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Causas de un deslinde inevitable. Notas sobre la crisis del PCPE

Artículo publicado en EL Machete No.10-11

Raúl Martínez Turrero
Secretario del Comité Central del PCPE

 

A modo introductorio

El día 22 de abril estalló una seria crisis en el seno del Partido Comunista de los Pueblos de España. El Comité Central del Partido no llegó a sesionar unido. Ante el intento de imposición de flagrantes violaciones estatutarias, sesionaron por separado dos partes que, a la postre, se manifestaron irreconciliables: de un lado quienes reconocieron como Secretario General del Partido a Carmelo Suárez; de otro, quienes, representando a la mayoría militante del PCPE y de los CJC, nombramos Secretario General del Partido al camarada Ástor García, quien había ostentado hasta el X Congreso del Partido la Secretaría de Internacional.

Desde entonces, la práctica vino a confirmar que, tras la crisis vivida, se escondían profundas causas político-ideológicas, lo que pronto puso en evidencia el grupo que sigue a Carmelo Suárez y Julio Díaz, al que en adelante no referiremos como grupo Suárez-Díaz, en el seno del Movimiento Comunista Internacional: quienes hasta poco antes habían sido Partidos hermanos, como el Partido Comunista de México o el Partido Comunista de Grecia, pasaban a situarse en el punto de mira del grupo Suárez-Díaz, los amigos de ayer se convertían en el enemigo a batir.

Lejos de lo proclamado por la fracción de Carmelo Suárez, no hay que buscar las causas de la ruptura en tierras griegas o mexicanas. No se produjo ninguna “operación internacional” para atacar al PCPE. Nuestro Partido ha sido víctima de sus propias contradicciones internas. Lo cierto es que en el seno del PCPE venía dándose un intenso debate político-ideológico sobre diferentes aspectos de la lucha de clases, también debates internos relacionados con la propia construcción del PCPE y profundamente anclados en la historia del movimiento comunista español. Obviamente, esos debates guardaban y guardan relación con alguno de los puntos candentes que hoy discute el Movimiento Comunista Internacional, pero las causas fundamentales del deslinde producido, como se tratará de exponer en las siguientes líneas, fueron esencialmente internas.

Agradecemos a la Redacción de El Machete la invitación a escribir este artículo, esperando que resulte de utilidad a la militancia comunista mexicana para entender las profundas causas ideológicas de una crisis en la que, por desgracia y al igual que la militancia de otros partidos hermanos, se ha visto envuelta. Vaya por delante el saludo fraternal a los comunistas mexicanos, hacia quienes el conjunto de nuestra militancia profesa el profundo sentimiento de hermanamiento propio de quienes comparten una misma trinchera en la lucha bajo las banderas del marxismo-leninismo y del internacionalismo proletario.

 

Algunas notas históricas que conviene no olvidar

No es posible entender la crisis vivida en el PCPE al margen de la compleja historia del movimiento comunista español. Tratar de explicar lo sucedido abstrayéndose del cuadro histórico en el que se desencadena el debate sería confundir la parte con el todo, como la rana que desde el fondo de un pozo toma por cielo la limitada porción del mismo que observa desde su particular ubicación.

El movimiento comunista español nace del impulso de la Gran Revolución Socialista de Octubre como Sección Española de la Internacional Comunista. Desde que, en abril de 1920, se fundase en España el primer Partido Comunista, hasta la constitución del Partido Comunista de España el 14 de noviembre de 1921, fruto del proceso de fusión del Partido Comunista Español y el Partido Comunista Obrero dirigido por la Internacional. Por tanto, nuestro movimiento comunista se inserta, por así decirlo, en la tradición kominteriana.

Desde la fundación del Partido, nuestro movimiento se construyó en condiciones extremadamente difíciles. Nuestras mujeres y hombres se vieron obligados por los acontecimientos a un rápido aprendizaje en la combinación de las distintas formas de lucha empleadas a lo largo de la Historia por el movimiento revolucionario. Así, afrontando numerosas caídas y casos de represión, aunque disfrutando de breves periodos de legalidad, la mayor parte de la historia del Partido hasta la legalización del PCE, el 7 de abril de 1977, transcurrió en condiciones de guerra y de clandestinidad, en las que se emplearon formas de lucha clandestina, de lucha armada regular y de guerra de guerrillas. Por tanto, a la tradición kominteriana que marca nuestra historia debemos añadir el rasgo característico de haber tenido que enfrentar diferentes condiciones de lucha y de haber empleado todas las formas de lucha acuñadas por el movimiento obrero revolucionario a lo largo de los tiempos.

Otro de los rasgos determinantes de nuestra historia es la plasmación práctica, insertada en la acción del Partido, de una escrupulosa aplicación de los principios del internacionalismo proletario. Así, una de las primeras tareas prácticas asumidas por el Partido es la lucha contra la guerra de Marruecos durante la Dictadura de Primo de Rivera. La Revolución de Octubre de 1934, que parte de una huelga general que desemboca en un proceso insurreccional en Asturias, donde el proletariado llega a tomar el poder, genera un amplio movimiento de solidaridad internacional, que encontrará su continuidad durante todo el Bienio Negro (noviembre de 1933 – febrero de 1936) con una amplia campaña internacional exigiendo la liberación de los presos de Octubre y solidarizándose con sus familiares.

