo”, por supuesto, se los demande.
Así, esta ala radical censura la crítica de las armas que empuñan los obreros y el movimiento popular, porque estos, desde su miopía política, no ven que desestabilizar el camino de las reformas es preparar el advenimiento de la derecha (la otra, la mala). Y es que, como ellos bien saben, el pueblo está ante la encrucijada de transitar a la democracia de todos, o volver al viejo sistema. “La elección es simple, camaradas, una democracia para el pueblo es el primer paso a socialismo”, dijo uno de ellos allá por 1960. “Ya estamos más cerca”, dijo el nieto apenas antier, desde su despacho en la secretaría.
A ninguno de los dos tipos se les ve en los movimientos revolucionarios, los cuales, por obtusos y sectarios, rechazan sus avanzadas ideas sobre política y economía. Pero más extraño es no verlos en los movimientos de lo que ellos mismos consideran la nueva vanguardia. Frente a las irreflexivas y aventuradas demandas de estos movimientos, siempre con la dialéctica por delante, responden con la sentencia: “análisis concreto de la realidad concreta”.
A las dos especies les encanta la estatización y, en su avanzada conciencia dialéctica, aparece prístina la identidad que ningún otro socialista antes que ellos, supo ver: más propiedad estatal=socialismo. “Caray, ni el Moro ni el General pudieron dar con esta complejísima fórmula”, piensan para sus adentros.
Su papel es marginal. Se reduce a una catarsis individual que alivia los dolores que su conciencia, un tanto liberal y otro tanto comunitarista, recibe de una realidad atroz: explotación, pobreza, miseria, carencias, violencia y desigualdad; pero que, desde su lugar, ellos combaten fervientemente con panfletos y consigas que las masas harán suyas…, cuando su conciencia se eleve.
Así, estos denodados críticos siguen, con absoluta dedicación (de lunes a viernes de 9 de la mañana y hasta las 6 de la noche) en la lucha ideológica contra su acérrimo enemigo. De vez en cuando, ambos coinciden en un salón, un café o un restaurante, pero estos férreos y consecuentes revolucionarios, no voltean ni a ver al adversario. Y claro, ya han concedido mucho al escribir para la misma revista.
Ellos, que dicen haber descubierto, ¡otra vez!, un texto de Marx que ese régimen oprobioso de los soviets quiso ocultar, previenen a los obreros de esos trasnochados y dogmáticos comunistas. Porque el trabajador, que siente en todo momento de su existencia la explotación de este sistema, mal haría en probar, de nuevo, la fórmula de la lucha violenta que, descontando el sufragio universal, la jornada de ocho horas, la salud y educación públicas, las vacaciones pagadas, la jubilación, los sindicatos y alguna otra cosita de esas; se ha probado como errada por todas partes.
Sirvan estas modestas palabras como homenaje a estas figurillas.

