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El reformismo en América Latina, un acercamiento

 

Por: Ali Tamayo

Por segunda vez, a treinta años desde el supuesto fin de la historia, vuelve a haber un surgimiento en la llamada “izquierda” en Latinoamérica. A treinta años de la supuesta “victoria final de la democracia liberal y el capitalismo”, se alza una nueva marea rosa en el continente americano. Contextualizando la situación resulta evidente que, con la creciente crisis dentro del capitalismo y del sistema imperialista en general (situación que es aseverada por la creciente hostilidad entre centros imperialistas rivales, la crisis medioambiental, el aumento en la pobreza y el desempleo tras la pandemia, entre otros factores), aquellos partidos que dicen abanderar las causas del pueblo en abstracto, están de nuevo en auge el mundo en general y en Latinoamérica en particular.

Para muchos esto ha sido razón de festejo, ya que ven en estos partidos de “tendencia progresista e izquierdista” una esperanza para la clase trabajadora, así como un “bastión contra la derecha”, el “neoliberalismo” y otros términos que no expresan un análisis científico sobre las gestiones capitalistas. Pero no alcanzan a ver que estos gobiernos de corte socialdemócrata/reformista/progresista mantienen intacta la estructura de explotación asalariada en la que se encuentra sometida la clase obrera. Por lo tanto, festejan el surgimiento de estos gobiernos, dejando en claro que no aprendieron de la primera aparición del llamado primer ciclo progresista ni del efecto que tuvo en la situación material y de consciencia de nuestra clase.

Aunque estas reflexiones sean solo un acercamiento al fenómeno del progresismo en América Latina, al cual se llegará a una conclusión colectiva en el VII Congreso del Partido Comunista de México que se celebrará en diciembre, actualmente es posible observar con claridad cómo todos estos proyectos supuestamente radicales, surgidos de la crisis ideológica de finales de los 90s y que han buscado continuamente distanciarse de la teoría y la práctica genuinamente revolucionaria, no han resultado ser más que tanques de oxígeno para un sistema capitalista agonizante pero que se niega a morir, y que cada vez sofoca más a la clase trabajadora.

El hecho de que ninguno de estos gobiernos haya realizado más allá de reformas insignificantes para servir como bomberos de la insumisión proletaria, sumado a que no tienen por objetivo alterar las relaciones de producción capitalista, sino que, por el contrario, han afianzado la dictadura de los monopolios, debería ser suficiente prueba para demostrar que entre los dirigentes e ideólogos de esta nueva estirpe de socialdemocracia no hay camaradas, si no solo oportunistas y chovinistas.

Más preocupante aún es el hecho de que han eliminado casi por completo de la conciencia de la clase obrera la necesidad de organizarse para derrocar el poder de los monopolios, pues han construido la mentira de que el capitalismo puede ser reformado, puede tener un rostro “humano” y que todo puede ser arreglado por el Estado burgués bajo gobierno supuestamente populares. Lejos de lo que aseguran los oportunistas sobre que bajo sus gobiernos existe mayor margen de acción para las organizaciones revolucionarias y para que se avance a una mayor organización de la clase obrera, el efecto real subjetivo que ha resultado de las gestiones socialdemócratas y progresistas ha sido la desmovilización. Por supuesto que, cuando la desmovilización no es total y aún quedan organizaciones que luchan, dichas gestiones no tienen el mínimo empacho de recurrir a la represión.

Cómo comunistas y proletarios, debemos tener siempre en mente que nuestro deber, ante la aparición de gestiones capitalistas, claramente explotadoras (y de oportunistas en el movimiento obrero y popular que las defienden), es combatir contra las mentiras que buscan mantener vivo al sistema capitalista. Hoy más que nunca es de vital importancia recordar que la cuestión entre reforma y revolución ya ha sido aclarada incontables veces en el pasado, y solo la vía revolucionaria es la que traerá el progreso de la historia y el final de la explotación capitalista.

Como en toda gestión capitalista, sin importar si es socialdemócrata, neoliberal, neokeynesiana, etc., organizaremos a nuestra clase para arrancarle concesiones a la burguesía en todo momento. Pero somos conscientes de que esas concesiones no solucionarán el problema de raíz. No son dádivas de nuestros explotadores, sino que son producto de la lucha de la clase obrera y que para conseguirlas no comprometeremos nuestros principios, a pesar de la táctica concreta que en determinado momento podamos adoptar.

El capitalismo en su última fase, el imperialismo, está en un nivel de podredumbre y descomposición que cada día se acentúa más. Estamos presenciando los indicios de que, cómo ya ha ocurrido antes, el capitalismo está en uno de sus períodos más frágiles, con sus fracturas y contradicciones claramente expuestas, y hoy más que nunca es nuestro deber cómo comunistas el guiar a los trabajadores y poner el asunto de la Revolución Socialista como una tarea inmediata, sin etapas intermedias y sin ningún tipo de confianza en cualquier gestión capitalista.

La humanidad como especie está por enfrentar uno de los períodos más convulsos de su historia, pues la amenaza de una guerra imperialista generalizada es cuestión de tiempo. El permitir más años de vida al sistema capitalista ya no solo traerá aún más sufrimiento y explotación, si no que va a degenerar en un daño catastrófico e irreparable al planeta y podría poner en juego el futuro de la humanidad al completo. Ya no solo está en juego nuestra dignidad, si no nuestra total y absoluta extinción.

¡Proletarios, no más confianza hacia el reformismo! ¡Hoy, mañana, y siempre, que viva la revolución socialista y que viva el proletariado!

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