Con el golpe de estado fascista, el 18 de julio de 1936, el internacionalismo proletario alcanzará un nuevo estadio, tanto en España como a escala mundial. A la pronta solidaridad recibida de la Unión Soviética, se sumó el que seguramente sea el mayor exponente de internacionalismo a lo largo de la Historia: la formación de las Brigadas Internacionales en octubre de 1936, a iniciativa de la Internacional y de los Partidos Comunistas, que llegó a reclutar a cerca de 60.000 trabajadores de unos 50 países, dispuestos a apoyar al pueblo español en nuestra Guerra Nacional y Revolucionaria contra el fascismo. Los comunistas españoles jamás olvidaremos a los voluntarios de la libertad, a aquellos que, armados fundamentalmente de principios, abandonaron su patria para venir a defender la nuestra, en cuyo suelo reposan los casi 15.000 camaradas internacionales fallecidos en combate. Tampoco olvidaremos la acogida y el apoyo de la Unión Soviética, del resto de países socialistas y de los partidos comunistas hermanos durante la larga noche de la dictadura fascista.

Por su parte, los comunistas españoles participaron activamente en distintos frentes durante la II Guerra Mundial, muy especialmente en la Resistencia francesa y en los distintos frentes de la que fue la Guerra Patria librada por el pueblo soviético, factor decisivo de la victoria antifascista.

Señalamos todo esto para resaltar algunos de los rasgos históricos del movimiento comunista español: el origen kominteriano, el internacionalismo proletario y una historia marcada por la combinación de distintas formas de lucha, desde las más rudimentarias hasta las más elevadas. Y señalamos dichos rasgos porque si por algo podemos caracterizar al grupo oportunista encabezado por Carmelo Suárez es, precisamente, por apartarse de esa tradición histórica, lo que, como veremos, guarda una íntima relación con las condiciones en que nace y se desarrolla el propio PCPE.

 

El PCPE: un Partido marcado por el reagrupamiento y las crisis

Tras la aprobación de la política de reconciliación nacional, Santiago Carrillo se hace con el poder en el seno del Partido Comunista de España. El XX Congreso del PCUS será crucial en ese proceso, pues el giro oportunista que se certifica en el mismo ofrece carta de naturaleza a todas aquellas posiciones que, en el seno de otros Partidos Comunistas y Obreros, cuestionaban algunos de los principios esenciales del internacionalismo proletario, el marxismo-leninismo y el centralismo democrático.

La militancia comunista, no obstante, luchó contra el proceso de degeneración revisionista y posterior liquidación del Partido. Fruto de esa lucha, fueron organizándose distintos grupos de oposición al eurocomunismo. Entre ellos, el Partido de los Comunistas de Catalunya, el Partido Comunista de España Unificado, el Movimiento para la Recuperación del PCE, el Movimiento para la Reconstrucción y Unificación del PCE y las Células Comunistas, participaron en el Congreso de Unidad de los Comunistas, celebrado en Madrid del 13 al 15 de enero de 1984, del que nacería el Partido Comunista (P.C.). En enero de 1986, tras un proceso judicial instado por el PCE, el Partido Comunista pasa a adoptar la denominación de Partido Comunista de los Pueblos de España.

El nacimiento del PCPE es fruto de un proceso de lucha contra el eurocomunismo y del reagrupamiento de los diferentes grupos que participaron del Congreso de Unidad de los Comunistas. La defensa de la Unión Soviética, frente al virulento antisovietismo del PCE, fue uno de los principales factores de unidad comunista. Pero el nuevo Partido, que contó desde su propia gestación con el reconocimiento y la ayuda del PCUS, nació lastrado por una serie de factores que vendrían a condicionar gravemente su desarrollo:

  1. La ausencia de un proceso de unificación político-ideológica real de su militancia, que fue sustituido por el recurso a la negociación entre los dirigentes de los grupos que participaron del proceso de unidad, muchas veces a espaldas de los órganos regulares del Partido y a expensas del centralismo democrático.
  2. La ausencia de un análisis riguroso de las causas de la derrota en la guerra nacional-revolucionaria y de las condiciones en que pudo hacerse hegemónico el eurocomunismo en el seno del PCE, con la participación, muchas veces acrítica de los primeros dirigentes del PCPE, muy significadamente de Ignacio Gallego, su primer Secretario General.
  3. La asunción acrítica de las políticas aprobadas por el PCUS, que condujo a asumir como propias posiciones políticas respecto a la construcción del socialismo que, en realidad, iban dirigidas precisamente a desmantelar el poder obrero y sentar las condiciones de la contrarrevolución. Al respecto, destaca el apoyo prestado por el PCPE de los primeros tiempos a las políticas de la Perestroika.

El Partido no estaba preparado política e ideológicamente para afrontar los retos que muy pronto se iban a presentar. El primero de ellos, la fundación de Izquierda Unida, en la que siguiendo la por entonces vigente política del “frente de izquierdas” –que como pronto veremos el grupo de Carmelo Suárez trata de recuperar— participó activamente el PCPE. Consecuencia de ese proceso de confluencia, y por orientación de la dirección contrarrevolucionaria del PCUS, Ignacio Gallego y la mayoría del Comité Central, junto a la mayor parte de los cuadros y cargos institucionales y unos ocho mil militantes, decidieron regresar al PCE en enero de 1989.

El PCPE, encabezado por Juan Ramos, quedó seriamente debilitado, perdiendo el apoyo de los Partidos en el poder que le habían apoyado desde su fundación y siendo expulsado a continuación de Izquierda Unida.

En tan difíciles condiciones, el Partido afrontó el triunfo contrarrevolucionario en la Unión Soviética y en los países del campo socialista europeo, sufriendo numerosas bajas y nuevos episodios de crisis que se prolongaron durante todos los años 90 del pasado siglo. A las deficiencias ideológicas anteriores, se sumó el que, en tales condiciones, el PCPE no tenía fortaleza para abordar el análisis de las causas que condujeron al triunfo temporal de la contrarrevolución.

