Sobre la reaparición de Andrés Manuel López Obrador
Pedro Ramírez
A inicios del último trimestre, y a un mes de Halloween y Día de Muertos, reapareció el ex presidente Andrés Manuel López Obrador con un monólogo de 1 hora 20 minutos. El ánima de Morena habló y habló sobre todo de los seis años de su gobierno, de los 2000 años previos que son la supuesta base del mismo y de la inquietante actualidad.
Su plática en YouTube abordó muchos temas. De inicio una larga exposición sobre lo que el llama las cuatro transformaciones de México, un concepto muy similar al planteado por Vicente Lombardo Toledano, el de las cuatro sinfonías. Esta concepción de la historia nacional es en esencia la misma de la Revolución Mexicana.
Ese largo relato presenta la historia de México como una evolución al amparo de grandes héroes. En ésta el pueblo carece de importancia y la clase obrera, los campesinos pobres, las mujeres, la juventud y los pueblos indígenas aparecen sin liderazgos, sin organización de combate ni programa político de ruptura propios.
El gran relato aparece purificado e indoloro, mientras la larga duración es observada siempre desde arriba, descartadas toda explotación y opresión como algo permanente y distintivo de la historia nacional. La aventura de oropel y fantasía tiene en realidad su gran final: “la redención del país a través de la ‘cuarta transformación’”.
Es decir, un nuevo capítulo más de la fantasía de los grandes capitalistas sobre sí mismos y sobre la dominación de la cual son tanto origen como resultado y continuidad. En el punto de hablar de la “Cuarta Transformación”, el verdadero carácter de la misma y sus peores ejemplos son disimulados con los pecados del periodo 1982-2018. El ánima reaparece pues, para sus cómplices en el poder, es necesario insistir, con una voz autorizada, en el discurso que mejor oculta la realidad.
Así, Obrador insiste una y otra vez en la importancia del giro político y social que inició con su gobierno, con el efecto colateral de insistir una vez más sobre su propia trascendencia personal. Ahí donde debería existir educación pública, aparece la palabra becas; donde el pueblo trabajador exigía derechos y satisfacción de sus necesidades contemporáneas, las palabras elegidas para hablar de algo parecido, aunque totalmente distinto, son programas sociales y bienestar, y donde lo que predomina es el aroma de capitalismo de los monopolios y brutalidad, Obrador insiste en reconocerla en calidad de humanismo mexicano.
Este gran relato del poder, que habla de la conversión de una fuerza usada para el mal en una al servicio del pueblo (el Estado de los grandes propietarios privados y de la burguesía monopolista), prevalece y es por demás útil a los capitalistas, protagonistas de la destrucción de la naturaleza, la desaparición forzada de centenas de miles de personas, la agravación de la explotación laboral y las condiciones económicas en que vive la clase obrera, las fuerzas populares y los sectores autónomos y de pequeños propietarios. Éste se ha instalado en las mentes de millones de personas y restituye una legitimidad inmerecida a los dueños de millones de almas.
No está demás recalcar que en su reciente discurso, Andrés Manuel López Obrador crítica la vida pública de Estados Unidos, pero sin la profundidad ni la valentía que se requiere pues los amos de dicho país han sido sus aliados. Es más, les ofrece la posibilidad de volver a amistarse en un sueño activo de pompa y poderío mundial.
Las otras fuerzas partidarias y sociales de la burguesía aluden o cuestionan superficialmente a la figura de Obrador. Digan lo que digan, el hecho de que aún existan para los negocios y la política se lo deben a la llamada “Cuarta Transformación”. Sin ella, quizás, la insumisión popular hubiera llevado al país por otros rumbos.
La llamada cuarta transformación es la permanencia de la tragedia y la farsa que representó la Revolución Mexicana y su liberalización. Sin la impostura del obradorismo no podría permanecer la gestión neoliberal, la estrategia activa de la contrarreforma social ni la política como expresión de una lucrativa y desmedida ambición personal, con la corrupción maquillada pero triunfante. El sacerdote Obrador aparece para hacer lo suyo: conservar la efectividad del redil, aquietar a las almas, tranquilizar las aguas para los grandes negocios y obstruir la insumisión.