Durante los años 90, en condiciones de extrema debilidad político-ideológica y organizativa, el Partido va perdiendo la influencia que aún conservaba en el seno de Comisiones Obreras, central sindical impulsada por los comunistas españoles que iniciará un brusco giro derechista que se salda con la expulsión de cientos de comunistas enfrentados a la deriva del sindicato que tan decisivamente habían contribuido a organizar desde los tiempos de la clandestinidad.

En síntesis, llegado el siglo XXI, el PCPE sufre las consecuencias de no haber completado jamás un proceso real de unificación organizativa, política e ideológica, viéndose influido, política e ideológicamente, durante todos los años 90 y la primera década del presente siglo, por todas las corrientes de pensamiento en boga: supuestos intelectuales de izquierdas, corrientes nacionalistas de izquierda, movimientos de liberación nacional, etc., coexistiendo, en su seno, posiciones propias del programa oficial del movimiento comunista internacional, forjado a raíz del XX Congreso del PCUS, marcadas por un fuerte etapismo, con posiciones abiertamente trotskistas –representadas en el Comité Central— y abiertamente influenciado en sus posicionamientos por posiciones ajenas al marxismo-leninismo y abiertamente enfrentadas al mismo.

Pero el Partido, a pesar de todo, había sido capaz de resistir y de mantener su  referencialidad como organización anclada en el marxismo-leninismo, como el Partido que había representado las esperanzas de los sectores militantes enfrentados al eurocomunismo, de los sectores que se enfrentaron al antisovietismo practicado por el PCE, de aquellos y aquellas que, a pesar de las difíciles condiciones en que les había tocado luchar, fueron capaces de encontrar las fuerzas para resistir el duro envite de la contrarrevolución. Y es precisamente esa referencialidad la que permite que el PCPE  vuelva a ser protagonista de nuevos procesos de reagrupamiento desde los primeros años del presente siglo.

Nombrado Carmelo Suárez Secretario General, tras el VII Congreso Extraordinario, después de haber destituido fraccionalmente al camarada Juan Ramos, el Partido afrontó una nueva crisis que se saldaría con el abandono de la militancia leal a quien, a pesar de los múltiples y graves errores cometidos, había sido Secretario General del Partido en los momentos más difíciles de su historia. Pero, en esta ocasión, existían dos condiciones que permitieron que de esa crisis se saliese con un fortalecimiento general del PCPE: el proceso de unidad con el PCOE, durante el año 2000, que permitió que llegasen al Partido cuadros comunistas preparados política e ideológicamente y, poco después, la llegada de nuevos sectores militantes que se habían formado en los años 90 luchando por el marxismo-leninismo, fundamentalmente en el seno de un PCE que había renunciado completamente a las funciones propias de todo partido político y, muy especialmente, a las funciones de un partido titulado comunista.

 

Comienza una nueva etapa que conducirá al IX Congreso

La dirección encabezada por Carmelo Suárez presentará al VIII Congreso del Partido (abril de 2006) unas tesis que, en esencia, planteaban una estrategia revolucionaria por etapas. Primero el Partido debía forjar, aplicando la política del frente de izquierdas, las condiciones para una amplia movilización popular que desembocase en la convocatoria de un proceso constituyente que condujese a la III República, bajo la forma de un Estado confederal. En esas condiciones, con una correlación de fuerzas pretendidamente más favorable, se emprendería una segunda etapa de lucha que conduciría a la construcción del socialismo en España. Nótese que, en la propuesta inicial de tesis congresuales, incluso se recogía inicialmente la formulación de “Socialismo del Siglo XXI”, más en concreto en la tesis defendida por Julio Díaz, eterno número dos del grupo oportunista.

En ese Congreso se entabla una dura lucha político-ideológica que logra derrotar a los sectores trotskistas que pretendían romper con la heroica historia del PCE durante la Guerra Nacional y Revolucionaria, y matizar sustancialmente la estrategia etapista, logrando introducir el carácter ininterrumpido de la lucha comunista, siguiendo las enseñanzas de Lenin y, entre otras cuestiones de importante alcance –en la medida en que se enfrentaban posiciones trotskistas—, la vigencia de la ley del desarrollo político y económico desigual en el imperialismo, con un reconocimiento expreso de la posibilidad inicial de victoria del socialismo en un solo país o grupo de países.

Los sectores enfrentados en el Congreso, siguiendo la vieja costumbre del pacto entre familias, acuñada ya en los orígenes del PCPE y cultivada por Carmelo Suárez, llegaron al Comité Central. Por tanto, la lucha prosiguió en el propio Comité Central y, de forma refleja, en el conjunto del Partido. Los ejes principales del debate político-ideológico fueron, en esencia, los que finalmente llevarían a que las contradicciones se tornasen en antagónicas:

  • La concepción del marxismo-leninismo como ciencia y cosmovisión proletaria.
  • El papel de la clase obrera en el proceso revolucionario y el papel del Partido en el movimiento obrero.
  • El modelo de Partido.
  • La teoría del imperialismo en las condiciones contemporáneas.

 

Marxismo-leninismo versus eclecticismo

En Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, Lenin señalaba que “[l]a doctrina de Marx es todopoderosa porque es exacta, dando a los hombres una concepción del mundo íntegra[1], intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa”.

La exactitud del marxismo de nuestra época, esto es, del marxismo-leninismo, deriva del carácter científico de su filosofía materialista dialéctica, de su teoría económica y de la doctrina de la lucha de clases, del socialismo científico, que conforman la cosmovisión de la clase obrera.

Sin teoría revolucionaria no puede haber práctica revolucionaria y, en el conjunto del movimiento comunista español, esa teoría sufrió y sufre un retraso notable como consecuencia general de la crisis del movimiento comunista internacional y, muy particularmente, de las condiciones históricas en que se forjó el movimiento comunista en España. Todo ello conllevó que jamás se analizasen de forma sistemática ni las causas de la derrota en la guerra nacional revolucionaria, ni las condiciones en que se hicieron hegemónicas en el PCE las tesis del eurocomunismo, más allá de algunos intentos puntuales y, por lo general, de carácter individual. A su vez, y como ya se ha destacado, en los años en que nace y comienza a desarrollarse el PCPE, las tesis revisionistas son absolutamente hegemónicas en el PCUS, y el nuevo partido se limita a trasladar a sus tesis congresuales, sin mayor análisis, la estrategia asentada en el movimiento comunista internacional tras el XX Congreso del PCUS.

La falta de desarrollo del marxismo-leninismo hizo que varias generaciones de comunistas se formasen en el más completo eclecticismo, combinando retazos de la teoría marxista con las teorías en boga que, en cada momento, vendrían a aportar frescura a las enseñanzas del marxismo-leninismo, que pasaron a ser consideradas como meros dogmas, como recetarios obsoletos, como catecismos ideológicos. Ante la completa incapacidad para explicar la realidad desde los parámetros del marxismo-leninismo, contribuyendo a su desarrollo, muchos cuadros se vieron influenciados por corrientes que venían a representar tales o cuales intereses de clase, ajenos, las más de las veces, a la clase obrera. En el caso del grupo Suárez-Díaz, influyen fundamentalmente tres tendencias:

  • Las corrientes de la New Left, que llegan a España durante los años 70, con el auge del eurocomunismo en el PCE, e influencian a muchos militantes por entonces universitarios, como Carmelo Suárez.
  • Las posiciones oficiales del PCUS desde el año 1984, incluido el corpus teórico que trató de fundamentar la Perestroika, en el que se formaron muchos cuadros del PCPE enviados a los países socialistas (el propio Carmelo Suárez participó en ese tipo de cursos en Checoslovaquia).
  • Las posiciones movimentistas que se hicieron hegemónicas tras el triunfo de la contrarrevolución y, finalmente, el postmodernismo.

Por tanto, una de las características del grupo Suárez-Díaz es su completa heterogeneidad y el eclecticismo ideológico. Una característica que, como ha sucedido a lo largo de la Historia con todas las corrientes oportunistas, les lleva a confrontar y a calificar como sectaria o como dogmática toda posición sustentada en una concepción integral del desarrollo social y de la lucha de clases.

Ese eclecticismo se pone de manifiesto en la práctica habitual de dicho grupo de hacer pasar como posiciones de Partido, o como posiciones marxistas-leninistas, posturas defendidas por las más variopintas personalidades e incluso posiciones abiertamente hostiles al comunismo, recurriendo en muchas ocasiones a un grosero plagio. Como prueba de dicha práctica nos permitimos enumerar algunos casos recientes:

  • Durante el debate sobre la cuestión de la mujer, que abordó el PCPE durante el año 2015, se pretendieron trasladar a las tesis del Partido posiciones plagiadas, nunca citadas, de autoras como la argentina Ester Kandel, la brasileña Claudia Mazzei Nogueria, la italiana Silvia Federici.
  • Durante los debates del X Congreso, la célula de Alexis Dorta (Responsable Ideológico del grupo Suárez-Díaz) elevó al Congreso propuestas de enmienda a las tesis plagiadas de elaboraciones de David Harvey y de Yann Cézard, éste último militante del trotskista Nuevo Partido Anticapitalista francés.
  • En la columna de formación de Unidad y Lucha, en relación al análisis de la crisis capitalista, se vienen difundiendo posiciones plagiadas del dirigente trotskista Ernest Mandel, en concreto de su libro Las ondas largas del desarrollo capitalista. La interpretación marxista.

Este tipo de prácticas condujeron al grupo Suárez-Díaz a presentar a la Revista Comunista Internacional un artículo sobre la Gran Revolución Socialista de Octubre que fue acertadamente cuestionado por el Partido Comunista de México y otros partidos hermanos, ante cuyas críticas el grupo de Carmelo Suárez, en vez de afrontar un debate ideológico abierto, prefirió retirar su propuesta antes de que ésta fuese criticada en la páginas de Revista.

A pesar de la crisis vivida en el seno del PCPE y del cuestionamiento de tales prácticas en una polémica que adquirió una dimensión internacional, este grupo ecléctico persiste sin la menor desvergüenza en sus deshonestas prácticas ideológicas. Sin ir más lejos, su aportación al Seminario Internacional conmemorativo de la Gran Revolución Socialista de Octubre, celebrada el pasado 24 de junio en Caracas, en el marco de las actividades del XV Congreso del Partido Comunista de Venezuela, es en gran medida un plagio del trabajo de Atilio A. Borón titulado “Actualidad del ¿Qué hacer? de Lenin.

 

El papel de la clase obrera

Consecuencia inevitable del carácter ideológico del grupo Suárez-Díaz es su vergonzante negación del papel central e insustituible de la clase obrera en el proceso revolucionario, que se concretó durante los debates del X Congreso en su abierta y beligerante oposición a las políticas de giro obrero propuestas en las tesis del Comité Central y finalmente aprobadas por el plenario del Congreso.

En sus análisis, el Partido venía constando su muy reducida influencia entre la clase obrera, concretada en unos escasísimos índices de trabajo en el seno de los sindicatos y en la completa ausencia de organizaciones del Partido en los centros de trabajo y sectores productivos. Esa realidad, reflejada en la composición de clase del Partido y, muy especialmente, de sus órganos de dirección, es la que conduce a formular la política de giro obrero –tan detestada por Carmelo Suárez—, situando al proletariado en el centro de atención del trabajo del Partido y priorizando los planes orientados a extender la influencia comunista en el seno de las organizaciones sindicales, virando la organización del Partido hacia los centros de trabajo, sin desatender la actividad comunista en los lugares de residencia de la clase.

Tales posiciones fueron acusadas de obreristas, muy especialmente por Julio Díaz. En este caso y de nuevo sin citar las fuentes, como es norma en este grupo, se basaron en las posiciones defendidas por el filósofo italiano Doménico Losurdo en su obra La lucha de clases. Desde los parámetros manejados por Losurdo, o más bien desde su particular entendimiento de los mismos, calificaron la política de giro obrero como binaria, proponiendo como alternativa un planteamiento por el cual el Partido basase su actividad en todas las colisiones accesorias que el trabajador o trabajadora se encuentra en su vida diaria, alejándose de la concepción de clase contra clase.

Este aspecto ideológico de la confrontación con el grupo Suárez-Díaz adquiere especial interés, en la medida en que deja en evidencia su carácter de clase. Bajo la acusación de pretender reducir la lucha al ámbito productivo, o de explicar todas las contradicciones sociales desde la plusvalía, en realidad se esconden posiciones manifiestamente pequeñoburguesas. Primer porque en su enfoque toda problemática social se aborda desde el punto de vista del individuo y no de la clase. En segundo lugar porque las diferentes problemáticas que cada individuo afronta en su vida diaria se desligan del ámbito de la producción, se desligan del hecho de que el conjunto de las relaciones sociales derivan de la propiedad privada capitalista de los medios de producción. En tercer lugar porque apartan al Partido de su base clasista y con ello expresan una determinada concepción del socialismo de naturaleza utópica y reformista.

Así, las posiciones defendidas por el grupo Suárez-Díaz se deslizan peligrosamente hacia las tesis postmodernas en boga. Bajo el pretexto de huir de toda concepción binaria, lo principal se convierte en lo secundario en la acción del Partido, que debe atender a aspectos parciales (sexualidad, aspectos medioambientales, etc.) con especial atención si no quiere ser acusado de unilateralidad, obrerismo y dogmatismo. Por tanto, la base sobre la que debe organizarse el Partido es territorial, allí donde se producen esas colisiones accesorias, allí donde se organizan los movimientos sociales en los que el Partido, por encima de todo, debe estar presente.

Lo principal pasa a secundario, pues lo esencial es atender las distintas problemáticas que sectores de la pequeña burguesía plantean en cada momento. La clase obrera queda relegada, el movimiento obrero se deja a merced de las direcciones reformistas de los sindicatos y de la influencia de la vieja y la nueva socialdemocracia y el papel del Partido se limita a practicar un estéril seguidismo de las luchas económicas que libra la clase obrera, sin capacidad de dirección alguna y, además, combinado con un fuerte sectarismo que viene a acusar a los obreros en lucha de no tener un nivel de conciencia de clase más elevado.

Desde estas concepciones, en realidad y más allá de autoafirmaciones retóricas, el Partido deja de ser de la clase y muta en fuerza pequeñoburguesa; el programa comunista deja de responder a los intereses proletarios y es sustituido por las inquietudes, las más de las veces individuales, del pequeñoburgués de turno autoerigido al pedestal de dirigente comunista. Las elaboraciones del Partido dejan de responder a la ciencia marxista-leninista y pasan a ser plagiadas del autor de moda, a la última lectura y/o preocupación del dirigente de turno. La contradicción capital – trabajo se difumina, y la lucha de masas y la propia concepción de las masas se separa de su base clasista objetiva.

La política de giro obrero, propuesta por la mayoría del Comité Central y aprobada finalmente por el X Congreso, parte de la enseñanza leninista sobre la necesidad de considerar objetivamente el conjunto de relaciones mutuas entre todas las clases sociales de una sociedad dada, para trazar la táctica adecuada.; partiendo de una estrategia que apunta a la toma del poder por la clase obrera, a través de la Revolución Socialista, a la implantación de la dictadura del proletariado y a la construcción del socialismo-comunismo en España. Eso, para cualquier comunista, es impensable con un Partido con escasa influencia y sin capacidad de dirección alguna sobre el movimiento obrero y sindical, sin organizaciones en los centros de trabajo principales y, al menos, en los sectores productivos estratégicos.

Por tanto, la lucha contra las posiciones del grupo Suárez-Díaz, opuesto radicalmente a avanzar en ese camino y dispuesto a obstaculizarlo por todos los medios, adquiere un claro carácter de clase como lucha contra las influencias pequeñoburguesas en el movimiento obrero revolucionario.

 

El Partido que necesitamos

Y, como no podía ser de otra forma, el conflicto político-ideológico con el grupo de Carmelo Suárez se traslada también a la concepción respecto al propio Partido, a su carácter y a las vías para su desarrollo organizativo, incurriendo nuestros nuevos mencheviques en una inmensa y burda manipulación pequeñoburguesa de las concepciones leninistas en tres aspectos íntimamente relacionados: la profesionalización del Partido, la concepción del revolucionario profesional y el proceso de bolchevización.

Como hemos expuesto, el avance de las posiciones leninistas contemporáneas en el seno del Partido puso sobre la mesa el debate sobre la necesidad de bolchevizar el Partido, entendiendo por bolchevización la puesta en marcha de un proceso dirigido a atacar de raíz las deficiencias y a convertir al PCPE en un Partido preparado para luchar en todas las condiciones y para emplear acertadamente todas las formas de lucha.

Para el tándem Suárez-Díaz la consigna sobre la bolchevización pronto se convirtió en una moda y  como toda moda quedó sin contenido y se convirtió en mera retórica. A cualquier observador imparcial le parecería impensable, o mera demagogia, pretender dirigir un proceso revolucionario sin un aparato profesional, sin un solo cuadro dedicado a tiempo completo a las tareas revolucionarias, sin unas mínimas finanzas que vayan más allá de la cuota militante y con un Secretario General residiendo en una isla situada a casi dos mil kilómetros de distancia de la capital del país.

Pues bien, por ridículo que parezca, este asunto también se convirtió en campo de batalla con el grupo de Carmelo Suárez, que al respecto acusó a las fuerzas comunistas que pretendían avanzar hacia la superación del absoluto predominio del trabajo artesanal en el seno del PCPE de concebir el Partido como una maquinaria burocrática o de plantear objetivos inalcanzables. Al respecto bastaría con recordarles las gloriosas palabras de Lenin en el ¿Qué hacer?: “¡No tengan miedo, señores! ¡Recuerden ustedes que en materia de organización estamos a un nivel tan bajo, que es absurda la idea de que podamos subir demasiado alto!”.  Sin embargo, es preciso profundizar un poco más en la cuestión, pues también esconde un claro carácter de clase.

Para cualquier leninista es evidente que todo Partido debe tender a contar con el mayor número de cuadros profesionales, que en palabras de Lenin no sólo dediquen sus tardes libres a la Revolución, al igual que resulta evidente que la militancia comunista, encadenada a la producción capitalista durante un mínimo de ocho horas diarias, debe centrar sus esfuerzos prioritarios a realizar un trabajo comunista en el centro de trabajo, convirtiéndolo en un bastión del Partido Comunista. Por tanto, el Partido debe procurar los medios para convertir a sus efectivos principales en revolucionarios profesionales, que dediquen todo su tiempo al desarrollo del Partido y a la lucha revolucionaria.

Sólo con una organización de revolucionarios profesionales es posible organizar una revolución. Ahora bien ¿cómo entiende Carmelo Suárez al revolucionario profesional? Lo entiende como persona que dedica su vida entera a la revolución, cosa con la que, en principio, cualquiera puede estar de acuerdo; pero olvida liberar al cuadro revolucionario del trabajo asalariado, se olvida de su profesionalización real. Por tanto, despegándose de la realidad material en la que vive la clase obrera –a la que no pertenece—, se incurre en un subjetivismo atroz. ¿Quiénes pueden, sin desvincularse de la producción, sin profesionalizarse, convertirse en el militante comunista ideal? Cuadros pequeñoburgueses que cuentan con un trabajo profesional en el que pueden disponer libremente de su tiempo –no vendido a la clase dominante— y organizar, aquí sí, su tiempo libre para cumplir las tareas militantes. ¿Y quién puede ser dirigente? Pues quien, además de con ese tiempo libre, cuente con los medios de vida suficientes para costearse particularmente los numeroso viajes, pernoctas y sustento que implica el trabajo de dirección.

Como se puede observar, el modelo de Partido basado en el pacto fraccional entre familias se corresponde con el eclecticismo ideológico, con la falta de priorización y centralización del trabajo, con una política movimentista que relega el trabajo en el movimiento obrero, con el culto al trabajo artesanal y, finalmente, con el predominio de la pequeña burguesía en el Partido.

 

Imperialismo: ¿fase superior del capitalismo o política exterior de las potencias imperialistas?

Durante los años 90 del pasado siglo, el campo de la solidaridad internacionalista fue el principal refugio para muchos cuadros comunistas en España. Amplios sectores de la militancia comunista, en pleno desconcierto por el triunfo de la contrarrevolución en la Unión Soviética, convirtieron el movimiento de solidaridad su principal frente de trabajo.

La solidaridad con la Revolución Cubana, que se negaba a arriar las banderas del socialismo y se disponía a enfrentar en condiciones de cerco imperialista el “periodo especial en tiempos de paz”, se convirtió en un foco de resistencia política e ideológica para la militancia comunista en nuestro país. La defensa de Cuba Socialista se convirtió en un elemento que deslindaba el campo entre quienes, al calor de la ola contrarrevolucionaria, se disponían a la rendición y quienes se mantenían firmes en los principios. La resistencia de la Revolución Socialista en Cuba tuvo la virtud de unir, temporalmente, las luchas del ayer con las luchas del presente y el futuro, como elemento de continuidad histórica entre las revoluciones socialistas del siglo XX y aquellas que están por venir.

Los cambios en la correlación de fuerzas que operaron en América Latina, a partir de la victoria de Hugo Chávez en 1999 y el posterior desarrollo del proceso venezolano, introdujeron nuevas claves en el movimiento de solidaridad, potenciadas por los triunfos electorales posteriores de fuerzas progresistas y socialdemócratas en algunos países latinoamericanos. Comenzaron a extenderse las posiciones que hablan de socialismo sin revolución.

En paralelo, empezaba a desarrollarse con intensidad lo que comenzaría a denominarse como movimiento antiglobalización, a partir de la Cumbre de la OMC celebrada en Seattle en noviembre de 1999, con una especial repercusión en varios países europeos, y entre ellos en España. Ese movimiento tendría un posterior desarrollo a raíz de la convocatoria del Foro Social Mundial en Porto Alegre, en el año 2001.

Esos procesos de movilización, profundamente encadenados y cuyo análisis desborda el objeto de este artículo, tendrán una clara repercusión ideológica en varios Partidos Comunistas y, muy especialmente, en el propio PCPE que, como se ha visto, partía de unas características particulares en su conformación político-ideológica. Con una u otra profundidad, penetraron en las filas comunistas posiciones como las defendidas por Toni Negri y Michael Hardt, en su obra Imperio, que, en nombre de un supuesto postmarxismo, venían a confrontar abiertamente con la teoría leninista del imperialismo, en un terreno previamente abonado por muchas de las tesis defendidas por el zapatismo en materia internacional, desde el alzamiento del 1 de enero de 1994, y por la necesidad de enfrentar las agresiones estadounidenses por parte de los gobiernos progresistas de los países latinoamericanos. Esas posiciones ideológicas, con la existencia de evidentes matices, tuvieron continuidad con las tesis sobre el Socialismo del Siglo XXI y con su concreción en la política y en la teoría de la multipolaridad, en un escenario internacional marcado por la pujanza de los BRICS.

El estudio del desarrollo del sistema imperialista, del papel de los Estados capitalistas y de su posición en la cadena imperialista como única forma de trazar la estrategia y la táctica revolucionaria fueron relegados. La teoría leninista sobre el imperialismo como fase superior y última del imperialismo perdió influencia en el seno del PCPE, más allá de ciertas referencias formales o meramente retóricas y en su lugar se importaron algunas de las teorías de moda que, como ya se ha visto, una vez producido el deslinde en el seno del Partido, persisten y se profundizan con los probados y variados plagios del grupo Suárez-Díaz.

Y precisamente en este campo, en el de la concepción sobre el imperialismo, se libró parte de la batalla ideológica en el seno del PCPE a raíz de los nuevos desarrollos en el escenario internacional: entre quienes sostenemos que el imperialismo es una fase concreta de desarrollo del capitalismo, caracterizada por los cinco rasgos señalados en su día por Lenin, y entre el grupo Suárez- Díaz, muchos de cuyos cuadros confunden el imperialismo con la política exterior agresiva de determinadas potencias capitalistas, muy especialmente de los Estados Unidos.

Profundamente influidos por distintas corrientes de pensamiento en boga, desconocen en sus análisis el factor determinante de la interdependencia desigual entre los distintos eslabones de la cadena imperialista, obvian el grado de socialización de la producción y del trabajo y, finalmente, terminan negando en la práctica que si en tiempos de Lenin el imperialismo era considerado la antesala de la revolución proletaria, en nuestros días, para cualquier marxista-leninista consecuente, ese punto no ofrece la menor discusión.

Ese error en el análisis, consecuencia de un profundo desconocimiento del marxismo-leninismo y de su eclecticismo ideológico, tiene graves consecuencias políticas. La primera de ellas es la negación en la práctica de que vivimos en la época de la transición del capitalismo al socialismo, por lo que el objetivo del Partido Comunista es la lucha por el derrocamiento del capitalismo, tal y como aprobó en su día el IX Congreso del PCPE, que supuso el abandono de la estrategia por etapas, y como ratificó el X Congreso del Partido. Esa negación, que como se ha dicho parte de un alejamiento de la teoría leninista del imperialismo, les conduce inevitablemente a la defensa política de formas de gestión del capitalismo enfrentadas a la política exterior de los Estados Unidos, a la defensa -como vía hacia el socialismo- de gobiernos burgueses “progresistas” enfrentados a un imperialismo que se reduce, cada vez más, al imperialismo yankee.

Separan la política de su base económica en el análisis del imperialismo y, con ello, consciente o inconscientemente, se convierten en sostén de potencias capitalistas que disputan el liderazgo de los Estados Unidos en la pirámide imperialista, llaman a la clase obrera a combatir bajo bandera ajena en el escenario de las contradicciones interimperialistas, relegando el objetivo de la revolución socialista y afectando con ello, grave y negativamente, a la imprescindible independencia de clase del proletariado; lo que, finalmente, conduce a una nueva defensa de una estrategia por etapas planteando ilusoriamente la posibilidad de que gobiernos capitalistas recuperen o conquisten ciertos grados de independencia dentro del sistema imperialista (de nuevo la supuesta etapa de liberación nacional).

El problema, no se queda en lo meramente teórico, sino que tiene una clara repercusión práctica. A modo de ejemplo, baste señalar que este tipo de análisis condujeron a miembros del grupo Suárez-Díaz a participar en una concentración en Barcelona ante el Consulado de la Federación de Rusia para agradecer el Gobierno de Vladimir Putin su intervención militar en la guerra en Siria. Como vemos, abandonando el marxismo-leninismo se termina finalmente eligiendo bando en el terreno de las contradicciones interimperialistas y apoyando a la potencia menos mala, defendiendo con la mayor hipocresía que juega un papel antiimperialista.

En la base de este debate se encuentra la constante negativa del grupo Suárez-Díaz a emprender un análisis profundo sobre las causas de la contrarrevolución en la Unión Soviética y en el resto de países que construían el socialismo en el centro y este europeo; su negativa a analizar con rigor la historia del comunismo español, señalando autocríticamente los errores cometidos; su negativa a profundizar en la propuesta socialista-comunista para España, en las leyes que rigen la construcción del socialismo y en su compatibilidad o no con las relaciones mercantiles y la ley del valor; en su negativa a profundizar en el análisis sobre la hegemonía de las relaciones capitalistas de producción en la República Popular China y sus consecuencias internas e internacionales, etc.

En definitiva, el grupo Suárez-Díaz se caracteriza por su negativa a analizar los fenómenos que en la actualidad marcan la lucha de clases desde el marxismo-leninismo, al que sustituyen de contrabando por el plagio de posiciones ajenas, sobre la base de un descarado eclecticismo, negando el desarrollo contemporáneo del socialismo científico. El leninismo se convierte en un perro muerto, en una mera bandera que agitar de forma fetichista o al calor de meros intereses y cálculos oportunistas.

 

Repercusiones en el Movimiento Comunista Internacional

Tales posiciones, inevitablemente, se trasladan al campo del movimiento comunista internacional, haciendo gala de un aventurerismo delirante, de una irresponsabilidad sumamente peligrosa y de un oportunismo creciente por el grupo que lidera Carmelo Suárez.

Como es público y notorio, en el seno del PCPE se dieron numerosos debates que condujeron a la clarificación de la estrategia revolucionaria, al modelo de Partido y a nuestra posición en el movimiento comunista internacional, a partir, especialmente, de los debates del IX Congreso. Como no podía ser de otro modo, los debates en el seno del movimiento comunista español no están al margen de los existentes en el internacional, formando parte el PCPE de los partidos que impulsaron la Revista Comunista Internacional y la Iniciativa Europea de Partidos Comunistas y Obreros, convertidos en primer objetivo a batir por parte del grupo Suárez-Díaz.

Como se ha hecho público, antes de producirse el deslinde en el seno del PCPE, el Secretario Ideológico del grupo Suárez-Díaz presentó un artículo al número 7 de la Revista Comunista Internacional que fue ocultado al Comité Central del Partido. Ese artículo, que contenía graves desviaciones, fue justamente criticado por el Partido Comunista de México y por los representantes de otros partidos cuyas revistas participan de la RCI, que por los cauces orgánicos aprobados en la Declaración de Estambul y en sus modificaciones posteriores, optaron por publicar sus críticas en el espacio de la Revista dedicado a tal fin. El grupo Díaz-Suárez, además de presionar para tratar de evitar que se publicase cualquier observación crítica, decidió retirar el artículo, justificando a partir de ahí su viraje ideológico a través de toda una serie de provocaciones públicas contra los partidos de la Revista Comunista Internacional, y muy significadamente contra el PCM y contra el KKE.

El segundo ámbito en el que este grupo oportunista decide emprender sus provocaciones es el de la Iniciativa Europea de Partidos Comunistas y Obreros. El día 7 de mayo, la Iniciativa había convocado un acto en Berlín bajo el lema “9 de mayo, 72 años de la Gran Victoria Antifascista de los Pueblos: Nos inspiramos y continuamos la lucha contra la distorsión de la historia por la UE y el capital. Por el derrocamiento del sistema capitalista podrido que genera la crisis, las guerras, el fascismo”. En esa actividad, que se producía a escasos días de la ruptura en el PCPE, el Secretariado de la Iniciativa decide admitir una doble representación de los comunistas españoles, de forma responsable y atendiendo a las especiales condiciones que se vivían en el PCPE. Los dos representantes del grupo Suárez-Díaz que acudieron a Berlín, en una actitud claramente provocadora, no participaron en ningún momento del programa conjunto del que participamos los delegados de los partidos presentes, dejando de asistir, incluso, a la ofrenda floral de la Iniciativa ante el Monumento Soviético del Parque Treptower, donde descansan los restos de miles de soldados del Ejército Rojo que entregaron su vida en la batalla de Berlín durante los meses de abril y mayo de 1945. Aparecieron únicamente en los minutos previos a la celebración del acto público para exigir que Julio Díaz fuese el único representante español en el acto, que debido a su actitud comenzó con notable retraso. Como se ha hecho público, esa exigencia no fue admitida por el resto de partidos de la Iniciativa, por lo que Julio Díaz y su acompañante abandonaron el lugar sin participar de las actividades antifascistas.

Y de nuevo arrecian con las provocaciones a raíz del XV Congreso del Partido Comunista de Venezuela celebrado el pasado mes de junio en Caracas, donde Carmelo Suárez propone una declaración de solidaridad con Venezuela que lejos de pretender unificar el apoyo comunista internacional al Partido Comunista de Venezuela se dirige principalmente a dividir a los partidos presentes con dos objetivos: buscar cierto reconocimiento internacional para su grupo y, en segundo lugar, buscar un nuevo argumento con el que proseguir su campaña internacional de ataque y difamación contra partidos como el PC de México o el KKE.

 

Como quedó en evidencia pocos días después del Congreso del PCV, y como lleva sucediendo desde la crisis ocurrida en el V Pleno de nuestro Comité Central, el grupo Suárez-Díaz busca enemigos externos para ocultar, fundamentalmente entre sus propias filas, el debate sobre las causas profundas que han llevado a su salida del PCPE.

A pesar de que varios partidos presentes en el Congreso del PCV tampoco suscribieron la Declaración propuesta por Carmelo Suárez –que, dicho sea de paso, introduce elementos político-ideológicos que se han abordado críticamente en estas líneas— solamente los partidos mexicano y griego han recibido furibundos ataques por parte del grupo Suárez-Díaz, que han sido adecuadamente respondidos por ambos.

Con la actitud demostrada en el campo internacional por el grupo Suárez-Díaz, que pretende “culpar” a una delirante conspiración internacional su bancarrota política e ideológica, se demuestra nuevamente el auténtico carácter oportunista de sus máximos dirigentes, que durante años fingieron cultivar relaciones de hermandad y camaradería con el PCM y el KKE con el único objetivo de buscar reconocimiento internacional frente al PCE, y no sobre la base de las posiciones político-ideológicas, de la estrategia y táctica revolucionarias y del análisis compartido sobre las causas de la crisis del movimiento comunista internacional.

En su huida hacia adelante, tratando de encubrir sus errores mediante la acusación sin fundamento a otros partidos hermanos, cometen una tremenda irresponsabilidad. No sólo porque sus calumnias sean utilizadas políticamente por los oportunistas mexicanos y griegos para atacar a nuestros Partidos hermanos, sino también porque están buscando la ruptura del movimiento comunista internacional.

El PCPE ha sido claro en todos los debates internacionales de nuestro movimiento en los últimos años y nuestra posición se mantiene firme: reconocemos la crisis en la que está inmerso el movimiento comunista internacional, defendemos que se debe avanzar sobre la base del reforzamiento del carácter marxista-leninista de los partidos comunistas y obreros, y por ello estamos dispuestos a afrontar todos los debates necesarios, desde la camaradería y el respeto a los marcos de actuación de cada Partido hermano.

La calumnia, la manipulación y la difamación son el arma de los oportunistas y de los traidores, jamás las bases sobre las que se podrá consolidar un movimiento comunista internacional a la altura que nos exige el momento histórico.

 

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